De qué hablamos cuando hablamos de autismo

Cuando somos padres, vemos pasar los años a través del crecer de nuestros hijos e hijas, y quienes tenemos hijos con autismo, al mirar el camino recorrido en esos años, se mezclan un sinfín de sensaciones y sentimientos.

por María Almeida

Parece ayer, aún siento en la piel ese día, cuando llegó el diagnóstico de Pilar a nuestras vidas. Esa niña que tanto habíamos soñado, nuestra princesa adorada, ahora iría acompañada de un diagnóstico que nos cambiaría la vida por completo. Recuerdo haber llorado, repleta de miedos y de preguntas. Recuerdo haber sentido que mi mundo se derrumbaba. Pero recuerdo también que, en medio de la angustia y los miedos, la miré dormida y le prometí hacer todo lo que estuviera a mi alcance para que sea feliz.

En medio de tanto dolor, tenía dos opciones: o quedarme ahí, hundida en el dolor o secarme las lágrimas y levantarme para ir en busca de su felicidad, de nuestra felicidad. Y eso hice, y eso hicimos como familia, levantarnos y seguir.

Junté mis partes, y me reconstruí a imagen y semejanza de esa personita que merecía la mejor versión de madre que podría ser. Fran y Juan lo merecían también. Mi familia merecía que no me dejara caer. A veces el dolor puede ser también una oportunidad. Y eso fue para mí. Una oportunidad de ser mejor que ayer. No fue fácil, caí miles de veces a lo largo de los años y aún sigo cayéndome, pero me levanto y me levantaré una y mil veces más.

El autismo y lo que trae consigo no es fácil, a veces nos deja en agonía, pero no deja de ser una oportunidad. Crecí, de la mano del autismo de mis hijos, aprendí, me fortalecí. Conocí de mí una versión que jamás hubiera imaginado. Aprendí a sonreír a pesar del dolor, aprendí a disfrutar de lo realmente importante, aprendí a alejarme de los “problemas innecesarios”, de la gente que no sumaba.

Aprendí a mirar a la gente a los ojos, a escuchar más allá de las palabras. A que hay miles de maneras de comunicarse y de amar. Que hay muchas personas que pondrán piedras en el camino, pero que hay muchas más que las patearán por ti. Aprendí que la mochila cargada es más liviana cuando esa carga se comparte. Aprendí a caminar descalza, a saltar los charcos, a bailar bajo la lluvia. Aprendí a mirar el vaso medio lleno.

Aprendí a sacar hasta de la peor experiencia, un aprendizaje. Aprendí que ir tras los sueños siempre es la mejor opción. Que, si quiero que el mundo cambie, debo ser artífice de ese cambio.

Aprendí que nadie pisa estos zapatos como yo, por eso jamás podrán dimensionar como me siento. Aprendí que el autismo en mis hijos no es lo que me deja agonizando, sino la falta de empatía, de profesionalismo, la mirada del otro, el incumplimiento de leyes y derechos, entre otros.

Aprendí a sobrellevar las dificultades, a que nada es imposible, a que mis hijos tienen un potencial ilimitado, y que el amor todo lo puede. Aprendí sobre el poder que tienen las creencias. Y que soy apasionadamente imperfecta. Aprendí a creer en mí, como creo en cada uno de mis hijos.

Aprendí a soñar, a luchar por esos sueños, a hacerlos realidad.

Y mi sueño, mi gran sueño es poder dejarles a mis hijos un mundo, una sociedad que los abrace, los respete y los valore. Una sociedad que les brinde oportunidades, que les permita ser ellos mismos, que puedan vivir dignamente, rodeados de amor.

Por eso, hablo de autismo y por eso, doy gracias por permitirme hacerlo y gracias a cada uno de ustedes que están leyendo mis palabras construyendo, juntos, este sueño. Gracias infinitas por ello.

Un mundo en el que quepan todos los mundos es posible si todos ponemos nuestra parte.

Yo hablo de AUTISMO, ¿y vos?

Compartir
Enable Notifications    OK No thanks