“El mejor premio para un padre es criar a sus hijos y verlos caminar la vida”

En esta entrevista a Raúl Pintos, padre de Ariel, Andrés y Abel – en ese orden por llegada al mundo –, va nuestro homenaje a los que nos precedieron en el camino de la vida.

Quizás sea la familia nuestro primer, último y más seguro refugio. Quizás sea el árbol al que todos recurrimos para abrazarnos en sus ramas, la tarde de mates en silencio frente a frente, las peleas eternas por nada, la ausencia que hiere dulcemente, las canciones bañadas con agua salada. Sea lo que sea para cada quien, dicen que antes de morir tendremos un último recuerdo para nuestros padres y madres, esencia profunda de genes marcando nuestra existencia.
Raúl Ángel Pintos, para los amigos ‘Pocho’ (apodo que recibió por su manera de saludar parecida a la del General Perón) es el protagonista de esta historia. Empieza así: mamá Susana y papá Raúl tuvieron tres hijos varones. Crecieron todos en Médanos, un pueblo al sur de Bahía Blanca, lugar al que se mudaron más tarde.

“A mí siempre me gustó la música. Llegaba del banco y agarraba la guitarra y me ponía a cantar. Era mi terapia. Más que nada lo escuchaba a Abel. Una tarde, afiné la guitarra y le dije que empezara. Cantó como si hubiéramos tocado toda la vida juntos. Cuando entró en el coro de la cooperativa, le pusimos un profesor porque el director nos decía que tenía una voz especial”, Pocho comienza a destejar la madeja del tiempo.

De a poco, el más pequeño de los Pintos, comenzó a presentarse en distintos eventos junto a Ariel, su hermano y compañero en la guitarra. En Ingeniero White, cuando tenía once años, cantó por primera vez ante un público de 5.000 personas.

“El traslado hacia Morón fue consecuencia de habernos puesto en manos de una productora de Buenos Aires. El contacto vino de la mano de Raúl Lavié (había escuchado un demo de Abel), quien a su vez nos conectó con esa productora cuyo único artista era León Gieco, que produce el primer disco”, nos cuenta Raúl y enumera los hitos que convirtieron a su hijo, Abel Pintos, en un referente de la cultura folclórica, “ahí comenzó todo.”

León le cedió 20 minutos de su tiempo en Cosquín. El primer tema que comenzó a cantar esa noche arrancó sin sonido. Abel no se intimidó, cantó a capella. “La gente pedía silencio. Ahí lo adoptaron”, añade Raúl. Más tarde, en el año 2008, lo consagran cantando El antigal.

“Sus dos mejores momentos de Cosquín fueron cuando empezó y cuando cantó El antigal. Si tengo que resumir su carrera en momentos bisagra fueron Viña del Mar, Cosquín y Sueño dorado.”

Acompañar el camino, la tarea del padre.

“Cuando alguno de sus hijos tiene vocación por algo, uno trata de guiarlos, informarlos; las decisiones que han tomado siempre fueron una mejor que otra. Siempre por un camino en el que sobresale el amor por el trabajo, el respeto, la responsabilidad y sobre todo mucho profesionalismo”, resume Pocho. “Este año Abel cumple 20 años con la música y siempre fue así. Siempre tuvo esa actitud desinhibida, nunca se sintió un chico diferente.”

En la tarde, los pájaros silban su canción. Raúl habla pausado, sereno, con la convicción del hombre que ha marcado un sendero.

“Entiendo que los hijos son como las aves: cuando aprenden a volar es incierto el lugar a dónde terminarán y así como el ave padre no está siguiéndolos, así nos sucede a nosotros. Cada cual busca su destino, su derrotero, su forma de vida, con quién estar, a dónde estar, cómo estar. Ése es mi orgullo más allá de la trascendencia que puede llegar a tener. Estoy con mis tres hijos en un mismo nivel de ponderación porque han logrado todo lo que tienen haciendo lo que aman. No dependió de lo que hicimos Susana y yo, eso lo construyeron ellos”, desliza henchido de amor.

Raúl confiesa que nunca asumió lo de Abel y Ariel.

“Me emociona, por supuesto. Cada show siento lo mismo que la primera vez; ver a la gente, su reacción, en más de una oportunidad he terminado llorando. El mayor capital que nos queda después de 20 años es la relación con la gente; llegar a un lugar y saber que nos conocen, nos paran, se sacan fotos conmigo. Yo no he hecho nada, simplemente he acompañado a los chicos, siempre abajo del escenario; subo cuando Abel me invita a tocar algo con él, generalmente Zamba para no morir, la zamba que tocábamos cuando yo volvía a casa después de trabajar.”

En la última presentación en Buenos Aires, en el Luna Park, cuando Raúl caminaba por los pasillos (Abel derivó en su padre la responsabilidad del merchandising: remeras, camperas, llaveros), antes de que comenzara el show, escuchaba cómo coreaban su nombre.

“Yo hoy me levanté pensando en lo que tenía que hacer; por supuesto, en mi familia, en los chicos, en cómo estarán, y me acuesto rogando que estén bien pero durante el día estoy inmerso en mis cosas, rodeado de cajas, con despacho para todo el país”, Raúl tiene una empresa dedicada a la venta de precintos de nylon, cosas de electricidad e iluminación. “Tengo cuatro empleadas, una de ellas es mi nieta Agustina. Está Selene que es mi secretaria, la mamá de ella que me hace los trámites bancarios y administrativos, y Gaby que maneja la parte de discos, remeras y camperas. Esto es mi vida.”

La historia va finalizando así. Raúl tenía alrededor de 10 años. Escuchaba el Festival de Cosquín por Splendid, en una radio eléctrica a lámpara y en onda corta. También él fue creciendo y remontando vuelo. También cantó folclore, tuvo dos o tres bandas, participó en los coros de la iglesia y la escuela, en los actos. Lo cierto es que todos los veranos, cuando escuchaba la radio e imaginaba Cosquín rebalsando de gentes, se preguntaba qué sentiría en el momento de subir al escenario Figueroa Reyes, por ejemplo. Muchos años después, pudo sentirlo en su propia piel, de la mano de sus hijos.

“Estábamos en el escenario y de repente lo anunciaron a Abel. Ahí sentí que estaba en el aire. La gente se paró a aplaudir, no lo podía creer. Al otro fin de semana volvimos a cerrar el festival… muy emocionante todo, inesperado. Esa primera noche, cuando bajamos del escenario, miré al cielo y dije: ‘Señor, a partir de ahora todo está en tus manos, todo lo que venga es regalo.’»

Raúl Ángel Pintos es un hombre feliz.

“Tengo tres hijos hermosos que hacen lo que ellos quieren y me parece que es el mejor premio para un padre: criar a sus hijos y verlos caminar la vida con los suyos. Es lo que todos soñamos. Nada se logra sin esfuerzo. Tengo cinco nietas divinas. Esto es lo que nos ha deparado la vida. La mejor manera de manejarlo es no creértela: no creerte padre de nadie, no creerte dueño de nadie, no creerte dueño de nada y tener siempre ese sueño de hacer algo nuevo mañana, poder hacerlo y después que la vida y la gente decidan.”

por Noelia Venier

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