Aníbal Ovieczka es vecino de Castelar de toda la vida y el dueño de CZK Botas Exclusivas.
Nació en Pompeya pero al año de vida ya estaba respirando aires castelarenses, esos mismos aires que en una época trajeron en trenes y autos a muchos de los que poblaron el kilómetro 22 y llenaron de hijos que crecieron y poco a poco transformaron el paraje en una ciudad.
Aníbal ama Castelar. Una gran parte de su vida trabajó en Zona Sur; de hecho vivió en Lomas de Zamora, aguantó nada más que 6 meses lejos, y se volvió. “No hay como el Oeste, es especial,” dice y recuerda a su padre y el chalet sobre la calle Cardozo y la plaza de Los Españoles llena de hojas en otoño y el Club Mariano Moreno, su segundo hogar: “De pibe ese fue mi espacio. Practiqué todos los deportes, vivía en invierno adentro del club y hacía papi fútbol, ping pong. En el verano natación, judo, waterpolo. Tuve una infancia hermosa… Éramos tres hermanos; ahora somos dos, mi hermano murió a los 13 años y quedamos mi hermana y yo.”
Su escuela fue el Colegio Modelo. Asegura que vivió la época de oro de Castelar. “Había 4 pizzerías, 2 borracherías. El punto de encuentro era la Gran Castelar. Estaba sobre Arias y Timbúes. Era un restaurante, en el fondo tenía una pérgola. En un momento iba la gente de buen poder adquisitivo, después se transformó en el centro de reunión de todos los colegios de la zona.”
La adolescencia lo encontró enamorándose de la música y estudiando y aprendiendo adentro de una sala de ensayo.
“Estuve ligado a todas las movidas de la época de la represión. Tenía 18, 19 años. Tuve una banda re grosa. Se llamaba Moby Dick. Me dediqué a la música como 10 años. No grabamos un disco, en aquella época era muy difícil. De la gente que nos seguía, salieron grandes músicos: V8, donde tocaba Ricardo Iorio, el baterista de Rata Blanca, Gustavo Rowen. Compartimos escenario con Ricardo Mollo y el hermano y un montón de músicos que hoy son conocidos, de la Bersuit, de la Mississippi.”
El destino lo llevó por otros caminos. En el ‘80 viajó a Estados Unidos por primera vez. “Cuando volví, me di cuenta de que ser músico era muy difícil. Ahí definí ponerme a trabajar con esto. Fue un amor a primera vista desde que era chico. Me llamaban la atención, cuando veía en el cine o en las series en blanco y negro, Bonanza por ejemplo, las botas y la parada del tipo con la bota y me volvía loco. Iba en tren hasta Once, caminaba por Pueyrredón hasta Corrientes y por Corrientes yendo hacia el obelisco había una galería, La Internacional, el único lugar donde se vendían Levi’s, Wrangler, era un local al lado del otro, tenías todos los pantalones, yo lo iba ver desde afuera. Salían mucha guita. Después de ahí me iba hasta la calle Florida, hacia plaza San Martín había una galería que era lo más top. En esa galería vi las primeras botas y me quedé alucinado. Tuve el primer par a los 15 ó 16 años. Eran punta cuadrada verdes de JR y me quedaban un número más chico. Las usaba igual, no me importaba nada.”
El recorrido de este camino que ahora lo encuentra como un hacedor de botas exclusivas, empezó con unos tíos que tenían un taller en el que se tercerizaba parte del trabajo de una fábrica de calzados. 40 años de trabajo aprendiendo todas y cada una de las funciones de cada máquina. La meta y las circunstancias hicieron que estuviera a cargo de una fábrica donde se hacían 5000 zapatillas por día, en donde trabajaban 140 empleados. Corría el año 1988, pesaba 95 kilos, fumaba dos atados de cigarrillos por día, tomaba café de máquina y un día en una quinta, un ataque de presión y un paro respiratorio con cuadro de hemiplejia lo dejaron sin poder trabajar durante 6 meses.
“Después de eso me puse mi propia fábrica con 40 empleados; hacíamos 50 pares de borcegos y zapatos por día. Entonces, empecé a comprar las máquinas que necesitaba para hacer botas. En la época de Menem me fundí. Perdí todo, todo, literalmente. Chalet, coche, camioneta, la familia, todo. Me quedaron las máquinas… Hice de todo, compostura de calzado, vendí latitas de Coca Cola en una esquina, fabriqué suecos; iba a Morón a comprar una lata de pegamento y me volvía caminando porque no tenía para el colectivo. ¿Sabés lo que fue? De comprar 4 changos en el supermercado, de haber ido nuevamente a Estados unidos, de haberlo recorrido. Pero cuando uno se pone una meta…”
Un amigo le pide que le haga un par de botas. “Si bien yo sabía todas las operaciones de las máquinas, nunca me había sentado a coser, entonces le explico que yo no podía llevar al taller sólo un par de botas. Me preguntó qué necesitaba. Necesitaba la máquina de coser. La fuimos a comprar. Así hice la primera bota.”
Todas las botas las hace Aníbal. Es un trabajo artesanal, un oficio que se fue perdiendo a partir de que muchos en la industria se fundieron, cuando no había forma de competir con lo importado, eso que suele suceder cuando la economía aplasta sin importarle de los hombres y sus circunstancias. “En hacer un par de botas tardo un promedio de 100 horas. Tengo una clientela muy especial. Siempre quise hacer la mejor bota. Fueron 20 años muy intensos de mucho trabajo, de trabajar 12 horas por día de lunes a lunes sin mirar el reloj, fue una necesidad después de quedar solo y en una época difícil. Me dije: ‘Tengo que hacer la mejor bota’. Me costó muchísimo aceptar el paso de ser un empresario a ser un artesano. Fue muy duro. Pasar de comer viernes, sábado y domingo afuera a comer bizcochitos y mate. Fue renacer.”
La vida, confiesa, lo encuentra satisfecho con su trabajo, con su familia. “Todo lo que hice me dio un montón de satisfacciones. A los 20 años fui padre por primera vez. Tengo 5 hijas, 7 nietos y 2 en camino. Termino el año con 9 nietos. Tardé en darme cuenta que había llegado a la meta. De golpe, por los comentarios de los clientes a los que les hice botas, me di cuenta de que me había convertido en un artista. Me dio y me sigue dando muchas satisfacciones. Peleé contra molinos de viento. Fui saltando las piedras en el camino… Y lo sigo haciendo.”
Aníbal le hace botas a coleccionistas, gente amante del buen calzado, a famosos como Walter Giardino (integrante de Rata Blanca), Sergio “Maravilla” Martínez, Roberto Piazza, entre otros. Pero hay una anécdota que lo emociona. La nota termina así, con sus palabras, el protagonista es un pibe, de 20 años, que también tenía una meta: “Una vez vino un pibe. Quería un par de botas, tenía el modelo en su cabeza. Me traía por quincena plata y yo se las iba haciendo. Siempre que venía lo hacía en bicicleta y con pantalones cortos. Después de varios meses, llegó el día tan esperado: las botas estaban listas. Cuando abrió la caja y las vio, se puso a llorar, me abrazó y me dio las gracias. Se fue con las botas puestas, en la bici y con los pantalones cortos.”
por Noelia Venier

















