Reflexión sobre las costumbres

(sobre el porqué de nuestras celebraciones impuestas por el hemisferio norte y su invasión cultural en estas latitudes)

Ph: Noelia Venier (Instragram: noevenier; Facebook: Noelia Venier).

por Noelia Venier

A mitad de año, entre el 21 y el 24 de junio, la naturaleza renueva el equilibrio con el hombre y lo que lo rodea. Los dioses paganos para el catolicismo siembran en la tierra lo que hemos de comer y de beber y los hombres lo recuerdan con rituales de purificación en los arroyos que por única vez serán más cálidos. We Tripantu o We Xipantu o Wiñoy Xipantu,o nueva salida del sol, carece de fuegos artificiales iluminando las noches. El espíritu del hombre y la madre naturaleza unidos por un ciclo lunar que rige las lluvias, la vida animal y vegetal, el clima, el viento, el calor, cada ser vivo por más pequeño que sea.

Se renuevan las fuerzas. Las ideas. Renacen las esperanzas así como las semillas. Es el verdadero año nuevo que tendríamos que celebrar los que hemos venido a habitar el hemisferio sur. En cambio, festejamos en diciembre porque hace calor y podemos tomar bebidas efervescentes burbujeantes transparentes y emborracharnos mientras explotan los fuegos artificiales.

En derredor del fuego festejaban los antiguos. Abrigados por el calor de los leños meditaban en reflexión y se dirigían a Antu y le pedían prosperidad y sabiduría y la armonía llegaba de la mano del nuevo día, del nuevo año, del nuevo sol.

Hay una mujer arrodillada sobre el fresco del arroyo. Es centenaria. Llora por las mujeres que vendrán a poblar estas tierras. Y por los hombres. Pide por sus hijos e hijas. Sufrirán, predice el arroyo, por lo que tienen y les será quitado, por lo que no tendrán, por todo eso que les harán creer que necesitan para ser felices. Andarán de noche con miedo porque la muerte acechará en cada rincón, y de día, cuando el aire ya no sea limpio, deberán cubrir sus bocas y verán a sus ancianos morir solos. La tierra de la que serán arrojados se regará con gotas ácidas que caerán sobre las aguas y todo se convertirá en veneno.

Voz mapuche acallada, voz ahogada por espadas. Sus hijos, los millones que parirá la que ahora se erige enorme, se defenderán de huincas clava-lanzas, lanza-balas, arroja-bombas, mutila-niños.  No se resignará la madre a lo que el arroyo le dijo al oído. No se resignará y su rabia inundará campos y el barro sepultará ciudades. No se resignará al oprobio y al dolor al que sus hijos, dueños de colinas y valles y ríos, sufrirán. Entonces, desde la eterna paciencia de una madre los erguirá majestuosos para que den su final y victorioso grito.

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