Una locura dentro de otra locura

por Graciela Saldaña

Hospital Borda, 3 de octubre de 2015.
Foto del CELS (Centro de Estudios Legales y Sociales).

No lo extraigo de ninguna novela ni película. “Jorge Marcheggiano, paciente del Hospital Borda fue atacado de muerte por unos perros en el parque del hospital”.

Como noticia, una locura dentro de otra locura. Imagen que desborda la entelequia parroquial. La zona de parque no es sombría como se puede llegar a imaginar, sino todo lo contrario, el verdor y la luz solar alojan rostros extraños que caminan rapidito de un lado a otro, pidiendo una moneda para yerba o cigarrillo.

En el sector de bancos, puede que algunos estén ocupados por ojos que no ven la cercanía porque la desconocen. Más bien, viajan en la infinitización de la pura exterioridad. Está en el campo del otro que acontezca un límite. Un agregado que permita curvar. ¿Qué hace que un espacio aloje la locura sin que se la tenga que confinar al inframundo?

En el parque la luz muestra lo que permanece en sombra. Escenario del escarnio social.  El ojo como órgano pide ver. Voracidad sin parpadeo que no se detiene sin que encuentre un objeto que lo mire. Ahí la curva, el quiasmo entre ver y mirada. Lo visible no se presenta sin su sombra invisible, sentible, o como lo presenta Marleau Ponty: “Visible e invisible no son opuestos, sino que lo invisible es la contrapartida secreta de lo visible”. “Un cuerpo humano está aquí cuando entre vidente y visible, entre quien toca y lo tocado, entre un ojo y el otro, una mano y la mano se hace una especie de recruzamiento, cuando se alumbra la chispa entre el que siente y lo sensible”.


El animal puede ser engañado por el señuelo, pero, donde no hay función de pantalla, donde el ver es un línea recta, de ojo a ojo, sin el velo de lo infinito, hay lugar para el engaño? El mimetismo refiere a una afectación generalmente de percepción visual. Lacan, expresa en el seminario 11 que “interviene tanto en la unión sexual como en la lucha a muerte. Allí el ser se descompone entre su ser y su semblante, así se trate del alarde en el animal, por lo general en el macho, o del linchamiento gesticulante con el que se procede en el juego de la lucha en forma de intimidación”. El ser da él mismo o recibe de otro, algo que es máscara, doble; envoltorio que permite lo “no todo visto”. Cuando no está en juego la máscara, como pantalla tachada, o como velo que recubre ¿cómo el encuentro de ojos?  
Sin  la flexión que trae la reflexión más que encuentro lo que se produce es choque, imposibilidad de jugar la apariencia, y de deponer la mirada.
Si el deseo, don del humano, está en función, el hablante no queda enteramente capturado en la frondosidad de lo imaginario, sino que sabe hacer orientándose y jugando con la máscara.

Ver sin mirar, sucede en la paranoia, en los pensamientos que raptan el presente y en lo que de ninguna manera se puede abrazar. Tomo al quiasmo como ese abrazo que la mirada pespuntea en su vuelta afectando al cuerpo. Sensibilidad.

El viernes 22 de mayo, pandémico y trágico cayó el mal ojo en el parque, en el mismo que hace tiempo, después de finalizar la escritura de “Notas Clínicas”, pensando en la tapa, sentada en uno de esos bancos, entre la luz y la sombra, en el gesto de brazos abiertos sobre el respaldo, los dioses se presentaron. Tiempo después sabría, era el acto de despedida. El abrazo de la partida, el agradecimiento a la hospitalidad construida con lo loco.

Referencias:

Marleau Ponty: El ojo y el espíritu.

Jaques Lacan: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis.


Notas Clínicas. Experiencia de una práctica del psicoanálisis en el Hospital Borda, texto publicado con María Inés Ferrari y Andrea Berro, compañeras de concurrencia, acompañadas con la cálida presencia de Sergio Linietsky desde el lugar de extimidad.

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