Crónicas de cuarentena: “Vivencias de una cuarentena”

Foto de Alejandra Molina (profesora de arte y fotógrafa de Pilar).
Esta nueva sección de El Apogeo online es una idea de Jorge Darget, coordinador docente del taller literario Letras Rabiosas dictado por la Subsecretaría de Cultura de la Municipalidad de Pilar.

por Teresa Vasallo (escritora de Del Viso)

A pesar de la cuarentena, hoy tuve que salir a comprar los remedios a la farmacia que atiende mi obra social.

De pronto, ese trámite, tan insignificante y poco atractivo, generaba en mi alicaído ánimo un cierto sabor a aventura; de manera que volví a vivir la experiencia de buscar la cartera en el placard y, barbijo mediante, salí a ver el mundo dispuesta a descubrir si la gente lo sufre tanto como yo.

En el local había tres personas atendiendo y la misma cantidad de clientes. Los demás, esperábamos afuera formando una ordenada fila, ubicados cada uno en la franja que marca la distancia.

El señor que me precedía, mientras se acomodaba un barbijo blanco que exhibía en un extremo una pequeña estampa del escudo de River, dijo:

-¡Qué locura es esto! ¡No tiene sentido tanta exageración! El porcentaje de la gente que muere es ínfimo y nos tienen a todos confinados como a delincuentes.

-Sí, es verdad, lo que pasa es que el peligro de contagio es importante y uno nunca sabe si le va a tocar ser parte del “porcentaje” -respondí, representando las comillas con los dedos.

Sacudió la cabeza de lado a lado, haciéndome entender que no estaba muy de acuerdo conmigo.

-Me parece que a usted, lo que más le preocupa es no poder ir al Monumental -dije con una sonrisa irónica oculta tras mi mascarilla.

Él, con tono más amigable, contestó que había adivinado, agregando que extrañaba el fútbol casi tanto como a sus nietos.

La conversación terminó cuando le tocó el turno de ingresar y me quedé sin interlocutor. Entonces me di vuelta y vi a una señora y dos niños, evidentemente mellizos, que llevaban barbijos con imágenes de superhéroes. “Vamos a ver qué pasa por aquí” -pensé.

-¡Qué difícil este tema con niños en casa! Y a ustedes, de pronto les toca hacer de mamá y maestra al mismo tiempo -dije dispuesta a seguir averiguando.

-¡Sí! Es tremendo el trabajo que mandan las maestras. A mí me cuesta. No entiendo mucho el manejo de las clases por internet. Ellos lo interpretan mejor que yo -agregó señalando a los mellizos.

-Y sí. Son los chicos de la nueva generación -contesté-. ¿Cuántos años tienen? -dije dirigiéndome a los niños.

-¡Nueve! -repitieron a dúo.

-¿Y a ustedes, les gusta esto de no ir al cole?

-¡Siiiii! ¡Noooo! -dijeron al unísono.

-¿A vos, por qué te gusta? -pregunté señalando a la distancia al que había contestado “sí”.

-Porque puedo dormir hasta más tarde y cuando algo me cuesta o no tengo ganas, me lo hace él -dijo señalando al hermano.

-Ah, pero eso no está bien. ¿Y vos qué hacés entonces? -pregunté con un tonito de maestra ciruela.

-Me voy al patio a jugar a la pelota, o con los perros.

-¡Es un vivo! ¡Siempre hace lo mismo! ¡Por eso me dan ganas de ir a la escuela! Y también porque me encuentro con mis amigos y me divierto mucho más con ellos que con mi hermano -rezongó el otro.

La madre me miró y adiviné una sonrisa cómplice, oculta detrás de su tapaboca de un delicado estampado naif.

Llegó mi turno de entrada. Saludé a los mellis con la mano y entré mientras pensaba en tono crítico que esa mujer estaba exponiendo a sus hijos.

-¡Hola! ¿En qué la puedo ayudar? -dijo amable la señora detrás del vidrio, mientras se desinfectaba con alcohol en gel.

Le di mi teléfono en donde estaba mi receta digitalizada y mientras consultaba en la computadora preguntó:

-¿No tiene a nadie que la ayude? Digo, para que no se arriesgue. Usted, perdone, pero a su edad, está en la franja de mayor peligro.

-No. Mis hijos viven lejos y no tienen con quién dejar a mis nietos. Salgo con mucha precaución y de paso me distraigo -contesté al tiempo que me arrepentía por haber juzgado a la mamá de los mellis.

-¡Ojalá yo pudiera quedarme en casa! ¡Aprovecharía a dormir, cuidar mis plantas y cocinar!

-¡Qué se le va a hacer! -agregué sin encontrar mejor respuesta.

La farmacéutica me contestó con una mirada rara y un movimiento de cabeza que no interpreté y se fue a buscar los medicamentos. En ese momento, entraba la mamá con los mellis que habían alborotado el lugar.

-¡Qué chiquitos revoltosos! Las madres modernas son muy permisivas -dijo una señora que estaba detrás de mí sin respetar la distancia.

No le contesté. Era mi turno de pagar. El cajero, mientras esperaba que se imprimiera la factura, comentó señalando a los chicos:

-¡Cómo disfrutan cuando pueden salir! Ellos son los que más sufren el aislamiento.

-Es verdad -contesté al tiempo que firmaba la factura y me despedía.

Regresé a mi aislamiento y mientras desinfectaba todo con alcohol y lavandina, comprobé que gracias a ese corto “paseo”, había descubierto que la cuarentena rige para todos por igual, pero cada uno la vive, disfruta o sufre a su manera.  

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