Detrás de los ojos derquinos

Todo el mundo dice que los ojos hablan, sin embargo yo estoy viendo en profundidad cuánto callan.

por Sharon Gorosito, joven derquina

Foto de Gastón Pucheta.

Nos preparamos con mi abuela Dora para ir por sus medicamentos al centro de la ciudad, no tenemos miedo ni tampoco ansiedad, creo que juntas somos más bien curiosas y queremos saber qué tan diferente se siente el viento en la calle en este día.

Nos acercamos a la farmacia, tomamos un numerito y esperamos afuera, por supuesto, con esta nueva normativa de dos metros distanciadas del resto, y también entre nosotras.

Se siente un poco inverosímil, solía buscar miradas compinches durante las filas en las compras, también en la parada del colectivo del barrio y claro, en el andén del tren. Ahora estamos acá, evitando tomarnos del brazo para soportar un poco mejor el fresco, y sorteando fervorosamente el contacto visual de todos.

Una vez que salimos, nos vamos para el Banco, cruzamos la calle Comodoro Meisner y en cuestión de minutos estamos cerca de Avenida de Mayo. Es de no creer la ausencia del tráfico, y asimismo, a los cuerpos escasos que están circulando podíamos contarlos con nuestras manos. A medida que avanzamos las esquinas, sentíamos que estábamos más desacertadas de los lugares que recordábamos, pero no era nada amargo, era en realidad como haber perdido la memoria y encontrarnos frente a una ciudad que descansaba porque no había sido conquistada.

Creo que es imposible a esta altura ignorar el silencio que asalta los suburbios, los vecinos caminan solos, se atajan a sus barbijos, no sueltan palabras por debajo de ellos, y penosamente se han convencido de que la distancia se quedará con nosotros.

El viento sigue arrasando contra las flores y los papeles en el suelo, intento recordar qué historias se contaban debajo de tantas persianas. Desentendida busco aquellas miradas cómplices y no las encuentro, todo el mundo dice que los ojos hablan, sin embargo yo estoy viendo en profundidad cuánto callan.

Veo novios y novias que llevan la cuenta de los besos que ansían destinar, tíos que no saben cuántos pasos han dado sus sobrinos, abuelos que no saben cuántos centímetros han crecido sus nietos, veo a mis vecinos, que con los ojos gritan, exclaman, que le devuelvan luz y calidez a su ciudad.

Mientras volvemos a casa, pasando en reversa las mismas calles, en cámara lenta, observo con más atención unos ojos que indagan si estamos bien, otros que nos dan el paso para adelantarnos, veo de frente unos ojos distinguidos, los de mi abuela Dora, ojos aliviados y agradecidos, porque nos volvemos a guardar, para quedarnos con el recuerdo de un abrigo derquino que en cualquier momento volverá.

La pandemia va a terminar, nosotros vamos a seguir como podamos frente a las circunstancias y como sepamos, seremos quizás mejores, diferentes, pero esta ciudad atravesada inocentemente por tanta soledad, nunca más nos mirará con los mismos ojos.

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