Por Marianela Koprivsek

Me permito, a mis 40, volver a un día cualquiera de mi infancia… y me doy cuenta de que no era cualquiera.
Era un universo entero latiendo en lo simple. La esquina. Siempre la esquina.
Como si el mundo empezara y terminara ahí, en esa vereda gastada donde mi abuela sostenía la vida sin saberlo.
El aire tenía ese calor espeso de un otoño que no quería irse. Y en la cocina, mi tía amasaba. No era solo masa… era tiempo, era cuidado, era historia pasándose de mano en mano.
Las tortas fritas inflándose en la sartén, el vapor subiendo lento, abrazando todo. El mate girando. Las voces. La vida ocurriendo sin esfuerzo.
Yo estaba afuera. Entre el adentro y el mundo.
En ese borde exacto donde una nena empieza a intuir que vivir también es asomarse. Mis rulos enredados con el viento, una mandarina abierta entre los dedos, y los pies rozando el cordón de la vereda como si ahí hubiera un límite invisible que yo necesitaba probar.
Miraba todo. Como si ya supiera que algún día iba a querer recordar.
Los vecinos pasando, los perros oliendo historias, un gato quieto, sabio, las bocinas rompiendo el aire, y el tilo… ese aroma dulce y triste a la vez, como si ya trajera una nostalgia que todavía no entendía.
Y entonces… ese sonido. El pasador de hierro. Seco. Real. Y su voz, que todavía me habita:
-¡Chinita mataca! ¡Salí de la calle que es peligroso!
Hoy la escucho distinto. No era solo un reto. Era amor con miedo. Era el intento de cuidar lo que más quería en un mundo que ella sabía incierto.
Pero yo… yo me reía. Porque había algo en mí que ya confiaba. Algo que sabía que la vida no estaba en la vereda segura, sino en cruzar.
Agarro la pelota medio pinchada. La aprieto contra el cuerpo como si fuera un tesoro. Y cruzo.
Cruzo la calle, cruzo el miedo que no era mío, cruzo hacia ese llamado invisible que solo los niños escuchan con claridad.
Ahí están. Beto, Gulagula… nombres que hoy son ecos, pero que en ese momento eran mundo, tribu, pertenencia.
Empiezan los pases. La tierra se levanta. Las risas se desarman en el aire. El cuerpo se olvida de todo y simplemente juega. La abuela vuelve a gritar.
Y yo… me río. Me río con esa risa pícara, esa que no pide permiso, esa que no sabe de pérdidas ni de tiempo. Y sigo jugando.
Hoy, a mis 40, entiendo. No era desobediencia. Era vida abriéndose paso. Era mi alma eligiendo sentir. Eligiendo el borde, el riesgo, el juego, el encuentro. Eligiendo, sin saberlo, la forma en la que iba a habitar el mundo.
Y quizás por eso hoy, cuando cierro los ojos, no vuelvo a un recuerdo… vuelvo a casa.





