Juan Rodríguez estudia Licenciatura en Periodismo en la Universidad de Morón. Desde hace unos meses sufre el mal de estos tiempos: está desempleado.

El año empezó mal para Juan porque la situación del país no le es ajena. Juan, que trabajaba desde los 18 años en Carraro en Haedo, ya imaginaba lo que le esperaba en el futuro cercano: a la fábrica, que se encuentra en el parque industrial Deca, se le complicó la producción de autopartes para tractores, ejes y transmisiones para maquinaria agrícola porque los clientes le quieren pagar a un dólar menor. Entonces, desde Italia llegó la orden de cerrar. El director de la empresa pidió por lo menos hasta marzo del año que viene para ver qué pasa con el nuevo presidente de Brasil (su principal cliente) y ver si hay una reactivación. Sin embargo a Juan, que trabajaba en la línea de montaje desde hace 11 años y 8 meses, lo echaron sin muchas explicaciones.
“Es algo familiar la fábrica porque mi papá trabajó 42 años ahí. La primera vez que entré tenía 5. A los 12 años le dije a mi mamá que me anotara en una escuela técnica.”
“En esta oportunidad, también despidieron a 58 compañeros. No fue una decisión difícil para ellos. Hay casos peores que el mío. A un compañero que tiene la mujer embarazada, lo despidieron; otro compañero perdió a su hijo discapacitado hace dos meses y también lo echaron; gente de 60 años a punto de jubilarse… En el 2016 echaron hasta veteranos de Malvinas. Yo ya me lo imaginaba. Era sentarse a esperar el telegrama. Es una empresa que no tiene sensibilidad social”, asegura Juan quien es diabético y en el 2015 tuvo un accidente. “Yendo a trabajar me chocó un auto, yo iba en moto, estuve más de dos años inactivo. Ahora tengo una discapacidad en la pierna, por mi oficio que es físico, porque trabajar en una fábrica requiere esfuerzo, pienso que me va costar mucho que me contraten.”
“A principio de año comencé a sentir incertidumbre, el aumento del dólar, la disminución de las importaciones; saber que la empresa está mal hace que no puedas proyectar mucho… por eso busqué la certidumbre y empecé a estudiar periodismo. Dentro de una fábrica hay muchos rumores, se baja línea, no sabés si intencionalmente o no, empezás a escuchar que pueden llegar a echar gente y te resignás, ves que no hay trabajo y tarde o temprano va a pasar. Después de tantos años lo único que hacés es recordar la carrera que hiciste ahí adentro.”
A Juan siempre le gustó lo social del periodismo pero reconoce que la fábrica era su mundo. “Estoy peleando para continuar. La cuota de la UM tuvo un aumento. A principio de año estaba alrededor de $ 5.000 y ahora, ronda los $ 7.300. Decidí venir a estudiar acá por la comodidad, trabajaba a siete cuadras de distancia. Así que estoy sacando números para poder seguir.”
Vivimos un presente abrumador y planificar, proyectar y soñar parece el destino de pocos. Hay tantos argentinos como Juan buscando trabajo en este momento, tantos como él a los que despiden todos los días, muchos que deben dejar de estudiar porque no tienen los recursos para afrontarlo… Es borroso el presente, confuso. Serán tal vez tiempos de resistir y de no bajar los brazos.















