Un arma letal: el voto

En las elecciones pasadas del 25 de octubre, sin importar la afinidad por cualquiera de los partidos políticos que intervinieron, el ciudadano de a pie utilizó un arma formidable para expresar su opinión: el voto.
Por más spots publicitarios, afiches, pintadas o discursos que nos invadieron durante meses, ese ciudadano, dentro de la intimidad del cuarto oscuro, decidió lo que estimó mejor para su vida, su familia, su trabajo y su futuro.
Es el momento sagrado en donde todos somos iguales. Una persona, un voto. Nada ni nadie puede intervenir. Nada ni nadie nos controla a ver qué boleta ponemos dentro del sobre. El voto es secreto y obligatorio.
Las encuestas, una vez más, fueron, evidentemente, utilizadas para engañar al votante. Para hacerle creer que todo ya estaba definido. Que era imposible ir contra los porcentajes que ellas establecían.
Reitero, no estoy asumiendo una posición política. Estoy tratando de afirmar la tremenda importancia que tiene el voto. La consecuencia más fundamental es que ningún candidato a un cargo político, sea presidente, gobernador, diputado, senador o intendente tiene asegurada, de antemano, su elección.
Eso es la democracia. Sistema con muchas falencias todavía, pero, sin duda, el mejor a lo hasta hoy conocido.
Por supuesto que siempre no ha sido así. A fines del siglo XIX y principios del XX los únicos que podían votar eran los hombres. Durante años y años era impensable que la mujer tuviera, también, derecho al voto.
Es más, hasta se pensó que todos los hombres no estaban en condiciones para elegir a las autoridades. Sólo unos pocos eran los elegidos para decidir el destino de todos los ciudadanos.
Por supuesto que los fraudes electorales estaban a la orden del día. Cuando un ciudadano concurría a la mesa con su libreta de enrolamiento le decían “usted ya votó”. Si protestaba, lo encerraban en la cárcel por “pendenciero”.
El uso indiscriminado de documentos de personas fallecidas, la compra de los sufragios o la quema de las urnas era muy común.
Muchos presidentes argentinos fueron así elegidos. Algunos de ellos ni siquiera estaban en el país al momento de la elección.
En 1912 se promulgó la Ley Sáenz Peña que estableció el voto universal, secreto y obligatorio. Lo de universal (es decir todos los ciudadanos) era relativo porque sólo tenían derecho a votar los varones mayores de 18 años. Se confeccionó, además, el padrón electoral.
Si bien los fraudes continuaron, el voto real se fue abriendo camino poco a poco.
En junio de 1952 apareció el voto femenino.
Pero las elecciones posteriores no reflejaban la realidad porque había partidos que estaban proscriptos, es decir, que se les negaba el derecho a participar en la puja política.
Hoy y siempre la lucha por el poder trata de utilizar mecanismos que influyan sobre la voluntad popular.
Por ello, es muy necesario que el ciudadano esté alerta. Es fundamental que se tome conciencia del poder que éste tiene dentro del cuarto oscuro.
Somos una democracia muy joven, inestable, sometida a grandes presiones de poderosos, pero lo maravilloso es que, a pesar de su poderío, dependen siempre de nuestro voto.

por Dr. Andrés Rosso

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lunes, 16 febrero, 2026

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