Editorial

Me acuerdo de cierta tarde en que la nota decía: “Hermida quiere hablar con vos. Llamar urgente”.
Nos habíamos conocido cuando unos meses antes, en el living de su casa, le hice una entrevista a él y a su querida esposa. Más de cincuenta años juntos llevaban, y “La voz de la experiencia” nos dejaba los secretos de un matrimonio incondicional.
Ella decía: “Hay que tener paciencia”. Para él, el secreto era uno: “Sí, querida”.
Sonrisas sinceras entre luminarias listas para colgar en la calle Gonnet, se acercaba la navidad y ellos habían conseguido estrellas de colores, campanas y papás noeles para embellecer la cuadra.
Juan Carlos tenía la mirada pronta y un chiste siempre a flor de labios, en la punta de la lengua y listo para salir al ruedo. La amistad entre nosotros fue instantánea, nada de vueltas. Respeto de un lado y de otro. Abrazo y manos que se estrechan.
Después lo había visto en el club Unión cuando se realizó la reunión grande por Del Viso Ciudad, la vez que me presentaron a otro histórico, el vecino Pepe Placánica.
Juan Carlos estaba feliz aquella vez, iba y venía llenando de alegría la cancha de básquet. Sólo había lugar para la esperanza en su rostro entrañable.
Debo decir que nunca escuché de su boca una descalificación grosera, ni siquiera la vez que lo vi tan enojado por las desafortunadas declaraciones que hizo hacia el pueblo de Del Viso el Padre Tomás de Manuel Alberti.
Hermida avanzaba en su cruzada luchando con altura, un trabajo de hormiga en el otoño de su vida. Acompañamiento y perfil bajo, lindo viejito para querer.
Cierta vez, en el trajín de la tarea extravié mi celular, se rompió, no recuerdo, lo cierto es que quedé incomunicado. Recorriendo esquinas era difícil dar conmigo.
“Hermida quiere hablar con vos. Llamar urgente”, decía el recado en la oficina.
Llegué a su casa acudiendo al recado, el mismo inmueble donde tuvo su boliche “Welcome”, allí me recibió sonriente:
-Pasá, pasá-, me dijo. -Tenemos un regalo para hacerte, con mi señora, los dos, tomá, abrilo.
Sorprendido desenvolví el pequeño regalo, cuando lo abrí, una emoción llena de ternura me dejó sin palabras. Un celular ente mis manos y esa mirada de abuelo cómplice, de amigo así.
-El Director de un diario no puede andar sin celular-, me dijo sonriente.
¡Pucha que se lo va a extrañar, cuando en cada ocasión que el barrio arme nos falte Hermida para defender la causa!
Una de las últimas veces que lo vi fue en la cena de la Cámara de Comerciantes, con un cartelito fosforescente en el pecho que decía “Del Viso Ciudad”, estaba sentado en la mesa grande al lado de su gran compañera, Olga.
Un buen tipo, para hacerle un hueco en el corazón.
Viejo amigo, de seguro Dios ya lo tiene cerca pa´lo que guste mandar. Que a las almas bien dispuestas como la suya, no hay muerte que las pare. Hasta siempre Don Hermida.
Víctor Hugo Koprivsek















