Para muchos es difícil expresar lo que nos pasa, a veces ni siquiera podemos ponerlo en palabras. Más aún si nos suceden cosas que nos atraviesan, nos duelen, como por ejemplo la pérdida de un ser querido.

Suele ser difícil de entender, de procesar, de asimilar.
Para muchas personas con autismo, también. Más difícil aún cuando su manera de ver y procesar el mundo es distinta al común. Más difícil aún porque muchas veces no pueden expresarlo y nosotros, como familia, no llegamos a poder ayudarlos.
Hace unos días, uno de los peces de la familia llamado Luís murió. Como fue en la noche y como tenemos otro pez, lo saqué de la pecera y lo enterré. Al día siguiente, sin llegar a poder avisarle a Toto, mi hijo de 8 años con autismo, él se acercó a la pecera y al darse cuenta de su ausencia, me dice: “Luis no está. ¿Dónde está Luis?”. Le explico con las palabras que me salen que Luis murió, que estaba enfermito. Le mostré donde lo había enterrado. Y en apariencia lo había comprendido todo.
Horas después, la psicopedagoga me avisa que en la sesión de ese día la compañera de Toto, que hace sesión con él, no va a asistir, que le avisé a Toto porque siempre la espera. Cuando le cuento, me dice: “María no está. MARIA SE MURIÓ”. De inmediato, le expliqué que no, que María no había muerto, sino que tenía que hacer un trámite con la mamá y que no podía asistir. En apariencia lo entendió. Pero rápidamente le escribí a la terapeuta contándole la situación para poder hablarlo en la sesión. Estuvo tranquilo como siempre. En apariencia, estaba todo bien.
Al día siguiente, Toto asistió a ver a la psicóloga como todos los viernes. Entró como siempre, pero a diferencia de veces anteriores, su papá no pudo dejar el auto frente al consultorio. Así que aprovechó e hace unos trámites rápidos, sin celular porque se había quedado sin batería.
No habían pasado ni 10 minutos, la psicóloga me llamó diciéndome que Toto estaba súper angustiado (nunca había sucedido) y que no podía consolarlo. Que no podía comunicarse con Horacio. Corté la llamada e intenté comunicarme con él; me daba el contestador. Así que, desde casa, porque yo estaba con Pili, les hago una video llamada. No tengo palabras para describir la angustia que Toto tenía. Me era muy difícil consolarlo, y a él se le hacía difícil poner en palabras su sentir. Aún se me eriza la piel.
Minutos más tarde, llegó Horacio a retirarlo, apenas vio el mensaje y la angustia desapareció.
Cuando llegó a casa, intentando saber qué había pasado, con sus pocas palabras pudimos entenderlo. “PAPÁ NO ESTÁ, PAPÁ MURIÓ”.
Cuánta angustia, mi vida. Cuántas mezclas de sensaciones. Abrazarlo fuerte, pedirle perdón por no poder comprenderlo antes.
Pasada esta situación, y estando todos tranquilo, caímos en la cuenta que pasado el finde, nosotros comenzábamos a trabajar y su hermana comenzaba el CET. Cómo explicarle que, al irnos, no nos morimos. Bien, será para otro escrito. Solo puedo decirles que estuvimos todo el finde pensando estrategias, cómo, de qué manera, etc. Y elegimos la que creímos mejor, pidiendo muy dentro nuestro que sea la mejor estrategia para Toto. Y así fue, a Dios gracias…
De eso se trata nuestra vida, de eso se trata cada desafío en la vida de las personas con autismo. Por eso, siempre como familia, intentamos estar un paso adelante. Intentando con defectos y virtudes tomar su mano en cada desafío, y juntos superarlo. No es fácil, pero con amor, respeto y empatía todo es posible.
Por eso hablamos de autismo. Por eso este espacio existe. Porque mucho depende de las personas que los rodeamos…. Y porque sé con toda mi alma que un mundo en el que quepan todos los mundos es posible si todos ponemos nuestra parte. Yo hablo de autismo, yo empatizo con el autismo. Yo tomo la mano de mis hijos en cada desafío en intento acompañarlos… ¿y vos?















