LA NOCHE DE LOS LÁPICES

El 16 de septiembre de 1976 se llevaron a cabo las órdenes de detención, libradas por el Batallón 601 del Servicio de Inteligencia del Ejército, a manos de miembros de la Policía de la Provincia de Buenos Aires.

Diez estudiantes de secundario fueron secuestrados y llevados a distintos centros clandestinos para ser brutalmente torturados: Arana, Pozo de Banfield; Pozo de Quilmes; la Jefatura de Policía de la Provincia de Buenos Aires; las Comisarías 5.ª, 8.ª y 9.ª de La Plata; la 3.ª comisaría de Valentín Alsina, en Lanús; y el Polígono de Tiro de la Jefatura de la Provincia de Buenos Aires, según los informes de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, CONADEP.

Sólo cuatro de ellos lograron sobrevivir a los cobardes ataques a los que fueron sometidos.Tras meses de torturas, se presume que los jóvenes que permanecen desaparecidos habrían sido fusilados a principios de enero de 1977.  

Tenían entre 16 y 19 años.


En medio de una pandemia mundial y en los inicios del Siglo XXl, los lápices siguen escribiendo.

Comunicado del Colectivo po la Memoria de Pilar

El 16 de septiembre de 1976 se llevaron diez vidas. Volvieron cuatro. Eran Claudio, María Clara, Francisco, Emilce, María Claudia, Horacio, Daniel, Gustavo, Patricia y Pablo. Eran estudiantes, eran militantes, eran hijas e hijos, hermanos y hermanas, eran pibas y pibes, el mayor tenía 19 años. Eran un futuro mejor para un mundo roto. Eran la esperanza viva de la justicia al fin. Eran la posibilidad de una realidad distinta, de un hombre nuevo. Había que matarlos. Era menester. Había que desparramar el miedo; lo rugía el capital. Tenían que callarlos, borrarlos, asesinarlos.

Demasiada vida para para el monstruo del lucro, eran demasiado amor. Eran intolerables. Había que desaparecerlos.

Eran María Clara, Horacio, Daniel, Francisco, Claudio, María Claudia. Y los mataron. Después, los mataron. Y no hay llanto posible. No hay dolor que alcance. Corren por nuestras venas abiertas, los seguimos sangrando. Los seguimos perdiendo cada día; todos los días nos faltan.Y su ausencia vuelve con cada pibe que le tiene miedo a la policía. Con cada nuevo desaparecido, con cada abuso, con cada golpiza en los calabozos anónimos. Vuelven a doler. Y no hay llanto que alcance.

Hace ya tiempo dijimos Nunca Más. Pero nos siguen faltando pibes. Se los siguen llevando. Se nos siguen acumulando las faltas y las broncas y las impotencias. Nos siguen matando la juventud. Porque a la juventud hay que matarla, solo así seguirá creciendo la tasa de ganancia. Pero la juventud es terca. No se deja. Y nace y nace. Y vuelve como marea verde, organiza ollas populares, camina los barrios, planta sueños, imagina futuros felices y pone manos a la obra. 

Tal vez sea cuestión de repetirlo, y repetirlo, y repetirlo, hasta el límite de la voz: nunca más, nunca más, nunca más nunca más. Hasta que de tanto lucharlo se haga realidad.

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