Miguel “Tata” Rojas (24), hijo del “Sanjua”, cantor de tonadas y dueño de la bicicletería que estaba en el predio de la estación, frente a la pizzería El Molino.
La vida tiene sus vueltas, círculos que se cierran, cuestiones que alivian el alma cuando pasan. El “Tata” fue uno de los impulsores de la Asociación de Skaters Derquinos (ASD). Tenía dieciséis años (2008) cuando junto a Guillermo Fastidioso, Emma Barrio, Lucas, Derlis, Ale y tantos otros, cansados de que los echen de todos lados, empezaron a luchar para tener un lugar donde practicar su deporte. Y lo lograron.
La cuestión es que poco tiempo antes de la inauguración del skatepark, dos años y medio atrás, Miguel se fue de vacaciones a Córdoba con amigas y amigos.
“Muchachos, yo no vuelvo”, dijo cuando todos empacaron los bártulos del regreso.
El destino tenía preparado otros senderos para el joven derquino.
Mendoza, San Juan, San Luís, Córdoba completa, La Rioja, Bolivia, Perú y Chile, en este último país se quedó a vivir casi un año y medio.
“Recorrí la mayoría haciendo dedo. Me ganaba la moneda malabareando, después en Chile trabajé en una panadería industrial. Es el país más capitalista de América, ahí todo se paga. Yo vivía en un barrio bohemio llamado Yungay, en Santiago.”
Todos los miércoles de 18 a 2 de la mañana iba a bailar cuecas a una plaza donde conoció una chica.
“Su nombre es Javiera y me enamoré. Retrasé mi salida más de un año. En ese tiempo trabajé de mozo, armé escenarios. No conocía a nadie en Chile, ahora tengo un montón de amigos”, repasa apenas llegado a Derqui, cafecito de por medio en El Almacén.
“Lo bueno de viajar es que conocés gente muy buena. Finalmente el 9 de noviembre tomé la decisión de volver, lloramos los dos.”
Para la aventura del regreso se compró una bicicleta de primera, una carpa, bolsa de dormir, todo listo. Había decidido cruzar la cordillera.
“Son 480 kilómetros, tardé cinco días. Crucé por la ruta sanmartiniana y acampé tres noches. Solo. Después visité a toda mi familia de San Juan, fui a ver a unas primas en La Rioja, todo en bici.”
Cuando pasó por la Difunta Correo se insoló.
“Tuve vómitos, mareos, armé la carpa como pude, en medio del desierto flasheé que me había picado un bicho. Así estuve todo un día y una noche hasta que el fresco de la madrugada me rescató un poco.”
Parque Nacional Talampaya, museos arqueológicos, centros culturales, todo venía bien hasta que llegó a Metán.
“Me robaron un bolsito donde tenía toda la plata y la documentación. Me paró la policía un montón de veces y nunca me ayudaron. Fue muy triste, tuve que vender la bici, casi la regalé.”
La última curva fue difícil pero finalmente llegó a su Derqui querido, donde esperan los amigos, la familia y esas hojas que aún no han sido escritas.















