La leyenda de “El Avatar Derquino”

Por Eric Le-Quesne
Adrián Grada y Soe Sol eran dos jóvenes muy enamorados. Reían, se unían y ardían dondequiera; tal era así, que la incandescencia de sus ojos al mirarse encendía cualquier objeto a su paso.
Se sacaban fotos imaginarias en los charcos después de la lluvia; imitaban a los pájaros soplando las botellas de sidra; se disfrazaban con cartón; se retrataban entre sí dibujándose con los dedos en los autos sucios; se dedicaban canciones con los ladridos de los perros y se regalaban ring tones con las bocinas de los camiones que pasaban por la ruta, cuando paseaban en las tardes por la banquina.
Un 12 de junio, desde Corrientes, llegó un tío de Adrián, quien todos los años volvía para las fiestas patronales de Presidente Derqui. Vino para cumplir una promesa que le había hecho a San Antonio (Patrono de esta ciudad), cuando lo despidieron de la fábrica FVen el año 2002.
El agrado del tío fue tal al conocerlos que los invitó a que pasaran un fin de semana en su casa de Corrientes, para que conozcan el río. Decía que le recordaban a su época adolescente, cuando él y su difunta esposa eran novios.
Ya en Yapeyú, cuando posaban en sus últimas fotos imaginarias del día, al costado del camino, para ese inmenso álbum de recuerdos del Río Uruguay, brusca y repentinamente del matorral, se les cruza un búho desesperado, perseguido por un perro enloquecido que lo quería atrapar. El ave revoloteaba insistentemente por sus cabezas, mientras, el perro enardecido, ladraba y saltaba tanto que casi volaba.
A la luz de la primera estrella, inexplicablemente, se irrumpe el silencio… El matorral y el camino se invaden de la nada, los dos se miran extrañados, solo vuela la calma, el aire y el frescor de la inminente noche. Los primeros mosquitos apenas orquestan sus zumbidos con las ranas y los destellos de las luciérnagas comienzan a encenderse. A Soe le hace acordar las noches de verano en Derqui, en las que, a lo lejos y en silencio, se divisaban los aviones que esperaban para aterrizar en Aeroparque, volaban en círculos por horas hasta que todos tocaban tierra. Tácticamente las luciérnagas se alinean, como si estuvieran preparándose para recibir órdenes y acatarlas de inmediato y entonces… Aparece Noemí.
Ellos, sorprendidos, la miran, y esperan a que hable… Noemí les dice: “Yo sé de ustedes, en el pueblo comentan que son derquinos. Soy Noemí, nieta de un Cacique Toba y también sé que allí, viven él y muchos más en una comunidad, él no sabe de mí porque mi padre se alejó enemistado y jamás me permitió que lo encontrara. Por eso, he venido a traerles tres búhos de barro, solo quiero que le entreguen este. Este que tiene los ojos de otro que mi padre trajo de allí y lo rompí cuando aprendí a caminar. Mi abuelo al verlo sabrá lo que significa, y estos dos quiero que los conserven ustedes como muestra de mi gratitud por lo importante que es para mí que el Cacique lo reciba”.
A Soe se le eriza la piel al notar que, sin haber hecho ningún ruido, de pronto, el perro enloquecido estaba sentado, amistosamente, a la derecha de Noemí, quien continúa diciéndoles: “Estos animalitos de barro son amuletos de la buena suerte para las personas que consideramos especiales y, ahora, ustedes son amigos para mí”. Dicho esto, extendiendo y cerrando sus alas en toda su amplitud, del cielo baja el búho desesperado y aterriza en calma, con absoluto control y reposándose sutilmente en el hombro izquierdo de Noemí; las luciérnagas dejan de titilar, los mosquitos y las ranas cesan su sonar, Noemí desaparece… La noche cae.
El Loba era un intrépido al volante o, mejor dicho, un imprudente. Siempre hacía alarde de sus hazañas ruteras y de cuan similar era el interior de su coche a un boliche cumbiero, pero esta vez, estaba contento porque demás, faltando poco para llegar, repetía constantemente: “¡¡Lo puse en 4 hora, vo’!! ¡¡En-4-ho-ra-vo´!!”, refiriéndose al tiempo empleado de Corrientes a Derqui. Tan contento estaba, que festejó por anticipado, aumentando poderosamente el volumen de sus cumbias villeras, coreándolas intensamente, separando el brazo derecho del volante y empujando su mano de forma incesante para adelante y para atrás, para adelante y para atrás.
“El loba” se había criado en José C. Paz, pero había nacido en Corrientes y, curiosamente, renegaba del Chamamé, que según él era música para viejos. Es entonces que voltea de repente y suelta el volante y les dice emocionado agitando el puño cerrado con los dedos pulgar e índice abiertos debajo del mentón: “¡Eeeesta es mú…!”
¡El auto rueda, rueda y rueda violentamente por el aire, convirtiéndose en un trompo asesino, los vidrios estallan en granizo acuchillante, el capó, el techo, la puerta, el techo, las ruedas, la puerta, todo relincha como un cerdo en faena! Adrián sale despedido, las ruedas solo giran al aire…
La cumbia en el auto de “El Loba” era tan alta que no se percató de la alarma de un camión que salía en retroceso, y de su acoplado se desprende un caño maestro a la ruta e intercepta las ruedas delanteras del auto deteniéndolo, de forma abrupta, y ocasionando el impresionante vuelco.
Adrián en el suelo, lejos del auto, ve pasar todas las fotos imaginarias de todos los álbumes de su vida y a 30 por segundo, hasta que se detiene en una en la que Soe, a lo lejos, lo mira con la boca en forma de “U” como pidiéndole que la alcanzara y así ganarse un beso. Entonces despierta estrepitosamente y esa imagen es la única que conserva en la vigilia; pero desorientado y confundido por el accidente, hecha a correr para alcanzarla, aunque ella no aparece, él sigue viendo esa imagen y corre, corre, corre y corre.
Pasaron días y días, noches, madrugadas, amaneceres y persistía corriéndola al costado de la ruta, queriéndola alcanzar, deseando tenerla cerca para ganarse el beso de su amor.
Tras los días, las semanas, él continuaba corriendo, obsesionado, esperanzado, enamorado, ensimismado, empecinado y tenaz. Obstinado, sobre la banquina verde amarillada del sendero que conduce a Ruta 8, sigue buscándola, queriéndola, alcanzándola y alejándose a la vez. Sintiéndola, oliéndola como a nafta, como cuando se retrataban en los coches. Pero ella, en nuestro mundo tal y como lo conocemos, ya no estaba, había partido, sus melodías de hornero verde vidrio se transformaron en solos en los corales de los ángeles celestes. Era ahora, solo memoria en el entusiasta corredor Adrián, el olor, más le hacía creer que ella estaba cerca; pero ese aroma empecinado era el propio de la ruta que los autos despedían a su paso.
Los días de su Giga Maratón fueron tantos que los conductores lo comenzaron a apodar “El loco que corre sin sentido”. A todos le llamaba la atención que corriera sin parar por tanto tiempo y por el mismo lugar; aunque por ese camino es habitual que la gente esté corriendo, entrenando, caminando o pedaleando para ir a trabajar, no a la manera de Adrián. Poco a poco el verlo correr se fue naturalizando y la gente se comenzó a acostumbrar.
Hasta que una tarde de verano, a la hora que todos vuelven, justo antes de la primera estrella blanca, en la foto imaginaria de Soe, ¡titila una luciérnaga! Adrián se estremece y acelera, son dos luciérnagas, y su corazón palpita frenéticamente, tres, cuatro, diez, veinte y Soe parece más linda que nunca, tan iluminada como si su rostro estuviera en una gigantografía en la ruta Panamericana. Adrián se desespera, sabe que tocarla es cuestión de milisegundos, pero el rostro de Soe se esfuma entre la nube de luciérnagas, conmovido sigue corriendo para acercarse, y la nube en el aire se transforma en una gran espiral estática, todas las lucecitas verdes giran alrededor de un solo punto, indican algo, algo que para él es extraordinariamente importante, corre más y más rápido. A los 15 metros, descubre cuál es el punto que las fosforescentes le indican, sus ojos son dos luces de camión, quiere llorar pero no puede porque sus lágrimas se le atragantan y secan por el viento generado en su corrida, se desespera aún más, quiere explotar, casi enloquece y en un envión kamikaze ¡salta a la ruta atrapando ese punto! Ese punto… Ese punto era… el búho de Soe.
Los autos enfurecidos lo bocinean punzante e insistentemente, queriendo devolverle a Adrián el susto que les hizo pasar; pero como si fueran hechizados, o si el Turco Badul marcara el último tiempo de un tango, todos clavaron sus frenos a la vez y ninguno resultó herido, pero sí helados por la brisa fría de la muerte cercana.
Y Adrián ajeno a la conmoción rutera, salta inquieto, con un pie y con el otro adentro y afuera de la ruta, sonriendo sin parar y festejando consigo mismo al encontrar el amuleto de su fotogénica. Sintió en ese momento todo el cansancio que traía consigo, toda la angustia que pesaba en su pecho, todo el sudor derramado y que no había notado antes, pero estaba ¡tan feliz! que no le importó.
Las bocinas se silencian y ahora lo único que se oye son aplausos, silbidos, festejos, alivio y alegría por doquier. Adrián salta aún más, lo celebran, lo alientan, le sonríen, se alegra más porque piensa que el resto sabe de su hallazgo; como una flecha certera a la cintura se lanza una joven mujer a abrazarlo fuertemente, lo aprieta como una tenaza humana, él no entiende nada y detrás se acercan más personas.
Accidentalmente o no, ¿quién sabe?, su salto le salvó la vida al hijo de la madre joven, que lo corría desesperada por una calle adentrada a un barrio y a la vez cruzaba la ruta, al niño le divertía escaparse de su madre y más cuando paseaban en bicicleta, pero esta vez el susto se lo dio también él, que faltando poco para cruzarla quiso frenar y los cables de los frenos se le cortan, por lo que la madre entra en pánico al notar el intensivo tráfico; faltando poquísimos metros de pronto todo se detiene y su hijo cruza ileso sin explicación posible, para ellos.
Con el chico una vez a salvo, conocen la razón de la detención del tránsito y se acercan a Adrián con otros vecinos, que habían observado acompañando la desesperación de la madre por la intrépida travesura del hijo y que para los espectadores era un inminente accidente.
Las luciérnagas desaparecen, la noche cae… Adrián tiene más que un amuleto.
Desde ese crepúsculo la ruta ya no fue igual nunca jamás, los transeúntes y los conductores tuvieron algo más que un “loco corredor”. Había nacido “El guardián de los caminos”.
Hasta el día de hoy se lo ve en su custodio recorrido, corriendo, caminando y ahora saltando súbitamente a la ruta también, pero ya se sabe que ese salto es una advertencia para los imprudentes, entonces aminoran su marcha, asegurándose entre todos un tranquilo retorno a casa.
Para todos Adrián es “El guardián de los caminos”, pero algunos supersticiosos aseguran que han escuchado como los pájaros adornan su trinar cuando lo avistan y otros que han visto como los perros se alinean cuando pasa, atribuyéndole por esto, poderes que nosotros no podríamos entender ni comprender sino mitológicamente y entonces, para algunos pocos en consecuencia, se ha convertido en: “El Avatar derquino”















