30 años
El 2 de abril es, en el imaginario colectivo, la fecha que reivindica los derechos de soberanía sobre las islas argentinas usurpadas por los ingleses.
Una guerra, cientos de muertes, soldados rasos y oficiales que entregaron su vida, héroes de la Patria que todo un pueblo llora, aunque durante muchos años fueron usados y olvidados por gobiernos democráticos y dictaduras.
¿Cuántos se suicidaron ya en el continente después de haber sido humillados y escondidos, en un regreso sin gloria y silencioso?
Como una burda estrategia que buscaba perpetuar a los militares en el poder, se llevó adelante esa guerra y se expuso el corazón del pueblo ante el salvaje imperio británico.
Se mintió, se robó, se utilizó la solidaridad de la gente, cientos de jóvenes fueron mandados al matadero, padres de familia, hermanos, amigos, que no dudaron en ofrendar su vida por la causa.
Galtieri, Videla, Massera, Agosti, cobardes miserables que fueron fuertes con los débiles y débiles con los poderosos. Su legado muere con ellos. Infames incapaces de construir dignidad y cultura, vendieron la Patria por 20 monedas de plata, traidores, títeres del miedo.
La historia grande enciende el fuego que ha de cauterizar las heridas de un pueblo libre.
Una revolución de amor, sin armas, una ola gigante y luminosa hecha de miles de pibas y pibes, con poesías y música, con trabajo y respeto, solidarios y de manos tendidas, una torre refulgente donde pasado y futuro se conjuguen en un presente de paz y armonía. Un nuevo paradigma hecho de asombro, que tenga a la felicidad como bandera, al valor comunitario como sendero, sin lugar para los traidores y asesinos, se levanta.

















