Cecilia Zabala es guitarrista y cantautora. Ahora vive en Capital pero hace eje siempre en Ramos Mejía porque no deja de ser parte del barrio que la vio crecer.
Hoy aquí; mañana en otro lado. Nos mecemos al compás de la vida y nos dejamos llevar como papeles en el viento. Música aquí, luego más lejos. El barrio ve crecer a aquellos que tarde o temprano serán representantes de veredas y calles; aquellos que dirán con orgullo “hay cosas que no se olvidan”. Como por ejemplo Cecilia quien a pesar de que no vivir más en el Oeste no deja de sentirse parte.
“Son esas cosas que se llevan como una marca”, dice. “Mis padres siguen viviendo en Ramos Mejía y yo doy clases en la Escuela de Arte Leopoldo Marechal (que queda en Isidro Casanova) y en el Conservatorio de Morón, así que voy por lo menos dos o tres veces por semana.”
Lo que más extraña es tocar asiduamente en la zona. Su último concierto por estos lares fue en el Teatro de Morón en el 2009, cuando presentó su segundo disco Pendiente.
“Haber crecido en un barrio es una de las influencias posibles en mi música, como también lo son las conexiones sanguíneas familiares, las músicas escuchadas o los viajes. A pesar de que en las canciones no hablo directamente de ello, siempre hay imágenes que se refieren al barrio, a la infancia, a la mirada cándida y libre de la niñez, al haber crecido jugando en patios y veredas”, desliza.
Cecilia comenzó a vincularse con la música desde muy pequeña. Sus padres todavía conservan unos casetes grabados donde canta canciones infantiles, incluso el tango Caminito con una letra inventada a los dos años de edad.
“A los seis fui a estudiar guitarra con un profesor del barrio, y a los ocho comencé a cantar en un coro de la parroquia. Con el coro hacíamos conciertos en todo tipo de lugares. Ahí tuve las primeras oportunidades de tocar y cantar en vivo. Sinceramente no recuerdo ningún momento de mi vida sin música. No puedo imaginarme sin ella. Me acompañó siempre, en los juegos, en las alegrías y tristezas, en el crecimiento personal y espiritual. Es mi arma perfecta de emoción y comunicación.”
La formación musical, además de venir de la mano del profesor del barrio y del coro, durante la adolescencia estuvo relacionada con revistas de canciones.
“Solía divertirme cantando temas de The Police por ejemplo”, recuerda. “Cuando a los quince años descubrí que la música era mi vocación comencé a estudiar guitarra clásica en el Conservatorio de Morón.”
Reconoce que tuvo la suerte de tener profesores abiertos que la convidaron a estudiar con maestros fuera de la institución: guitarristas como Eduardo Isaac o Eduardo Fernández; laudistas como Eduardo Eguez o Dolores Costollas. Ellos le dieron un panorama más amplio de lo que podía llegar a ser una carrera musical.
“Por otro lado siempre estuve ligada a la música popular argentina y latinoamericana, a la armonía, la composición e improvisación. En ese plano estudié con Quique Sinesi, Marcelo Moguilevsky, Juan Falú. Con respecto al canto, el camino fue más intuitivo y la formación comenzó más de grande, hace unos diez años y de la mano de Silvia Iriondo y Elisa Viladesau con quien sigo estudiando ahora.”
A la hora de la inspiración, la cantautora busca en el baúl de las cosas cotidianas, sus brillos, colores, luces.
“Poder tener, cada tanto, la mirada inocente y maravillada de un niño frente a algo que vemos todos los días pero no nos detenemos a observar con detalle… por supuesto las historias y los hechos que van sucediendo son disparadores también, pero las letras de mis canciones más que nada describen momentos estáticos, fotografías de sensaciones en situaciones determinadas.”
Con seis discos propios editados, los dos primeros con diferentes proyectos en dúo y los cuatro siguientes en formato solista (con músicos invitados o con su grupo, siempre con sus composiciones y arreglos, salvo el anteúltimo que tiene música de Violeta Parra para guitarra sola) y a punto de editar el séptimo disco, esta vez en dúo con Philippe Baden Powell (pianista y compositor brasileño, hijo del mítico guitarrista Baden Powell), reconoce que las alternativas parecen reducirse a la autogestión cuando de grabar se trata.
“Todos salvo uno fueron editados en forma independiente, y la verdad no tuve una buena experiencia en ese caso. Creo que, de acuerdo al tipo de música y a la realidad actual del mercado musical (por lo menos en Argentina), el artista no tiene otra opción que asumir el rol de productor y sello, ya que es la única forma de seguir haciendo girar la rueda y que los nuevos discos vayan costeándose con los ingresos de los anteriores. Es curioso, porque de pequeña no me gustaban para nada las matemáticas o la contabilidad, y sin embargo requiero de ambas a diario para poder desarrollar estrategias artísticas”, confiesa y se dejar llevar por la brisa suave que sopla desde el Oeste.















