Jenny Rulaz se presenta en sociedad con su primer disco Sonreír.
Caminante no hay camino, se hace camino al andar. Decía Miguel Hernández y lo canta todavía Joan Manuel Serrat. Y si algo sabe Jenny es hacerse su camino, el de la música. Para ella su primer disco, recién recién salidito al ruedo, es como un hijo. Ella que vino al mundo luego de un embarazo difícil en el que tanto su vida como la de su madre corrieron peligro. Ella que siente que nació para cantar. Ella que transita las calles de Castelar silbando canciones.
“Mi nacimiento fue difícil. A los 5 meses de embarazo mi mamá comenzó a sentir contracciones de parto y en el Hospital Posadas le dijeron que algo raro estaba pasando. Yo estaba fuera de la matriz, era un embarazo ectópico. Este tipo de embarazos no se desarrollan, es imposible, se produce un aborto espontáneo. Corría riesgo la vida de ella, la mía, la de las dos. Mi mamá se arriesgó. Entonces, trataron de acomodarme adentro del útero. Tuvo que hacer reposo durante dos meses hasta que nací con siete meses de gestación. Fui el primer caso en el mundo. Siempre digo que por algo uno viene al mundo y cuando uno se va por algo se va. No es cuestión de suerte, creo que una de mis misiones es trasmitirle a la gente mi arte”, relata con detalle y orgullo, por su madre, Vanesa, y su padre, David, que no la sueltan desde antes de nacer. La familia la completa Dylan, su hermano.
El camino siguió por Morón, en la casa de una de sus abuelas. Después varias mudanzas hasta finalmente arribar a su hogar actual, en pleno centro de Castelar.
“Me encanta, es hermoso. Tengo todo a mano. Me siento muy cómoda acá. La gente es muy cálida. Me gusta Capital, es lindo, pero no sé si me hallaría viviendo ahí. Me gusta más lo rural. Si tuviera que elegir vivir en otro lado, iría al campo.”
Primaria en el María Reina y secundaria en el Parroquial. Carrera universitaria en la Universidad de Morón, flamante Martillera Pública.
Y siempre la música…
“Parece como si hubiera nacido con la música. Desde chiquita siempre me llevaban a shows, por ejemplo uno de Lito Vitale cuando tenía ocho meses. Fueron cosas que me marcaron. A los dos años, cuando empecé a hablar, empecé a cantar también.”
“A los 10 años fui al conservatorio de Morón a aprender piano pero dejé porque era chica y me costaba adaptarme. Me arrepiento ahora… Con respecto a la guitarra, le tengo que dar gracias a Raúl Pintos que es muy amigo de la familia porque él me enseñó los primeros pasos. De a poco y con voluntad fui aprendiendo. Después fui un año y medio a estudiar para poder leer una partitura… me sirve para componer”, repasa Jenny.
Su primer trabajo se llama Sonreír y tiene 10 canciones. Pop, soul, rock, son los estilos que suenan en el cd.
El camino se lo hace, además, componiendo sus propios temas. Veinte hasta ahora, como los años vividos.
“El primero lo escribí a los 14. Es una terapia más allá que me apasiona. Esa primera canción que escribí fue porque mi mamá me había retado, no me dejó ir a un cumpleaños y me enojé tanto que me salió un tema. Las cosas fuertes o situaciones que veo me inspiran para escribir. Por ejemplo, hay un hombre en la plaza de Morón, Jorge, anda con un perro y un montón de libros en una silla de ruedas; una vez me senté al lado y le pregunté si podía hablar con él porque quería hacerle una canción. Me contó que era músico y tocaba el piano, era muy culto. Plasmé su historia de vida en una canción que en este disco no está pero si Dios quiere en el otro sí.”
Editar un disco no es fácil. Jenny recibió la ayuda de su papá y del tío de su mamá.
“Norbit Córdoba es mi productor, es un genio. Lo conocí por Raúl, que siempre nos dio una mano, él y su familia son unos ídolos. Cuando vio que ya era la hora, que había madurado en cuanto a lo musical, nos presentó a Norbit que cuando me escuchó en seguida se enganchó con el proyecto, tiene una luz muy especial, está siempre dispuesto. Me divertí mucho durante toda la grabación, fue muy natural.”
Además, sigue estudiando canto.
“A los 11 años empecé a pensar en un entrenamiento, fui a un profesor que me enderezó la voz, Eduardo Scaiola, es un genio en técnica vocal, es tenor y canta en el Teatro Colón. También estuve con Katie Viqueira, ella le da clases a Abel Pintos. La voz es un músculo, hay que aprender a dosificarla. Paula Varela fue mi coach vocal durante la grabación del disco y también hizo los arreglos. Ahora tomo clases con Viviana Scaliza, ex Blacanblus, tengo muy buena onda con ella. Me está enseñando técnica lírica”, y agrega que por la música deja todo.
“Es el sueño que tengo desde siempre. A veces dejo de viajar, mi novio vive en Rosario. Lo conocí por Facebook. Es muy buena persona. Se llama Miguel Ángel. Él me inspiró para escribir un tema ‘Prometo ser’ y ‘¿Por qué me dices que no?’, me ayudó con la letra. Me banca mucho, viene cuando yo no puedo viajar. Llevamos bien la distancia.”
Ahora su objetivo es empezar a adquirir experiencia por el lado de los shows (promete uno antes de fin de año), familiarizarse con el público, “que es lo principal para que la gente te aprecie”, desliza.
Parece que en este camino andado, otros anduvieron sembrando genes. Como el abuelo Jorge, que tuvo la primera banda argentina que imitó a los Beatles.
“Toca el bajo, la guitarra y canta. Le propuse que me acompañara con el bajo en algún tema cuando dé un show. Mis abuelos son muy importantes. Nunca voy a olvidar lo último que me dijo mi abuela Ángela: ‘Vas a llegar muy lejos´. Eso me da fuerzas para seguir.”
Todo pasa y todo queda pero lo nuestro es pasar haciendo camino… Sólo la música inmortal perdurará. Bien lo define Jenny:
“La música no tiene un lugar a dónde llegar, el límite es el cielo. Es un camino, pero la meta es inalcanzable, infinita. Nunca voy a terminar de hacer música hasta que se cierren mis ojos”.





