A 200 años de “La Revolución de Mayo”, me ha tocado escribir sobre la escuela secundaria y su evolución. Desde el surgimiento de la escuela media, allá por 1863, cuando el Presidente Bartolomé Mitre crea el Colegio Nacional de Buenos Aires, la educación en nuestro país ha sufrido muchas transformaciones en varios aspectos; pero haré hincapié en uno de ellos teniendo en cuenta La Gesta de Mayo.
A diferencia de países europeos, la escuela secundaria en nuestro país nació formalmente abierta al conjunto de la población, sin exámenes o restricciones visibles para el ingreso y la permanencia. Sin embargo, a partir de sus características, prácticas, contenidos y jerarquía de saberes, la educación media constituyó en sus inicios un espacio profundamente excluyente de la mayoría de los sujetos que podrían haber ingresado en ella, convirtiéndose en un nivel elitista al que accedían unos pocos. Excluyente y sólo reservada a los hijos de la elite para formar a la futura clase dirigente; la escuela media distribuía un conjunto de saberes de carácter eminentemente humanista y enciclopedista.
Años más tarde, las concepciones modernas de las humanidades y las disciplinas científicas irían ganando terreno, consolidándose así el perfil “preparatorio” de la escolarización secundaria para los estudios universitarios.
A fines del siglo XIX, se sancionaba la Ley 1420 de educación común, la que establecía un carácter obligatorio, estatal, laico y graduado, para la escuela primaria, quedando la secundaria como optativa. Sin embargo, este impulso del Estado a la educación pública universal entró pronto en contradicción con el sistema político restrictivo. Estas tensiones estallaron en las primeras décadas del siglo XX, cuando los nuevos sectores medios en expansión chocaron con el régimen conservador de la época.
Carlos Saavedra Lamas en 1916, abría la posibilidad de cursar diferentes circuitos: bachillerato, comercial, normal, industrial, agropecuario, etc.- abriendo sólo la posibilidad de acceder a la universidad para quienes cursaran el bachillerato y dejando como modalidades terminales y de “salida laboral” al resto. Esta reforma fracasó al año de ser implementada. Para algunos se había tratado de un intento de la oligarquía dominante de desviar por los circuitos “prácticos” a los sectores medios en ascenso –que peligrosamente y cada vez más se acercaban a la posibilidad del ejercicio de papeles políticos.
Así, la escuela media sobrevivió durante gran parte del siglo XX, entre las tensiones de las clases medias con las altas. Sólo durante el peronismo se resignificó socialmente la educación y las clases populares tuvieron acceso a las escuelas-fábrica, que promovían el vínculo de educación-trabajo. Esto redundó en una ampliación de la matrícula secundaria.
Pero las interrupciones democráticas (1966-1973 y 1976-1983) al servicio de la oligarquía nacional, asestaron duros golpes a la educación argentina. Dos hechos trágicos: La noche de los bastones largos – que significó un duro revés para la universidad pública – y La Noche de los lápices – salvaje golpe a la participación estudiantil secundaria – lo ilustran tristemente.
El retorno a la democracia permitió cambios y transformaciones en la educación; Lamentablemente los gobiernos neoliberales respondieron a las peticiones del Fondo Monetario internacional y se sancionaron las leyes de educación superior y la ley Federal, que terminaron por derrumbar muchos de los logros que se habían obtenido en toda esta historia.
Hoy, el sistema educativo se encuentra en un proceso de cambio para generar las condiciones que garanticen la plena vigencia del derecho social a la educación. Uno de los pilares de estos derechos es el carácter obligatorio de la escuela secundaria con igualdad de oportunidades y posibilidades en todo el territorio.
Sabemos que los gobiernos, en lo sucesivo, tienen mucho por hacer en lo que respecta a la escuela, pero sería muy obtuso no resaltar el compromiso que ha asumido por primera vez el Estado en hacer a este nivel obligatorio; cuando la historia nos cuenta que el modelo escolar de nuestro país se fundó vinculado a la inclusión de unos pocos.
Hoy nos encontramos frente a un desafío histórico, como lo hicieron algunos de los hombres de mayo que lucharon en contra de la tiranía y que luego, quedaron en la historia ocupando un lugar anecdótico, en el cual nunca se nos enseñó su verdadero pensamiento, ya que a una elite de la sociedad no le convenía que se supiera.
Nuestro desafío es continuar con aquella Revolución que quedó trunca y garantizar una escuela para todas y todos los jóvenes del país. Las condiciones están dadas, pero también debemos revisar las prácticas escolares construyendo alternativas que hagan habitable la escuela a todos y todas. Cuando los jóvenes cambian, nosotros, los adultos, los profesores, todos los que conformamos la comunidad educativa, ¿podemos ser los mismos?
Estamos en la obligación, creo, de redefinir también nuestras identidades, nuestras miradas sobre los jóvenes y también nuestra pedagogía.