Es al revés. El mundo es el que no está preparado. La raza es la que está a contramano. No son ellos. Si no, no se entiende por qué la palabra “inclusión” es usada por estos y aquellos y se pone de moda y es todo un trabajo convencer.
Si tan sólo miraran qué hay del otro lado. Personas supuestamente discapacitadas o con capacidades especiales o con Trastornos del Espectro Autista, Síndrome de Down, Asperger, etc. y etc.
¿Sabes qué hay? Hay un abrazo impresionante como si desde el fondo del alma surgiera el mismísimo Dios y te abrazara. Hay una sonrisa que no miente.
Y no miente la lágrima. La alegría no miente. No miente la mirada.
El descontento no se mide ni las formas. La vida es una estrella deslumbrante. Hay chispa en el reencuentro. Siempre es una bendición compartir un momento, un asombro.
¿Sabés cuándo duele? Cuando miramos el mundo de mierda que les dejamos. Cruel, capaz de juzgarlos, lleno de individualismo, de frialdad, tan lejos de la solidaridad que acerca, tan a contramano del valor de lo comunitario.
Por eso hay que meter la palabra “inclusión”, hay que “integrar”. Porque esta matriz exacerbada expulsa a los vulnerados, los deja afuera. Y se profundiza cada vez más.
Música, poesía, teatro y murga. Cultura. Túneles de aire, caminos de arena.
Siempre es cultural la cosa.
















