Poniéndole el cuerpo a la lucha por los derechos

Cable a tierra es un centro de referencia que desde Morón trabaja por el reconocimiento de los derechos de niñas, niños y jóvenes en situación de riesgo. Todos somos uno.

La puerta se abre y adentro hay otro mundo: el mundo de los que laburan por la inclusión; el mundo de Cable a tierra, una organización que empezó en 1999 a trabajar con dos poblaciones en riesgo: chicos en situación de calle y chicos (y familias) del barrio La Candela, una villa de emergencia cerca de Camino de Cintura y Don Bosco (Partido de La Matanza) que cartoneaban o pedían monedas en Morón.
Luján, una de las referentes del lugar, nos cuenta que son un centro que trabaja con la familia entera.

“Casi todas las actividades están apuntadas a niñas, niños, adolescentes, jóvenes. Entre el 2006 y el 2008 se tomó la decisión de no trabajar más en la calle, había otras organizaciones haciéndolo, así fue cómo comenzamos a laburar en el barrio con talleres”, agrega.

“Los talleres van modificándose de acuerdo a nuestros intereses y los de los pibes, y también de acuerdo a nuestras capacidades: fútbol comunitario, de género (mujeres por un lado, hombres por el otro), apoyo escolar, espacio de jóvenes y arte. Además, laburamos haciendo acompañamiento a los chicos y sus familias en aquellas áreas que creemos que hay que reforzar: salud, educación, etc., según nos convoque la realidad”, explica Florentina.

Y la realidad es dura. Empuja y excluye desde niños a los marginados. La realidad de algunos es una picadora de carne que poco tiene que ver con las tapas de revistas que muestran un circo de playas paradisíacas y modelos esculturales. En ese universo de la marginación no hay vacaciones de verano ni invierno, ni duchas calientes, ni habitaciones para cada miembro de la familia. Todos comparten todo; incluso el hambre… de educación, de salud.
El equipo de trabajo, el que toma decisiones cual asamblea, está compuesto por Florentina, Luján y Lucila (presentes en esta entrevista), Emilio, Fernando y Guillermina; los talleristas son Sofía, Ale, Mirta, Pula y Glenda.

“Los que formamos parte del equipo técnico”, apunta Florentina, “recibimos un sueldo por parte de la Secretaria de Niñez y Adolescencia de la Provincia de Buenos Aires. Es el principal sostén que tenemos. Es un convenio que Cable tiene desde el 2003… Después, vamos buscando el apoyo de fundaciones, entidades, etc., porque el sueldo está por debajo de la canasta. Nuestro objetivo es pelear no sólo por la defensa de los derechos de los pibes sino también por nuestros derechos como laburantes para que se tome esta tarea como un trabajo digno. En el imaginario social esto se hace de onda, pero es un trabajo serio que merece una retribución acorde.”

Aseguran que no es fácil, hay mucha buena voluntad pero el trabajo que hacen involucra un proceso pedagógico que incluye la planificación de objetivos, espacios de reunión en donde revisan las tareas, reuniones con psicólogos con los que analizan las herramientas a utilizar.

“Cable a tierra, en su razón de ser, labura para que los derechos se implementen”, afirma Luján, “y esa reivindicación de los derechos vulnerados de los pibes y de las pibas no se merece un trabajo de onda, se merece un trabajo profesional, serio, con planificación, todo eso implica tiempo… los que trabajamos acá somos profesionales o estamos a punto de recibirnos.”

“El convenio que nosotros tenemos con Provincia es un convenio que plantea que Cable como organización social se hace cargo de implementar ciertas tareas para el cumplimiento de los derechos de los chicos que son propias del Estado. En la debacle de los ‘90, las formas que tuvo el Estado para apalear la situación fue poner en marcha estos convenios… es más fácil generar becas muy por debajo de un sueldo (de hecho nuestro sueldo es 10 veces menor que el de un trabajador del Estado); es más conveniente y rentable que existan estas organizaciones sociales. La retribución por lo que hacemos es mínima”, asegura Luján.

Lucila reflexiona que de desear algo desearían, como grupo, “no tener que estar tanto en la resistencia sino en un lugar más propositivo. No dejar de existir sino existir desde un lugar que no esté para tapar baches del pasado, del Estado… Eso implicaría que el mundo no sea tan injusto, tan desigual”.

“Si bien trabajamos en la urgencia, como dice Lucila, en los daños producidos por abusos, violencia de género, sufrimientos que padecieron los pibes; con traumas dolorosos y cuestiones con las que están viviendo y encarando la vida: el hacinamiento, la falta de agua potable… más allá de todo eso, tratamos de apostar, de ir construyendo un proyecto individual posible, un horizonte distinto, no tan atravesado por todo esto. Por eso en nuestros talleres fomentamos el compañerismo, la solidaridad, el buen trato… y ahí es en donde ponemos nuestra cuota de horizonte”, reflexiona Florentina y nada más se puede agregar.

por Noelia Venier

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