El 2 de abril de 1982, todos los habitantes de nuestro país nos enteramos, a la mañana temprano, con enorme sorpresa, que nuestras entrañables Islas Malvinas habían sido recuperadas.
La emoción, la alegría y el júbilo patriótico eran indescriptibles. Casi nadie había tomado conciencia que habíamos entrado en guerra con una de las potencias mundiales.
Pensábamos que, luego de negociaciones diplomáticas y el apoyo de los países de América, incluido los EE.UU, iba a hacerse realidad un sueño.
Saludábamos a los soldados que partían hacia el Sur. Le enviábamos toneladas de alimentos, ropa de abrigo, cartas. Hasta se dio un espectáculo por televisión que duró veinticuatro horas donde se recibieron donaciones de dinero y joyas.
Los periódicos y la revista Gente nos informaban de las espectaculares condiciones físicas y anímicas de nuestros muy queridos soldados.
Las negociaciones diplomáticas se iban diluyendo y los ingleses, sin dudarlo un instante, nos enviaron una impresionante flota de guerra.
Los combates aéreos y navales eran tremendos. Gente nos decía, con grandes titulares y fotos, “seguimos ganando” y la televisión estatal nos mostraba las victorias de las fuerzas nacionales.
En toda mi vida fui una sola vez a una manifestación en la Plaza de Mayo. El 10 de abril de 1982. La multitud era impresionante. Familias enteras con sus hijos, con la bandera nacional y banderas de países vecinos gritábamos enardecidos por la patria. Aplaudimos fanáticamente a Galtieri. “Si quieren venir que vengan, les presentaremos batalla”, nos dijo.
Cuando nos hundieron el crucero General Belgrano y murieron 321 tripulantes, nos derrumbamos. Pero seguíamos confiando en nuestras fuerzas.
Los días pasaban y, por supuesto, no se hablaba de otra cosa. Fuimos a jugar un mundial de fútbol (España), los partidos no se suspendían y por los parlantes de los estadios nos daban los comunicados de guerra. Positivos, por supuesto.
Hasta que, a mediados del mes de junio, aparece Galtieri por televisión y nos dice que la batalla había terminado. Así de simple.
La guerra duró 74 días, de los cuales 33 días fueron de intensos combates.
A los soldados los trajeron en barco y los escondieron para que nadie los viera.
Ningún acto de reconocimiento, nada de nada.
Más de 500 ex combatientes se suicidaron. Nadie los ayudó a reponerse de la trágica experiencia vivida.
TOAS
En el conflicto existía una zona delimitada llamada Teatro de Operaciones del Atlántico Sur (TOAS), cuya jurisdicción abarcaba el mar continental argentino y las Islas Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur.
Se otorga carácter jurídico de “ex combatiente de Malvinas” a los oficiales, suboficiales y soldados conscriptos de las Fuerzas Armadas y de Seguridad que hayan participado en ese escenario. A ellos, luego de mucho tiempo, el Estado les reconoció derechos.
Sin embargo, a otro gran número de combatientes, que se encontraban fuera del TOAS, listos para actuar en caso de ser necesario, no le reconocieron, hasta hoy, derecho a compensación alguna.
Muchos de ellos están hace más de siete años instalados en la Plaza de Mayo esperando que alguna autoridad los escuche.
El argumento del Estado es que ellos no intervinieron.
Evidentemente, todo es discutible. Estimado lector, saque usted sus conclusiones.
Para los soldados enterrados en las islas o desaparecidos en el mar, hace treinta y tres años, nuestro eterno homenaje y agradecimiento.
Por Dr. Andrés Rosso, Abogado















