Aída Ester Villella y José María Urretabizcaya llevan 51 años de casados. Verdadero amor para toda la vida.

José María enciende la pipa. Aspira una o dos veces por la boquilla de madera. El humo con sabor a nogal impregna la sala con aroma a bosque. Setenta y cuatro años. Bisabuelo vasco, abuelo uruguayo, padre argentino. La volutas de la pipa dibujan sobre la mesa recuerdos de hace más de 50 años: bicicletas, potreros, casa quintas, Castelar sin edificios, primaria en la Escuela 14 Leopoldo Lugones, vacaciones en el Club de Pescadores, sopa de ajo y fideítos a la hora del almuerzo solo en su casa y huyendo antes de que su madre regresara de trabajar y descubriera la verdad.

Aída prepara el mate. Se sienta en la otra punta de la mesa, para mirarlo mejor con los ojos llenos del mismo amor con el que crio hijos, cuidó nietos, atendió a madre y a suegra. Ceba unos cuantos mates mientras José María se hunde en una historia, la de ellos dos, teñida de sepia, regada de esfuerzo.

“Nos pusimos de novios el 31 de enero de 1960. Después nos distanciamos un tiempo… y desde el 9 de abril de 1962 a la fecha, afortunadamente, siempre juntos.”

“Y va a seguir así”, agrega Aída que en aquel entonces, el día que se vieron por primera vez, recién había cumplido 15 años.

“Nos conocimos gracias a una huelga de cigarrillos. Yo iba a jugar al fútbol al barrio de Aída y dentro del equipo estaban su tío y su papá. Conocí primero a mi suegro, él fue jugador de futbol profesional en Chacarita. Jugábamos los sábados a la tarde y a la noche nos íbamos a bailar. En esa época yo fumaba y había huelga de cigarrillos. Cuando le comenté al tío, Gerardo, que no conseguía cigarrillos él se ofreció a darme un atado. Fui a su casa. Y estaba Aída. Ese fue nuestro primer encuentro.”

Aída tiene setenta y un años y no le importa decir su edad porque en ellos están las huellas de los años recorridos, las fiestas de cumpleaños, los campamentos durante las vacaciones, las peñas los fines de semana cuando bailaban folclore, los árboles frondosos de Villa Ariza, a donde a los 7 años la trajeron a vivir; árboles que le dieron sombra a la terraza de esa casa en donde las risas poblaron el atardecer.

“Fui a un colegio en Villa Ariza y después al Sofía Bunge. Mis hijos fueron a escuelas públicas. Al jardín de infantes al Achalay, primaria en la 6 en Ituzaingó. Gabriela hizo la secundaria en el José Hernández y Hernán, en el Dorrego”, desliza tiernamente.

“Tengo solamente el colegio primario. Mis padres estaban separados, así que yo estaba medio a la deriva. Siempre fui muy independiente. Empecé la escuela secundaria en el Chacabuco. Pero había un tema que no me gustaba que era Dibujo Lineal. Los martes, cuando tenía esa materia, agarraba la bicicleta y me iba con los chicos que no tenían clases a la tarde. Al final, dejé de ir al colegio. Me iba temprano y esperaba que mi vieja saliera a laburar para volver a casa a comer algo. Todo detonó a mitad de año cuando una vecina le contó a mamá lo que hacía. Así que hablé con mi padre y le dije que quería trabajar. Conseguí trabajo en una imprenta en Ituzaingó, pero me ensuciaba mucho y no me gustaba. Estuve 2 meses y dejé. Finalmente, a los 17 años comencé a trabajar en un banco como cadete. Estuve 33 años trabajando como tesorero hasta que en 1991 me quedé sin trabajo con 49 años y los chicos. En ese entonces yo ya era socio del Club de Pescadores y había hecho amistad con Joaquín, el presidente. Hacía un año que su intendente había fallecido. Entonces una noche me citó Joaquín y me ofreció el puesto. Trabajé allí 17 años.”

Le toca el turno a Aída. Repasar la vida llena su mirada de lágrimas. Se adivina su risa acuariana explotando en los rincones, sus alas extendiéndose para cubrir carencias, secar tristezas, abrazar el cansancio.

“Yo empiezo a vivir a partir de los 20 años en adelante. Gracias a mi enamorado. Yo siempre le digo a él que fue gracias al amor que me tuvo, es tanto el amor que emociona. Él me hizo revivir. Me dio la libertad que no tenía. Aprendí a vivir de otra manera. Estuvimos casi tres años sin hijos, para disfrutar. En ese entonces vivíamos en Villa del Parque, con mi suegra, una magnífica persona. Me llevaba muy bien con ella. Siempre me protegía. Cuando mis dos hijos fueron más independientes, empecé a hacer cosas que no hice en toda mi vida: ir al gimnasio, festejar mi cumpleaños: una vez hice un café concert con la familia y amigos; otro cumpleaños, nos disfrazamos, otra vez contratamos un mago. Siempre acompañada por mi amor. Íbamos mucho de campamento, me acuerdo que en un Fitito.”

El tiempo se detiene y la instantánea se materializa en medio de la charla. La familia en marcha, el trabajo diario, el sueño de una casa propia.

“En Villa del Parque vivimos hasta el año ‘70, cuando me peleé con mi vieja y le pedí a mi suegra que nos recibiera en su casa. Ella fue mi amiga, mi defensora. Cada vez que salíamos a pasear, buscábamos una casa para comprar. Nos íbamos a Castelar con el Fiat y volvíamos por Pedro Goyena porque nos gustaba ver un pino que había acá en la esquina. Un rematador de la zona me muestra esta casa. Justo en la cuadra que nos gustaba a nosotros. Finalmente, hablo con el dueño de la casa, un paraguayo que vivía acá atrás. Esa misma noche, cuando volvía de trabajar, arreglamos determinada cantidad de plata al contado y el resto en 50 cuotas mensuales, iguales y consecutivas. Creo que le caí en gracia… Cobraba el sueldo, le pagaba la cuota al hombre y no quedaba ni para un helado,” narra José María envuelto por el humo de la pipa.

“Él se privaba de tomarse hasta un café afuera.”

“La razón de que nuestro matrimonio funcione es Aída. Porque hubo momentos de vacas flacas, en donde tuvimos que hacer mucho sacrificio y ella siempre tiró para adelante y yo he seguido porque ella siempre fue tolerante, siempre tuvo buena disposición, me aguantó. Había que llevar la casa adelante, atender a los chicos, cocinar con lo que había. Después ya se hizo más liviano. Nunca fue fácil, recién ahora estamos mucho más tranquilos. Siempre estuvo predispuesta a no quejarse. Ella tiene un valor importantísimo en nuestra unión. Ese es nuestro secreto.”

“No es todo color de rosas. Pasamos crisis. No existe la perfección. Pero siempre remamos juntos. Existe el amor y cuando existe el amor y el diálogo, todo se puede. Los chicos tienen sus cosas, pudieron organizar sus vidas, sus trabajos, sus familias.”

“Si yo tuviera que dibujar a Aída, dibujaría un corazón enorme. No sólo llevó adelante la casa, atendió a los chicos, me bancó; también cuidó de una tía mía, de mi madre, de mi suegra, de los nietos. Porque cuando se casaron los hijos, dijimos ‘ahora sí llegó nuestro momento’, pero llegaron los nietos. Nació Lucas, el hijo de Gabriela, y lo cuidábamos nosotros, de lunes a viernes. Cuando había mateada de madres en el jardín, iba yo a matear. Después nació Lucía, también la cuidamos. Hasta los 10 años de Lucas y los 8 de Lucía, estuvieron de lunes a viernes acá. ¿Quién hizo todo eso? Mi señora.”

Más tarde también llegaron los hijos de Hernán: Camila y Catalina Alelí. Además de la familia, José María y Aída son excelentes vecinos, siempre respetuosos y cuidadosos del barrio.

Nosotros tenemos una norma, cuando vienen vecinos nuevos, vamos y nos presentamos. Eso cae fenómeno. Tratamos de tener una buena relación, estar atentos. Eso da sus frutos”, aconseja José.

“Si vos tratás a una persona con una sonrisa, se sorprende. Lo mismo cuando entrás en un negocio. Nosotros saludamos. Hay gente que no responde. Peor, algunos te miran y dan vuelta la cara. ¿Sabés que hace él? Sale del negocio, vuelve a entrar y a saludar más fuerte.”

¿Habrá un secreto para la felicidad? ¿Existirá una fórmula escondida para el amor eterno? Ellos la encontraron hace 51 años, cuando se vieron ese día gracias a la huelga de cigarrillos.

“Siempre coincidimos en todo. Disfrutamos el día a día. No somos perfectos. Aprendimos a reírnos, estar tranquilos. No queremos más de lo que tenemos. No tenemos más apetencias, sólo vivir. Otra cosa que disfrutamos muchísimo es estar en nuestra casa. Es nuestro refugio”, y como al pasar, Aída guiña un ojo, develándonos el secreto, abriendo la tapa del cofre del tesoro. Porque el amor es más fuerte.

Por Noelia Venier

En la foto, los abuelos orgullosos junto a sus nietos Lucas (20), Lucía (18) y Camila (12). Falta la pequeña Catalina Alelí de 4 meses.