por María Almeida

Si tuvieran la oportunidad de hablar con distintas familias de personas con autismo, podrían descubrir un sinfín de desafíos diversos. Tan diversos y personales que atraviesan el alma. Desafíos que rozan la angustia, la soledad, la desesperación.
Desafíos como el que muchos de nuestros hijos no son verbales y ante cualquier situación común para cualquiera, para nosotros es indescriptible. Que tu hijo llore por horas, y no les digo 1 o 2 horas, les digo 6 horas o más y que no podamos descifrar qué es lo que pasa.
Hoy leía el posteo en redes de una mamá que estuvo 8 horas viendo a su hijo llorar, abrazándolo y acunándola como si fuera un bebé, su hijo ya tiene 8 años. Y después de todo ese tiempo, pudo llegar a descifrar qué le pasaba y así ayudarlo. Le dolía la muela.
Cuánta culpa sentimos como padres en ese momento, por qué no nos dimos cuenta antes. ¿Por qué?
Hace unos días, una amiga mamá de un adolescente con autismo, que viene atravesando la adolescencia con su hijo, me envía un audio. Ese audio estaba repleto de emoción y lágrimas. Derrochando esa felicidad de sentir que hay esperanza. Y sepan que esa mami no es llorona como yo. Así que ese audio reflejó la necesidad de compartir ese pequeño bálsamo en medio de tantas tormentas.
Porque como cualquier adolescente, los jóvenes con autismo viven una etapa de cambios: cambios físicos, cambios psicológicos, cambios emocionales; pero a diferencia de los adolescentes neurotípicos, en nuestros hijos es muy difícil expresarlo, decir lo que sienten, lo que les pasa. Y es ahí donde pasan por retrocesos, por períodos que rozan la depresión y el autoflagelamiento.
Y en medio de todo, un referente de la música a quien su hijo admira y ama, ese que mira en video una y mil veces, a quien intenta acompañar con la guitarra y la armónica, le mandó un video. Me contaba que, al verlo, se le iluminó la mirada y esa sonrisa que tanto amamos y que hacía rato no nos regalaba, apareció. No importa cuánto duró ese instante, ni el camino recorrido hasta llegar a él, cada segundo valió la pena.
Porque cuando se trata de nuestros hijos e hijas, cada desafío es una oportunidad de aprender. Siempre.
Los desafíos pueden ser muchos, diversos, y todos encuentran a esos padres atravesados por la vida, el stress, la realidad. Pero después de todo y a pesar de todo, ellos siguen ahí intentando vivir un día a la vez y acompañando a ese hijo en cada desafío. Tomando su mano, respirando profundo. Pero seguros de que el amor es el camino.
Entender que las personas con autismo necesitan de nosotros, necesitan que los acompañemos en cada desafío, que los escuchemos, no solo con los oídos, sino con la mirada, el alma y corazón, es fundamental.
Entender que “un mundo en el que quepan todos los mundos es posible si todos ponemos nuestra parte” y hacerlo real es el primer paso.
Yo hablo de autismo, y sé que vos también…















