Hace exactamente diez años se sancionaba en nuestro país la Ley de Educación Nacional (Nro. 20.206). Esta ley traería la inversión más importante en educación de los últimos años y una creciente y gradual mejora de la educación argentina.
¿Qué traía de nuevo? ¿Qué incidencia tendría en la vida cotidiana de cada uno de nosotros? Eso no lo sabíamos aún el 14 de diciembre de 2006. Sí sabíamos cómo había sido el proceso para su elaboración, porque un amplio sector de la sociedad vinculado con los temas educativos fuimos invitados a participar para pensarla, discutirla, construirla. Escuelas, docentes, directivos, jóvenes, organizaciones sindicales, sociales, políticas y religiosas, universidades y distintas expresiones del ámbito académico nos sentimos parte. La construcción de la Ley fue un ejemplo de real y efectiva democratización de la discusión sobre la educación que queríamos para nuestros hijos, para nuestro país.
La Ley de Educación Nacional (LEN) inició una nueva etapa en la educación argentina. Había que salir de la crisis producto del desfinanciamiento educativo y de los efectos de las anteriores políticas educativas que desmembraron la educación nacional, fragmentándola en 24 pedazos, cada cual con sus propias políticas, propuestas y recursos. El resultado era, allá por el 2003, un conglomerado de provincias haciendo cada una lo que podía, de acuerdo a lo que tenía.
La LEN recuperó el punto de partida de cada jurisdicción, tomó los aportes de los distintos actores y sectores vinculados con la educación y proclamó a la educación como un derecho personal y social, garantizado por el Estado. La discusión acerca de si la educación era un servicio o una mercancía quedó de este modo saldada: educación de calidad para una sociedad más justa.
La LEN asumió el direccionamiento de las políticas educativas para todo el país, respetando y trabajando día a día con los 24 Ministerios de Educación en una construcción de profundo diálogo y debate en el ámbito del Consejo Federal de Educación. De allí surgirían los acuerdos federales que rigen la educación de nuestro país y que andamiaron la garantía de ese derecho para todos.
La LEN reorganizó, además, la estructura del sistema educativo reconstruyendo la unidad del sistema educativo nacional. Uno de sus aspectos más importantes fue la ampliación de los años de educación obligatoria. Pasamos de tener 9 años a 14 años de educación obligatoria, en el 2014. La educación inicial se hizo obligatoria a partir de los 4 años, como así también la escuela secundaria. De este modo, casi 500.000 jóvenes que estaban fuera del sistema educativo volvieron a las escuelas. Esos mismos jóvenes que se juntaban en las esquinas, sin poder estudiar o trabajar, encontraron en la escuela su posibilidad de proyectarse y progresar. Sabemos que no fue magia, sino el desarrollo y la articulación de políticas y programas que contribuyeron a hacerlo posible.
El extraordinario aumento del presupuesto para educación, la mejora de las condiciones de trabajo docente, de infraestructura y de equipamiento de las escuelas, junto con el crecimiento de la prosperidad de la sociedad en su conjunto fueron los pilares para alentar las mejoras y los cambios.
La educación dejó de ser el sueño de unos pocos para convertirse en el derecho de todos: los más pequeños, los adolescentes y también los jóvenes y adultos que hasta hoy no habían tenido la posibilidad de estudiar. Todas y todos fueron protagonistas de la vuelta a la escuela.
La escuela argentina pasó de ser el centro de atención de las calamidades sociales a ser un espacio cultural y educativo con bibliotecas llenas de libros, computadoras para aprender y jugar, maestros y profesores en formación permanente, laboratorios de ciencias, nuevos edificios, canales de televisión para seguir aprendiendo en casa. Pero, como el derecho a la educación no culmina con la escuela obligatoria, nacieron decenas de universidades públicas en los lugares más alejados y populosos. La quimera del ascenso social a partir de la educación, se propagó en las comunidades más humildes, y las nuevas universidades se llenaron de pueblo, tecnología y ciencia.
Así fue: la ley – ambiciosa en sus objetivos y utópica en el horizonte que nos proponía- fue haciéndose realidad, a partir de la decisión del gobierno nacional de destinar los recursos necesarios y de desarrollar un conjunto de políticas educativas que mejoraran gradual, pero sustancialmente la calidad de la educación. ¿Cómo? Con el compromiso de sus principales responsables: las escuelas, los directivos, los docentes. Es decir, el Estado.
La escuela debió mirarse a sí misma para iniciar el proceso de cambio y transformación que requirió la educación de tantas personas, antes invisibilizadas, inexistentes para un sistema educativo que había sido pensado para unos pocos. El mandato de inclusión marcó este período de desarrollo educativo – cultural y la escuela abrió sus puertas para que todos puedan estar adentro, aprendiendo.
Frente a lo heredado, el actual gobierno de Mauricio Macri inició un proceso de vaciamiento y cierre de la mayoría de las políticas mencionadas. Desguazó los programas del Ministerio de Educación de la Nación – devenido Ministerio de Educación y Deportes- transfiriendo a las provincias algunos de ellos y clausurando otros, sin más.
La “revolución educativa” que Cambiemos prometió en campaña ha sido hasta aquí un discurso conservador, alejado de la idea de ampliación de derechos y rayano con la más vetusta meritocracia. Los derechos fueron reemplazados por el mercantilismo más acérrimo, transfiriendo deberes indelegables del Estado a empresas y ONGs de dudosos objetivos. Sin tapujos ni vergüenza por este violento retroceso, se inundan los medios de comunicación y los ámbitos educativos con la engañosa panacea de las neurociencias, que promete salvar a los pobres de su peor pobreza, aunque nadie sabe decir cómo.
A 10 años de la sanción de esta ley justa, el Gobierno actual le hace su primera embestida: transferir los canales educativos (creados por la LEN) Encuentro y Pakapaka al Sistema Federal de Medios Públicos, dependiente de la Jefatura de Gabinete. Es decir, comercializar y banalizar los contenidos pedagógicos, transformarlos en objetos de consumo. Así, lo que surgiera como un derecho y con la filosofía de nutrir de conocimientos, saberes científicos, expresiones artísticas y culturales a las instituciones educativas y a los hogares de todo el país, pasará al baúl de los mejores recuerdos de felicidad de millones de chicos que – creciendo y aprendiendo – los disfrutaron.
Como si esto fuera poco, los resultados de las pruebas internacionales PISA, (exageradamente valoradas por el actual gobierno) estuvieron en todas las marquesinas durante años, hasta hace una semana. Los resultados de PISA 2015 muestran un mejoramiento sustantivo en los aprendizajes de miles de estudiantes de 15 años de todo el país. No queriendo admitir estos avances en la educación argentina, el gobierno actual los oculta, bajo sospecha de “errores técnicos”. Una estafa, es poco.
Ideas, propuestas, políticas educativas: ausentes. Menos Estado (menos gasto público), menos derechos, más desprotección, menos justicia social. Así estamos.
La Ley de Educación Nacional nos trazó un camino. Mucho se hizo hasta el 2015; mucho quedó también por hacer. Sin embargo, no podemos dejar de celebrar los avances logrados que se traducen en millones de chicas y chicos en la escuela, con miles de docentes que supieron volver a enseñar. Hay muchas historias de vida y de escuelas que así lo comprueban.
Si honramos la historia y la búsqueda interminable de felicidad para nuestro pueblo, sabremos defenderla, sin bajar los brazos, y seguiremos trabajando, desde las escuelas, las universidades, los institutos de formación docente, las organizaciones sociales, políticas y sindicales, para formar a las personas capaces de forjar el sueño de la patria justa, libre y soberana.
por Lizzie Wanger
(Licenciada en Educación, Directora de la Licenciatura en Educación de la Universidad Nacional de Hurlingham, Ex Coordinadora Pedagógica del Programa Nacional de Formación Permanente “Nuestra Escuela”)
















