Hace más de tres siglos, aparecieron derechos individuales de mucho peso en las constituciones de distintos países. Esto significó un impresionante avance que limitó los poderes de los gobernantes y reconoció al hombre (no a la mujer, que quede bien claro) distintos derechos que antes no tenía. Tampoco eran para todos los hombres. Por ejemplo, los esclavos (casualmente seres humanos) no tenían uno solo de esos derechos. La mujer, tanto rica como pobre, no gozaba de derechos; su marido disponía de ella, tanto de su vida como de sus bienes y de su voluntad.
En Estados Unidos, supuesto país ejemplo de respeto a los derechos del hombre, recién en 1964 (ayer nomás) se sancionó una ley, Civil Rights Act, que reconoce que ¡los negros son personas y tienen derechos!
En la práctica se sabe que es casi letra muerta, a pesar de tener un presidente de color. La muerte de gente de origen africano en las últimas noticias que llegan desde el país del norte da cuenta de ello y de la protección a la policía (donde, casualmente, también hay negros en sus filas).
En 1853, se sancionó nuestra Constitución Nacional. En esa norma fundamental se decía que no todos los habitantes tenían derecho a votar y, menos aún, por supuesto, las mujeres.
El artículo 16 dice que “todos sus habitantes son iguales ante la ley”. ¿Es cierto?
En lo formal sí; en la práctica, está muy muy lejos de ser una realidad.
Hay importantes avances, no hay duda. Por ejemplo, era impensable en el siglo XIX y parte del XX que los trabajadores tuvieran derechos y que esos derechos fuesen protegidos por medio de tribunales de trabajo creados especialmente para ese fin.
Hablar de indemnización por despido, indemnización por preaviso, vacaciones pagas, aguinaldo, protección del matrimonio y de la maternidad, horario limitado de trabajo, pago de horas extras, protección legal por enfermedades o accidentes no laborales, etc., etc., eran institutos jurídicos bien conocidos por los luchadores por los derechos del trabajador pero no reconocidos en la ley.
Hoy día, en los Estados Unidos no existe la indemnización por despido, ni el preaviso, ni las vacaciones pagas (el trabajador que se toma vacaciones no las cobra), ni la protección por enfermedades o accidentes no laborales (el trabajador debe contratar a su costo un seguro médico), etc.
Pero volvamos a lo planteado en el título de este artículo: ¿existe la igualdad ante la ley?
Veamos: un rico y un pobre tiene el mismo derecho. El pobre, si no tiene los medios económicos, deberá ser representado por un defensor oficial o abogado de pobres. Pero hay un problema: esos abogados tienen tantos y tantos asuntos que atender que su actividad profesional se le hace muy complicada.
Vemos a diario por la televisión a infinidad de personas que exigen justicia porque le mataron un hijo, un hermano, un padre, ya sea por un accidente o un tema de inseguridad. La justicia, en la Prov. de Bs. As., está colapsada. Los familiares deben concurrir casi a diario a las fiscalías para saber cómo evoluciona su causa. Pasan meses, años y se avanza poco y nada.
¿Y el derecho a que se haga justicia? Bien, gracias.
La justicia no es barata. Hay infinidad de gastos que debe hacer el que litiga por su derecho. Es cierto que puede tramitar un beneficio de pobreza, pero su alcance es limitado. Fuera del pleito hay gastos de todo tipo y, además, el uso de una enorme cantidad de tiempo personal que, obviamente, no es gratuito.
Hay que movilizarse, pedir horas al trabajo, gastar en comunicaciones, en pasajes, en combustible, en presentaciones ante organismos públicos (que no son gratuitos) y privadas.
Y si una persona no se ocupa y no tiene los medios necesarios, el asunto no avanza o se muere.
No hablemos de los derechos de los pueblos originarios. Existen treinta y cinco pueblos indígenas en Argentina, integrados por más de un millón quinientas mil personas (casi todo el Partido de La Matanza): ranqueles, mapuches, mocovíes, puelches, wichis, matacos, tobas, aymarás, cuyos derechos fueron aniquilados desconociendo tradiciones y costumbres ancestrales. (Las costumbres son leyes en todo el sentido estricto de la palabra. La única diferencia es que no están escritas.)
Los conquistaron, les robaron sus tierras, los discriminan, en una palabra, suprimieron su identidad. ¿Son iguales ante la ley? ¿Qué ley?
Los intereses de todo tipo, la desinformación, los prejuicios, la mala prensa a propósito, la desconsideración, la falta de escrúpulos, la mala fe, la desidia, el abandono, la desprotección, son el caldo de cultivo de la desigualdad.
por Dr. Andrés Rosso















