por Victor Koprivsek Velárdez

Un derquino se alegra cuando ve a otro derquino en alguna ciudad lejana. Porque el amor por la tierra de uno hace que rebose de alegría el vaso del encuentro.
Un derquino se deleita en las charlas de vereda, sabe hablar y, sobre todo, sabe escuchar. Porque en la voz del otro hay historia y es ahí donde la tierra late, cuando vamos construyendo entre todos el sentido de identidad.
Hay muchos derquinos y derquinas diseminados por el mundo, lejos de nuestra ciudad; esta edición especial del Mes de la Amistad va para ellos.
Porque el 99% de los casos no olvidan sus raíces y son felices al recordar.
Conozco mucha gente que se fue y volvió. La esquina del lugar donde crecemos para muchos es un abrazo que siempre está.
La calidez de las amistades forjadas en la infancia y adolescencia se consolida con los años, el trabajo y la familia. La mesa se llena de risas con el paso del tiempo sin olvidar la ausencia de los lugares vacíos.
Pero cultivar viejas amistades es enseñanza de vida y ayuda a comprender aquello que el corazón necesita.
También hay quienes se fueron en busca del destino y prosperaron lejos de la Patria Chica. Muchos son anfitriones silenciosos cuyas puertas están abiertas y sus manos están tendidas en la distancia.
La añoranza es grande, pero se mantienen firmes en el camino, y con paso seguro van forjando un destino lejos de casa con sacrificio y teniendo presente de dónde salieron.
A ellas y ellos, el respeto ante todo. No es fácil estar lejos de los afectos y muchas veces la fuerza es motor de nuevas aventuras.
Charlar de viajes con humildad pinta montañas y ríos y mares, y comparte las distintas culturas de otros puntos cardinales entre quienes quieran escuchar.
Ah, 1635 es nuestro Código Postal.
Un número que tiene brújula propia que apunta al lugar del sentimiento, donde la infancia corretea aun en los baldíos y juega con piedritas en el cordón de la vereda. Y sin aburrimiento.
Un derquino tiene la vista siempre puesta en el futuro. Dios es grande.





