Elías Morales necesita que lo ayudemos

Tiene 20 años y su silla de ruedas se rompió. Desde hace meses no tiene respuesta del Estado Municipal.

Eduardo Galeano dijo: “Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada. Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos”. Me apropio de su texto y lo tipeo mientras pienso en cómo será sentirse ignorado. Cómo será tener un problema y no tener a dónde recurrir.

Paola Paredes tiene 39 años, ocho hijos, 2 nenas y 6 varones, y se siente abandonada desde hace unos cuantos meses. Vivió toda su vida en Fátima y Prudan, Barrio Seré. Sus hijos se están criando en el barrio, descalzos cruzan la calle, una extensión más de su casa. Tiene los ojos llenos de asombro, de preguntas, de ganas de ser escuchados, tenidos en cuenta.

Elías, su hijo mayor, tiene mielomeningocele, un defecto de nacimiento en el que la columna vertebral y el conducto raquídeo no se cierran antes del nacimiento. Los problemas que resultan del daño a la médula espinal y los nervios raquídeos incluyen problemas vesicales o intestinales; y problemas articulares y musculares, para los cuales se necesitará terapia ortopédica o fisioterapia así como dispositivos ortopédicos y en muchos casos una silla de ruedas. Los exámenes de control generalmente continuarán por el resto de la vida del niño. Las enfermeras domiciliarias, los servicios sociales, los grupos de apoyo y las agencias locales pueden brindar apoyo emocional y asistencia con el cuidado de un niño que padezca esta enfermedad. (https://medlineplus.gov/spanish/ency/article/001558.htm)

Elías observa a su madre relatar la triste y repetida historia de ser pobre y no importarle a nadie; hace unos meses, se le rompió la silla de ruedas, el piso de su casa, el difícil acceso a la vivienda y demás cuestiones hacen que el deterioro de la silla sea constante.

“Necesita una silla que no sea alquilada. La obra social (Profe) no me da nada, todo lo compra él con su pensión”, aclara Paola con orgullo en la voz.

Llegamos a la casa de Elías porque Adriana Sosa, vecina del barrio, nos contó su historia: “Si bien él cuenta con una pensión, no le alcanza para cubrir todas las necesidades que tiene, los pañales, las cremas. Tiene várices en las piernas y estaba siendo tratado cuando la Municipalidad de Morón le prestaba una camioneta y podía trasladarse hasta el Hospital Posadas y el Instituto de Haedo, a donde le realizaban el tratamiento”.  

“Las camionetas me las daba Camila Sabbatella, lo mismo cuando se nos rompía la silla, enseguida nos conseguía otra”, agrega Paola. “Pero la coordinadora que tengo ahora, que se llama Yanina Vera, vino dos o tres veces, y luego no volvió más, ya no me trajo lo pañales, las gasas, las cremas.”

Yanina Vera es la Coordinadora de Abordajes Integrales de la UGC4. Las Unidades de Gestión Comunitaria (UGCs) fueron creadas, en distintas etapas, a partir del 2002 para descentralizar el Municipio y acercar el Estado al barrio y solucionar las problemáticas de los vecinos, que pueden ir desde habilitaciones comerciales hasta la resolución de casos más puntuales como el de Elías; es por ello que Paola señala como principal responsable a la coordinadora de la UGC4.

– ¿Cuánto hace que fuiste al Municipio a contar tu situación, Paola?

– Fui a buscar pañales porque hasta mi asistente social que se llamaba Marita y trabajaba ahí ya no está más. No creo que me ayuden mucho.

“Yanina no comprendió la situación. Si estás en esa área, tenés que hacer tu trabajo bien. Creo que una asistente social se da cuenta con sólo mirar en qué situación viven y todas las necesidades que pueden llegar a tener. Sería cuestión de ver cómo podemos dar una mano y solucionar entre los vecinos”, propone Adriana, “ya que la responsable argumenta no conocer a nadie a quién solicitarle una silla de ruedas. Si tenés voluntad, por tu barrio lo hacés. Te moviste cuando querías ser intendente, saliste a patear, decías que eras de Castelar. Ahora te estamos pidiendo una silla de ruedas… en las áreas no está puesta la gente adecuada. A nosotros nos aumentaron los impuestos. ¿En qué los invierten? No vuelve a mi pueblo. No vuelve en una silla de ruedas, ni siquiera en un repuesto, porque hasta eso llegué a pedir.”

Elías sonríe y mira y espera. Y sueña los sueños de cualquier chico, movilizarse solo, seguir yendo al grupo Mifa, de la parroquia del barrio. Allí le estaban enseñando a leer, ayudaba a otros, él que tanta ayuda necesita: pañales, gasas, cremas, medias.

– ¿Cómo mantienen a la familia?

– Yo estoy buscando trabajo y me esposo hace changas. Espero que nos ayuden con la silla de ruedas. La vecina de al lado nos prestó la plata para poder alquilar la que está usando ahora, si no estaba en la cama.

“Necesito la silla para poder moverme o ayudar en la casa. Para ir a todos lados. Para no pagar más los 600”, dice tímidamente Elías.

Elías ya perdió tres dedos de uno de los pies porque para algunos es un nadie. Los nadies sólo pueden esperar sentados en las puertas de sus casas humildes mientras las moras de los árboles se pudren en la vereda. Esperar a que alguien comprenda sus urgencias, su derecho a recibir la ayuda del área correspondiente de un Estado que fue votado para gobernar, resolver, ocuparse, para eso caminó las calles del barrio, recordó su infancia, sus sitios preferidos, sus amigos del colegio, sonrió ante las cámaras, palmeó hombros, apretó manos.

Elías es, existe, respira, sonríe. Aunque para algunos sea mejor mirar para otro lado. Aunque sea mejor pensar que al pobre le gusta ser pobre.

por Noelia Venier

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