Entrevista exclusiva a Ramón Ayala. Uno de los artistas más importantes del folclore argentino se presenta hoy viernes 15 de abril a las 21 hs. en el ND Ateneo, Paraguay 918 (CABA).
Humilde y gigante, el artista Ramón Ayala comparte su universo generosamente. Sus palabras van tejiendo una historia al oído. Hay risas y hay emoción en el recuerdo de los primeros pasos, en el decoro de su estampa hecha de tierra y cosmos, de antepasados y de futuro.
“Esos sabores y esas geografías tan maravillosas que tiene argentina, y la creación en sí misma, y el crecer vos para estar a la altura de ese paisaje, para poder decirlo porque si no sos un falso, sos un trucho; todo eso necesita tiempo”, dice al pasar, mientras nos acomodamos en el living de su casa para empezar la entrevista.
“Cada hecho es cósmico, es inmenso, este momento que estamos viviendo es único, nunca jamás se repetirá por los siglos de los siglos este instante. Y ya pasó. Y te va llevando hacia un final que es el foso de los siglos y vos también vas a un final inexorable, que es la muerte. Vale decir que no tenés tiempo para boludeces, papá”, sonríe el hombre sentado en su silla, convidándonos de la copa de la alegría, espontánea, libre.
Ramón llegó a Buenos Aires a los 14 años trayendo reminiscencias, improntas y rastros en su sangre. Y más allá de vivir muchos años en la gran metrópolis nunca se olvidó de Misiones.
“No sé por qué yo siempre me sentí un misionero. Pero tampoco dejé de amar Buenos Aires porque uno es del lugar donde está viviendo, de los amigos que se tenga y de los rastros que van impregnando tu alma. Y hay que ser siempre agradecidos.”
Recostada en un rincón de la habitación espera la guitarra. El tiempo es de felicidad y entrega. El artista sabe que su gente lo espera el viernes 15 de abril cuando en el escenario del ND Ateneo vuelva a compartir su oficio de cantor con los demás.
“Una guitarra significa encuentro, significa asado, conciertos, música, vuelo. Y cuando a vos te atrapa un sonido determinado, es un universo. Y vos tenés que comprenderlo y entenderlo y emprenderlo. Para construir un cantante tenés que construirlo desde las vísceras”, comparte el amigo y sigue en su derrotero de confianza ofreciendo saberes.
“Ningún oficio es malo, hay algunos que parecen medio etéreos como el del artista, que no tiene un sueldo fijo, que no tiene un respaldo, pero yo creo que aquél que quiere hacer algo en la vida debe seguir la voz de su instinto, de su conciencia y de su amor por un determinado compromiso con la vida. Así ha pasado con los grandes hombres de la humanidad.”
– ¿Cómo siente la vigencia de sus letras?
– Los hijos del alma son como los hijos de carne y hueso. Quién le iba a decir a esa canción que nació a orillas del río Paraná, El Cosechero por ejemplo, que iba a venir luego grabada de Finlandia, Japón o Israel. No lo podés ni imaginar.
– ¿A qué edad la compuso?
– Yo estaba viviendo en la casa de Marcial Suárez, en Barranqueras, Chaco, era mi amigo y me daba auxilio. Y entonces un día me dijo: “Mirá, Ramón, mañana a las diez llega la lancha de Corrientes con los cosecheros que hacen un alto en Saenz Peña.” Y yo me fui con él, y pensaba: “Si hay un monumento verdadero para un ser humano, para una región, para un instinto de trabajo y la necesidad de ganarse unos mangos y crear todo un movimiento, ese monumento es la música. Porque una estatua es fría por más mágica que sea, pero la canción la cantás vos en el baño, la canta aquél en el escenario. La canción se renueva a cada rato.”
Y entonces llegó la balsa, inmensa, llena de cosecheros que venían con sus familias, sus alforjas, sus guitarras. Mientras lo cuenta, la mirada del maestro se pierde entre los pliegues del tiempo y un rumor de río embravecido, un temblor de hojas batidas por los vientos nos llega traído desde inhóspitos lugares.
Pero entonces, el ojo del poeta se detiene en la ternura.
“Yo vi a un gurisito chiquito que venía en la balsa, comiendo mango; el mango tiene un color anaranjado y este gurisito tenía toda la boca pintada de anaranjado. Ya eso era un cuadro. Yo veía la cara gris del guisito, con una boina negra y toda la boca anaranjada rumbo a la cosecha. No sé si será la condición del pintor y el poeta, pero vos tejés el ámbito donde va a trabajar el hombre, la cosecha, ese algodón que luego será un saco, un pantalón, una camisa del trabajador. Y al mismo tiempo la amistad. Y al mismo tiempo los peligros. Hay un famoso Familiar, que es un oso que parece un lobo, que mata a los dirigentes. Cuando hay un tipo peligroso aparece el familiar. Familiar de ellos será, de los que se quedan con la guita del pueblo, del trabajador.”
Ahí empieza a nacer El Cosechero, una de las tantas canciones de Ramón Ayala que el tiempo sobrevivió en gloria. Canción multiplicada, canción eterna.
“Nunca pensé que la iba a escuchar cantado en ruso”, sonríe con humildad.
“Lo más importante de tu vida es el tiempo que estás viviendo, con tus hijos aquí, con tu sangre aquí, tu presente y tu futuro aquí. Porque no sabés si mañana vas a despertar.”
Estimados seguidores de El Apogeo, lectores y amigos, es menester decirles que vale la pena conocer ahora, si es que acaso no saben de su obra, ahora que el tiempo es joven, buscar la canción de Ramón Ayala, su trabajo tallado por manos sin tiempo. Vale la pena reencontrarse con esas canciones, si es que ya las habías escuchado.
Saber que ese autor además de ser un inmenso compositor, es un hombre cargado de humildad y sentido del humor. Que nos abrió las puertas de su casa como a un amigo. Que generosamente compartió con nosotros su mesa y su sabiduría.
La coherencia del artista es mucho. Muchísimo. Es un mundo, una bandera capaz de elevar la obra o destruirla.
En este caso Ramón Ayala nos ha hecho sentir orgullosos de ser argentinos. Gracias maestro. Y gracias Karina Nisinman, su agente de prensa, por el gesto de permitirnos hacer esta enriquecedora nota.
por Victor Koprivsek
















