Crónicas de cuarentena: “Comprando bajo pandemia”

Foto de Alejandra Molina (profesora de arte y fotógrafa de Pilar).
Esta nueva sección de El Apogeo online es una idea de Jorge Darget, coordinador docente del taller literario Letras Rabiosas dictado por la Subsecretaría de Cultura de la Municipalidad de Pilar.

por Viviana Sampedro (escritora de Del Viso)

Del Viso en cuarentena es un río de lágrimas; todo está lleno de charcos y es que a la pandemia del coronavirus se le ha sumado la tormenta de anoche.

El miércoles primero de abril, poco después de las once de la mañana, no se ven vehículos circulando por la ruta 26 y hasta me animaría a decir que se la puede cruzar caminando a paso lento.

Hay muy poca gente en la calle; la poca que hay forma desprolijas hileras en la entrada de alguno de los cinco comercios, que permanecen abiertos entre las ocho de la mañana y las tres de la tarde. Los negocios no permiten el ingreso de más de dos personas, de manera tal que para poder entrar se debe formar una fila. La distancia entre las personas no alcanza al metro, aunque sí supera los cincuenta centímetros.

Pocos llevan barbijo, algunas mujeres se tapan con chalinas. A pesar del calor, la mayoría viste con ropa larga, medias y zapatillas, tal como si se protegiera más de la epidemia del dengue que de la pandemia del coronavirus.

La verdulería es el lugar que concentra la mayor cantidad de público. Quizás porque de las seis que había, en un radio de cuatrocientos metros, es la única que aún continúa abierta.  

Me apresuro a sumarme a la cola, pero una mujer robusta de mediana edad se cruza delante de mí y se pone en el lugar que me correspondía. Yo no digo nada, no quiero hablar con nadie ni mucho menos entrar en una discusión. Hoy la boca es una zona muda, errática, impúdica, cercada, traicionera, riesgosa y hasta podría llegar a ser letal. Por eso, hoy hago votos de silencio.

Un hombre acompaña a la señora que me quitó el lugar en la fila; ellos se quejan del sobreprecio de la mercadería. Más tarde al ser atendidos observo que se van sin comprar nada. No alcanzo a escuchar el diálogo porque me aparto de la pareja. Con la vista en el piso, partiendo del talón azul de las zapatillas del hombre, cuento baldosas imaginarias de un porcelanato de 40 por 40 centímetros hasta que sumo unas cuatro cerámicas antes de visualizar la punta de mis zapatillas grises. El temor me mantiene a una distancia superior al metro y medio. Me siento más tranquila.

Por suerte en la verdulería aún se consigue espinaca, acelga, lechuga y hasta radicheta. Y esto no es poca cosa, porque la semana pasada estuve en otra que había borrado el verde de la paleta de colores y tuve que conformarme con tres calabazas y un par de naranjas a punto de echarse a perder.

“¿A cuánto tenés la acelga?”, indago. “A 70”, me dice. “¿Dos por 70?”, pregunto. “No, 70 cada atado.” Me horrorizo porque les aclaro que la última vez que pisé una verdulería compré dos por 10 pesos. Aunque ya no recuerdo en qué año fue.

Pero hoy la espera traerá la recompensa de las peras, las manzanas, los limones y hasta unos jugosos duraznos, dulces como la mermelada casera que hacían las abuelas. Y aunque no se ven pomelos me conformo, porque la jovencita quinceañera, que está en la fila detrás de mí, apenas alcanza a comprar cuarenta pesos de unas cebollas exageradamente transgénicas. Sí, esa misma chica a la que casi le corto la lengua, cuando intentó comentarme algo y a quien yo, imaginándola una potencial fuente de contagio, la interrumpí con un “¡Callate nena!, ¿no ves que nos podemos agarrar la peste? En la calle, ahora no se habla más”. Dios, siento tanta culpa por haberle contestado de ese modo que hasta me avergüenzo del perfume cítrico de mi chal, que huele a un insulto en medio de tanta agonía.

Pero no se trató de un prejuicio. Me traicionó el malhumor que me produce el miedo terrible a que mi familia o yo terminemos muriéndonos, ahogados en una sala de cuidados intensivos.

El mismo miedo que me lleva a decirle a la verdulera “¡Uhhh… mirá que sos lerda… si no te apurás un poco, me voy y no te compro nada más!” La muy lenteja, me mira con gesto de enojo.

Después me da el vuelto y yo le pido que tire los billetes en una bolsita, porque le pregunto dónde está el alcohol en gel y ella de mal modo me dice que “Acá no hay”. Ni siquiera se les ocurre tener a mano un rociador con un poco de agua con alcohol.

“Claro total vos usas guantes y encima son de látex cosa de que el virus tenga más posibilidades de sobrevivir”, pienso. Pero enseguida me pongo un freno y decido callarme.

La cuarentena no es la misma para todos, reflexiono, mientras otra verdulera pesa un kilo de zanahorias. Lo único que parece ser igual es la lluvia que ha caído anoche y ha llenado la calle de charcos, como también es igual el dengue, porque los mosquitos vuelan por todas partes y pican a pesar del repelente, como también es igual este maldito coronavirus porque a todos los humanos se nos da por respirar, y demasiados parecen vivir del aire.

Al subir al auto, un par de lágrimas humedecen mis mejillas. Enseguida recuerdo que aunque moqueara, no debo tocar mi nariz, que debo mantener cerrada mi boca, que mis manos son como garras que pueden lastimar mis pulmones, porque Dios tuvo la ocurrencia de ponerlas demasiado cerca de esa boca, que ahora está proscripta.

Cuando llego a casa, cargada con bolsas, me pregunto qué se puede hacer con un par de cebollas enormes, después miro el cielo encapotado y pienso que quizás un temporal barra todas las pandemias.

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