Dos grandes

por Jorge Gerardo Rossini

Una de las pocas cosas que me marcaron desde mi infancia fue darme cuenta lo grande que era mi viejo, casi fanático de San Lorenzo de Almagro, tenía la ilusión de que yo lo acompañara en su pasión por los colores azulgrana; pero mi tío del alma, con quien compartíamos la misma casa, un día me llevó a la cancha de Chacarita.

Él había sido jugador funebrero, por eso entrábamos y recorríamos todos los espacios sin ningún problema. Al contrario, lo paraban y abrazaban en reconocimiento de su trayectoria en el club. Uno de esos lugares a los que fuimos fue los vestuarios, donde estaban los jugadores ya preparándose para salir a la cancha. Mi emoción era tal que a partir de ese momento no solo me entró por los ojos sino que se instaló en mi alma la camiseta tricolor, y fue ahí que mi decisión fue tomada. El tema era hablarlo con el viejo, decirle que íbamos a tener pasiones cruzadas… cuando digo que el viejo era un grande, era un grande de verdad, grande de alma, grande de corazón, grande como compañero y amigo y grande como padre, fundamentalmente. Entendió el porqué de mi pasión funebrera y dejó que mi corazón se tiñera de blanco, negro y rojo.

Entonces ya en la adolescencia repartíamos nuestras salidas dominicales juntos, alternando los partidos de San Lorenzo y Chacarita. Luego se sucederían las cargadas obligadas a la terminación de cada partido hacia uno u otro equipo.

Recuerdo que corrían los primeros meses del año 1969 y empezaba el evento deportivo más importante: el Campeonato Metropolitano de Fútbol de la República Argentina. Estaba compuesto de dos zonas: A y B con los equipos de Boca, River, Racing, Independiente, San Lorenzo, Huracán, Vélez y el resto del pelotón donde casi pasaba desapercibido mi querido Chacarita. El comienzo del campeonato fue como siempre para nosotros, nacidos para el sufrimiento y algunos lagrimones, hasta que, no recuerdo bien si fue en la tercera o cuarta fecha que perdimos un partido por una goleada muy abultada, fue un golpe tan fuerte y bajo que nos dolió a todos, a los jugadores, cuerpo técnico y a nosotros en los tablones. Pero siempre dicen que de las caídas uno aprende a levantarse y empezar a andar más firme; bueno, eso fue lo que le pasó a Chacarita, a partir de ahí empezaron los triunfos y algún que otro empate con sabor a victoria, siempre tratando de jugar al fútbol en equipo, porque eso era: un equipo.

Llegamos a la instancia final donde el primero de cada zona jugaba la semifinal con el segundo de la otra y los ganadores de esos dos encuentros se encontrarían en la final, ese cuadrangular estaba formado por Boca vs River y Racing (el primer equipo Argentino en salir campeón mundial de clubes) vs mi Chacarita querido… River eliminó a Boca y Chacarita, con un gol casi al final del partido, venció al poderoso Racing 1 a 0… de ahí a la gran final programada para el día 6 de julio. Para nosotros la gloria ya se había cumplido, estar en la final del campeonato y nada menos que contra River Plate.

Dos días antes de ese importante partido, o sea el 4 de julio, fue mi cumpleaños número 16, me daba por satisfecho con el regalo de ir a la cancha para ver el partido, y así fue como mi viejo, mi tío del alma, su hermano y yo partimos a la cancha de Racing donde iba a ser el evento. Llegamos temprano a la tribuna parte inferior ocupada en su totalidad por los hinchas de Chaca y en el cilindro superior toda la parcialidad riverplatense, muy coloridas ambas hinchadas. River necesitaba ganar un campeonato que hacía varios años que se les negaba, y para nosotros era tocar el cielo con las manos, se rumoreaba que los títulos de los diarios ya estaban adelantados con la estampa de RIVER CAMPEÓN, pero en realidad faltaban los 90 minutos por jugar.

La sensación que nos embargaba era increíble. Mi viejo ese día tenía el pecho pintado de tricolor, dejando por un instante a su San Lorenzo; la fiesta era tricolor, yo tenía mi bandera flameando y alentando al mismo tiempo. Empezó el partido y con el correr de los minutos se empezó a divisar el fútbol de Chacarita, hasta que llegó nuestro primer gol, fue increíble; luego llegó un gol de River, parecía que la tribuna superior se nos caía encima; siguió el encuentro y vino nuestro segundo gol; y luego el tercero y por último la maravilla del cuarto gol, para cerrar totalmente las chances de River, cuyo simpatizantes casi en tu totalidad se habían retirado del estadio prendiendo fuego a los papelitos dispersos en la tribuna (como una metáfora de que se les había quemado la oportunidad del campeonato). Sin embargo, en la tribuna inferior apagábamos ese fuego con las lágrimas de alegría al ganar la final y salir CAMPEONES METROPOLITANOS 1969. Había que parar las rotativas y cambiar el título de todos los diarios y revistas deportivas por el de CHACARITA CAMPEÓN.

Creo que realmente todos los hinchas que estábamos ahí tocamos el cielo con las manos… el abrazo interminable, emotivo y fraternal con mi viejo me durará hasta la eternidad, me acompañaría en las buenas y mucho más en las malas, principalmente desde que él ya no está físicamente en este mundo.

Volviendo al abrazo… otro grande aparecía en mi vida, era GRANDE CHACA, los tenía a los dos grandes juntos en ese inolvidable momento, mi viejo y Chaca, inseparables de mi corazón.

La historia no termina todavía. Al otro día, después de haberme comprado y leído todos los diarios y revistas deportivas, era el momento de ir a clases. Salí hacia el colegio (cursaba tercer año bachiller) con la vestimenta impecable de la época: pantalón gris, bléiser azul con camisa y corbata, además del pelo corto y/o engominado, pero con la particularidad de llevar sobre mis hombros la bandera que la tarde anterior flameaba en la tribuna. Al ingresar, y a pocos metros en el patio principal del colegio, me paró el vicerrector y, con la estampa de autoritario propia de su puesto educacional, me dijo:

–Perdón, señor, ¿a dónde cree que va usted con esa bandera?

Yo, tratando de minimizar y poniendo un poco de ingenuidad a la situación, le respondí:

–Al aula, señor.

Entonces, él me recalcó:

–Usted no puede ingresar así al establecimiento.

Tratando de seguir con mi estrategia le respondí:

–Pero, vice, creo que va a ser la única vez en mi vida que voy a poder disfrutar de este momento.

Deben haber pasaron cuatro o cinco segundos cruciales en los cuales toqué la zona humanitaria del vice.

–Está bien, en una de esas tenés razón, pasá nomás al aula –me dijo.

Ese día colgué la bandera de CHACA al lado del pizarrón, en el curso de tercero segunda turno tarde del Colegio Nacional de Morón, y por un instante me dio la sensación de que toda el aula era de Chacarita, todos mis compañeros se hicieron eco de mi profunda alegría.

Dos días después era el cumpleaños de nuestra Patria y el de mi viejo también, esta vez los festejos tenían un aditamento mayor: Chaca había salido Campeón. Quiero resaltar que en esos cinco días del mes de julio de 1969, mi vida cambió fundamentalmente, la adolescencia había hecho en mí un giro inesperado, empecé a ver la vida con más alegría. Parece poca cosa que un partido de fútbol modifique esa situación pero ahí empecé a respetar a los dos grandes.

Espero que la mentira piadosa que le dije al vicerrector del cole no se convierta en realidad, todavía espero que Chaca vuelva a salir campeón, pero que se apure porque ya los años me están pesando, ya no voy a poder saltar en la tribuna como lo hice cuando tenía dieciséis años.

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