Andrés, mi hijo menor, ocho años entonces, jugaba solo, con una pelota de fútbol, en el terreno baldío lindero con mi casa. Mientras él pateaba la pelota contra el cerco haciendo imaginarios goles, relatando en voz alta un supuesto partido, yo trataba de cortar el mismo cerco de ligustros, sacudido cada tanto por un pelotazo, dejando que mi imaginación volara sin ataduras por un pasado que no solía recrear demasiadas veces.
Alejado de los papeles, las cifras astronómicas, los rubros contables y la ajetreada semana de la oficina; sin el tableteo de los teclados de decenas de computadoras, los teléfonos internos y los celulares sonando sin piedad y el murmullo constante del público, con la única preocupación de cortar el cerco parejito, mi mente podía dedicarse por entero a mí los fines de semana.
Era sábado, y un día como ése, algunos años atrás, habría llegado mi padre a visitarnos, como solía hacerlo casi todos los sábados por la mañana. Antes de ver a mi familia, habría pasado por la casa de mi hermana, ya que en su recorrido la encontraba primero; y luego sí, con todo su tiempo disponible, aparecería por mi casa.
Me alegraba interiormente de ser el último que visitara, pecando de egoísmo, por querer disfrutarlo, aprovecharlo, tenerlo más tiempo para mí. Entonces, charlábamos horas de cualquier tema, sin que yo escuchara ningún reproche por mis espaciadas visitas a su casa. El, con una salud precaria en los últimos años de su vida, era quien se encargaba de mantener vivos los lazos familiares. “Vos no te preocupes, que tenés mucho trabajo con tu casa nueva”, me decía. “Yo ya tengo todo hecho, y aunque tuviera algo para hacer, prefiero caminar y charlar con mis hijos. ¡Mirá qué día para aprovechar al aire libre!”.
Llegaba después de las diez a visitarnos, sabía que dormíamos hasta tarde los fines de semana; me encontraba haciendo algún trabajo, y otras veces mateando con mi mujer, recién levantados. Tal vez no se hablara de nada importante, tal vez se consumiera todo el tiempo charlando de las simplezas del acontecer diario, pero su visita nos llenaba de optimismo, nos infundía su alegría de vivir. El buen humor, la sensación de comenzar el día con una pequeña cuota extra de felicidad, nos ganaba. Y eso sucedía aun en los últimos meses, cuando todos, incluso él, sabíamos que su desafinado corazón podía fallar en cualquier momento.
Esta vez, mientras cortaba el cerco, sabía que ya no podía contar con mi padre. Ya no aparecería más su blanca cabeza por el sendero que corta el campito, como llamábamos a una manzana baldía cercana a mi casa, mientras nosotros lo veíamos llegar, a paso lento.
Nunca había pensado demasiado en él después de su muerte. No lo había hecho porque me hacía demasiado daño admitir que ya no estaba con nosotros. No podía pensar en mi viejo, mi querido viejo, sin que una tristeza infinita me atenazara la garganta y me quebrara la voz. Ni siquiera podía escuchar una canción que me agradaba mucho pero que me lo recordaba vívidamente, como “Mi viejo”, cantada por Piero, o la exquisita versión en italiano de Iva Zanicchi, “Caro vecchio mío”.
Pero este sábado, con el verano que se alejaba para dar paso a un otoño apenas insinuado, con el Sol todavía cálido, con un cielo azul brillante, límpido, con mis sentidos rebosantes, pletóricos de sensaciones hermosas, también llegó nítida la figura de mi padre.
Los recuerdos desfilaron por mi mente uno tras otro. En un extenso cantero a lo largo de un camino, él planta pensamientos; y yo atrás, con mis torpes treinta meses de vida, arranco uno por uno sin que mi padre me vea, atesorándolos en mis manos, embelesado por los vivos colores de las flores. “Qué linda focita… ¿no, papi?”, le digo cuando se da vuelta y descubre el cantero vacío.
A los ocho años, en un terreno muy accidentado, me caigo mientras me persigue un perro y me hago el muerto. El perro no me hace nada, me olfatea mientras permanezco inmóvil y se va. Se lo cuento a mi padre y una sonrisa le ilumina la cara: él me contó cómo hacerlo en una de sus tantas historias. Historias, anécdotas, vivencias, experiencias, consejos, que desgrana con la esperanza de que nos sirvan de provecho, y otras veces por el simple afán de entretenernos. Después desfilan por mi memoria los años que vivimos en la granja. Su tesón, su empuje, el esfuerzo de mi madre, los trabajos que también los hijos compartimos, la alegría de ver los frutos concebidos de sol a sol, los primeros pesos que dio una cosecha generosa.
Doce años tengo y compartimos las películas de Gary Cooper, de Cantinflas y de Luis Sandrini en el cine del pueblo. Trece años, ya estoy en el secundario y me regala mi primer reloj. Después el tiempo pasa, vertiginoso. Termino el secundario, comienzo a trabajar, estoy de novio, estoy casado, tengo hijos, tengo mil problemas, nos vemos menos. Luego, tengo mi propia casa. Entonces, como un rito, recuperando años en que estuvimos alejados por las circunstancias, comenzamos a vernos con frecuencia. Reencuentro a mi padre y él me reencuentra a mí.
¡Cuántos abrazos no dados! ¡Cuántas palabras imaginadas, pero nunca dichas sobrellevé durante todos esos años! Pero entonces, cuando ya había recuperado a mi padre, cuando todos esos años de desencuentros quedaban atrás; entonces, cuando llegaba el tiempo de usufructuarlo, de atesorar su compañía, lo perdía para siempre. Pensé en la Parca, incomprensible, inescrutable, infinitamente cruel; y suena a perogrullada, porque siempre será cruel cuando se lleve a nuestros seres amados.
“¡Qué ganas de verlos que tenía!”, me dice mi padre el último fin de semana que lo veo con vida.
Entre “Qué linda focita” y “Qué ganas de verlos” habían pasado más de treinta años por mi cabeza. Andrés seguía haciendo goles contra el cerco y relatando su partido imaginario, cuando gritó:
-¡El abuelo, pá! ¡Ahí viene el abuelo!
“¿Qué dice Andrés?”, pensé. “¿Qué está diciendo?”. Aunque sabía que era inútil hacerlo, miré a través de las plantas de ligustros y vi el sendero vacío. Me olvidé de lo que había dicho mi hijo y seguí podando el cerco. Ni siquiera escuché la puerta de calle al abrirse.
-Hola, Rubén -escuché una voz grave a mis espaldas.
Casi dejé caer la tijera que empuñaba. Me di vuelta lentamente. Entonces, recién entonces, volví con todos mis sentidos a este sábado en que ya no estaba mi padre.
-¿Qué tal, Rubén? ¿Cómo está? -me saludó mi suegro.
Lo palmeé con tanto afecto, que se sorprendió un poco. ¿Qué le iba a explicar al otro querido viejo, el único que me quedaba? Dejé la tijera para más tarde, lo tomé del hombro, y me fui a tomar unos mates con él y mi mujer.