La intérprete, que vivió en distintas ciudades del Conurbano, incluyendo Haedo, y su maravilloso universo musical.
Decía Atahualpa Yupanqui que la música es una de las cosas que puede salvar al mundo, “porque un hombre que busca y encuentra y se solaza horas y días y años y años luz, a través de generaciones, con la belleza, ¿qué otra cosa puede querer que un mundo mejor?”. Durante cientos de años, los hombres y las mujeres nos encontramos en la música. Con nosotros mismos y con otros. En este infinito peregrinaje de la humanidad, la música fue, es y será el punto de comunión. Así también lo cree Soema Montenegro, una trotamundos que con su música deja estela brillante por donde pasa.
“Creo que el trabajo con la voz, la búsqueda corporal, las emociones, hizo que me fuera encontrando a nivel compositivo y personal y con mi nombre. Mis ancestros son guaraníes, las distintas aldeas que conforman el pueblo guaraní tienen dialectos, en uno de esos dialectos Soema significa ‘destello, relámpago’.”
Nació en Capital. Sus padres, ambos del litoral. Infancia entre las calles de González Catán y la selva, el río, el monte, las mariposas gigantes de la insondable Misiones. Los sonidos, los olores, el silencio ensordecedor de las cataratas. El mundo que la fue rodeando.
“La vida para mis abuelos era muy dura, eran yerbateros. En la época de cosecha todos trabajaban sólo para sostener la casa. No tenían posibilidad de comprarse nada. Ése fue uno de los motivos por los cuales se vinieron en la adolescencia. Cuando era chica me preguntaba por qué se habían ido de ese maravilloso lugar.”
– ¿Cuánto influyeron en tu música las raíces familiares?
– Las historias que mi abuela y mis tíos contaban pertenecían a un mundo fantástico para mí. Los guaraníes tienen un mundo espiritual muy grande y mi abuela lo fue transmitiendo a su manera ya que desconocía eso de sí misma. En todos los pueblos originarios las líneas se van perdiendo porque tuvieron que separarse y sobrevivir, esconder la lengua y los rasgos lo más que se pudiera. Lo positivo es que ahora hay mucha gente que fue buscando esas raíces. Es muy fuerte la sangre, lo que se rebela por sí mismo. Es como querer tapar brotes, siempre van a seguir saliendo.
– La música es algo que te atraviesa…
– Mi vida fue normal hasta un día en particular: tenía 11 años y llegó a la escuela del barrio, González Catán, una profe de música. Se paró delante de la clase, puso el pie en el banco y con la guitarra se puso a cantar la Chacarera de los gatos de María Elena Walsh y yo aluciné porque no entendía cómo alguien podía cantar y tocar la guitarra al mismo tiempo. La música me tocó, me encontró. El mundo de los sonidos me tomó.
– ¿Y cómo fue el camino del estudio?
– Se fue despertando en la niñez y luego uno va eligiendo. Estudiando composición más formalmente en el conservatorio de Morón durante 12 años. Eso en el ámbito académico. A la tarde iba a talleres de música popular. Estudié canto con Iris Guiñazú, Patricia Graetzer. Cuando tenía 24 años tuve un grupo de improvisación vocal, trabajábamos mucho con los sonidos, con la investigación, hacíamos encuentros con otros estudiantes, fue un momento de mucho aprendizaje.
Llegada del primer disco en 2008, Uno Una Uno. Lo grabó con Noseso Records. Zelmar Garin, su fundador, la impulsó para que lo hiciera. Después vinieron los otros. El segundo disco es Passionaria, editado en el 2011, por Jorge Sottile (compañero de vida de Soema además de productor) junto con Juanito el Cantor, grabado en Argentina con Aqua Records y en Estados Unidos con un sello que se llama Western Vinyl.
“Mi primer disco, por esas conexiones del destino, llegó a manos de Vincent Moon, una eminencia del retrato documental, uno de los creadores en realidad. Le gustó, un día me escribió, me dijo que iba a venir a Buenos Aires y que le gustaría hacer un video con mi música. De ahí se fue a Estados Unidos, se lo mostró a gente de ahí, y así editaron el disco. Tocamos en festivales en París, Nueva York, en ciudades de Suiza, Marruecos, Portugal, Polonia, en donde el disco había repercutido. Para mí fue una alucinación. Estábamos haciendo nuestra música, que no es comercial, y a la gente le gustaba.”
– ¿Te sentís igual de valorada en nuestro país?
– En Argentina se abrieron un montón de espacios en estos últimos años dedicados a la música, la poesía, el teatro, no sólo en Capital Federal sino en las provincias. Hubo incentivos para viajar al interior del país. Me siento contenta porque muchas colegas que admiro me tienen en cuenta. Un par de veces me invitó Charo Bogarin de Tonolec, este verano me fui de gira con Roxana Carabajal, fui a tocar a Córdoba con Vivi Bocegón. Fui parte del proyecto Se trata de nosotras, un colectivo de mujeres de poesía y música, estuvimos tocando en Córdoba, Mendoza, Río Negro, Tucumán.
Ave del cielo, su tercer disco, salió a fines del 2014.
“Estaba por nacer Amaru. Hicimos la presentación del disco en octubre y todo el 2015 estuvimos presentándolo. Este disco es diferente. Trabajamos con una banda. Somos cuarteto o quinteto y fue creciendo el proyecto y empezó a tener esa forma. Ya el año pasado nos presentamos como Soema Montenegro y El Conjuro. Jorge es el arreglador y un poco dirige; Eduardo Herrera toca la guitarra y el acordeón; Facundo Soto, el contrabajo; y Mariano Gamba, los vientos.”
El pasado sábado 7 de mayo, Café Vinilo se tiñó del color de la voz de Soema.
“Nunca habíamos tocado trasnoche, estuvo muy bueno el concierto, fue mucha gente a escucharnos, eso es el índice de que les interesa lo que hacemos, más allá de que estamos atravesando un momento crítico a nivel social, con muchos aumentos, despidos. La realidad de lo que valen las cosas no tienen que ver con la realidad de lo que se gana, eso nos influye porque ir a ver un concierto no es imprescindible; imprescindible es ponerle un plato de comida a tus hijos.”
Los sonidos de la tierra profunda cobran vida en los discos de Soema Montenegro, una viajera que con su música y su voz poética hace nacer paisajes ancestrales y libera sonidos de la Tierra, los mezcla con la musicalidad de la selva y la ciudad, y la naturaleza y lo urbano se conjugan y Latinoamérica está más viva que nunca.















