“La idea de esto es, además de ayudar, aprender nosotros de los chicos. Nos motivan para el futuro.”
Eduardo Galeano dice que la utopía está en el horizonte y que cuando nos acercamos dos pasos, “ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine nunca la voy a alcanzar. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar.” Noelia, Karen, Janet y Enzo están detrás de esa utopía de la que habla Galeano, caminando sin parar, siguiéndola, en pos del sueño de la inclusión, de la solidaridad; son jóvenes, muy jóvenes, pero le hacen caso a sus inquietudes solidarias y le ponen el hombro a la tarea de llevar adelante un merendero en Morón.
«Primero no sabíamos bien cómo empezar», nos confiesa Karen a la sombra del garaje de la casa en donde funcionaba el merendero hasta hace muy poco, «al principio eran dos mesas; pedimos donaciones de madera, nos dieron una tabla para hacer un pizarrón, un banco. Y arrancamos, con poquitos chicos… entre doce y quince. Después, se sumaron más. El merendero funciona los sábados porque los días de semana todos estudiamos y trabajamos. Siempre hacemos algún juego, después servimos jugo con galletitas. Nos manejamos siempre con donaciones a través de Facebook. La gente se re copa a través de las redes sociales. También, nos ayuda la familia, una panadera de mi barrio que todos los sábados me da las facturas del día anterior. Hace poco organizamos un festival y todavía nos quedan donaciones que trajeron los vecinos.»
El mediodía vacía las calles del barrio; de vez en cuando, mientras charlamos, se asoma alguna cabecita despeinada. Además del merendero, los chicos organizaron también la murga “Soñando Despiertos”.
«La idea surgió cuando nos pusimos a pensar qué íbamos a hacer con la plata que juntáramos en el festival”, cuenta Janet, “con los chicos decidimos los colores: naranja, violeta y blanco. La murga es algo que, hoy por hoy, está hecha para contener a los chicos. A través del armado de canciones, de aprender lo que es la historia de la murga, se concientiza de muchas cosas y se puede trasmitir mucho y aprender mucho de los chicos. Entonces, está bueno desde muchos puntos de vista. Decidimos entre todos que íbamos a comprar los instrumentos, fuimos a Morón y los compramos con la plata recaudada en el festival. Arrancamos a ensayar en el campito acá a la vuelta, ahora pedimos permiso en el asilo de acá del barrio y nos dijeron que sí, que era una distracción para los ancianos. Estamos muy contentos, tirando para adelante.»
Los chicos enfatizan mucho el anhelo que tienen de poder encontrar un lugar porque más allá de ensayar para la murga y de seguir haciendo las actividades del merendero – servir la merienda y hacer juegos -, necesitan un techo.
– ¿Qué necesitan, Noelia? ¿Cómo puede ayudar la gente que lea esta nota y se conmueva con lo que ustedes hacen?
– Necesitamos un espacio. Estamos juntando plata para comprar la tela para hacer los trajes de la murga. Siempre necesitamos galletitas. Si nos dan alimentos, les damos una bolsita a los chicos para que se lleven a su casa. Nuestra idea es que, además de ayudar, aprendamos nosotros también de los chicos. Nos motivan para el futuro. La respuesta del barrio es positiva: las madres se suman, los chicos venden rifas por su cuenta para tener los trajes.
En el grupo también están Nina, que se viene desde San Miguel, y Enzo, de tan sólo 16 años, quien agrega que durante la semana tienen una reunión organizativa, “ahí es dónde decidimos qué vamos a hacer para que se sume más gente. ¡Cuánto más seamos, mejor!”
Noelia y Janet, ambas estudiantes de Ciencias de la Educación – en la UBA -; Karen está haciendo el CBC para ingresar a la carrera de Asistente Social; Enzo, el más pequeño, sigue en la secundaria todavía: todos ellos se unieron para timonear este barco y llegar a buen puerto, sorteando la falta de tiempo, los problemas personales, las propias carencias…
«Lo que nos tiene mal”, confiesa Janet abriendo su corazón, “es la falta de un espacio físico. El tema por el cual el merendero dejó de funcionar acá es que el dueño de la casa es mi papá; él dejó de vivir mucho tiempo en esta casa por una situación de violencia de género. La justicia lo apaña porque él es el propietario. Él se puso un abogado pago, nosotros tenemos un abogado del Estado y lo dejaron volver. Ahora está tranquilo, porque sabe que no puede hacer nada. ¡Acota todas las posibilidades! Mi mamá estaba re contenta con el tema del merendero, más allá de que el espacio es reducido, lo que tenemos lo tratamos de explotar y de ofrecer a los demás. Tranquilamente podríamos hacerlo igual porque no se merece que le demos el gusto pero sería una situación horrible, tensa. No es lo que nosotros le queremos transmitir a los chicos. Tenemos que dar un paso al costado y seguir luchándola.»
El presente se muestra brillante cuando un puñado de chicos de apenas 20 años se une para ayudar al que más lo necesita; el futuro es promisorio, entonces, si en cada barrio, en rincones escondidos surcados por venas de barro, existen estos pequeños tesoros que no se miran el ombligo, sino que ponen en acción y ejecutan la solidaridad como forma de vida.
por Noelia Venier















