Su mano siempre tendida trajo tranquilidad en los momentos difíciles.
Fue un grande con todas las letras. Cuidó y ayudó a los más pequeños en las horas de susto y enfermedad, llevó tranquilidad a madres, padres y familias, especialmente derquinas, donde tuvo su consultorio durante tantos años.
A media cuadra del Meisner, entre San Martín y Moreno, frente a la casa de don Antonio, “el viejo de las motos”.
En la misma casa donde Ernesto y “Chatita”, sus hijos, jugaban con la banda de amigos, entre quienes estaban Raúl Romero y Claudio Coronel.
“La calle Moreno era nuestra, no pasaba nadie y jugábamos a los karting con rulemanes corriendo de punta a punta hasta la escuela 27”, los recuerdos se amontonan en la mirada de su hijo mayor, en la puerta de Ponce de León, en Pilar.
Arriba, en el primer piso, su padre descansa después de haber dado pelea a un cáncer de pulmón que se lo llevó en tres meses.
“El 27 de diciembre pasado fue la última guardia que hizo en el Meisner. En febrero fue a buscar su último recibo de sueldo, ya no daba más. Quiso despedirse de sus compañeros. Pasó todo muy rápido”, repasa.
40 años como pediatra en Derqui fueron muchas vidas para cuidar, muchas horas de guardia sin descanso, al pie del cañón.
Porque él siempre puso la vocación por delante de todo y eso no se olvidará jamás. El Doctor Gómez nunca bajó los brazos, fiel a sus principios se aferró a la vida y se comprometió con la vida de los demás. Fue ejemplo.
Todos morimos, pero no todos vivimos. Vivir es más que respirar, vivir es otra cosa, es jugársela cuando hace falta, es un desafío que empieza cuando te despertás cada mañana y termina cuando la tierra te abriga en el abrazo final.
Y para quienes sí la vivieron, como el “tordo” Gómez, la historia tiene reservado un lugarcito en el corazón del pueblo. Para que su nombre crezca.
“Nunca olvidaré cuando éramos pre adolecentes y nos llevaba junto a sus hijos en su recordado Dodge Polara a los cumpleaños de 15 de algunas amigas nuestras que vivían lejos de Pte. Derqui. No sólo eso… nos iba a buscar a la madrugada y nos repartía a cada uno en nuestras casas. Un genio como persona. Y como médico… el mejor… fue el pediatra de mi hija Antonella. Siempre me dio tranquilidad a la hora de consultarlo. Te vamos a extrañar Doc. Que orgullo fue haberte conocido… doy gracias a Dios por dejarme conocerte y estoy seguro que ahora estarás en el cielo junto a otros grandes como vos para desde allí curar con milagros las cuestiones que aquí en la tierra no tienen explicación. Hasta luego Doc… ahhhh esperá… Gracias.”
Claudio Fabián Almirón















