“El último suspiro de un guerrero”

Por Fernando “El Niño” Torres, boxeador derquino (Guantes de Oro 2012, 2013, 2014 y 2015; récord amateur 60 peleas, 49 ganadas, 8 perdidas y 3 empates. En febrero sube al ring de manera profesional)

Fernando junto a su mentor. “Mi querido amigo, mi hermano, te mando un abrazo que atraviesa el tiempo y el espacio. Siempre recordaré tu sonrisa, tu fuerza y tus palabras. Te llevaré en mi corazón por siempre. Gracias, Héctor Eduardo Villarreal, por ser quien fuiste para mí y para todos los que te amamos”.

La vida tiene una manera cruel de arrebatar lo que más amamos sin previo aviso. Y el dolor de esa ausencia es algo que no se puede describir, solo sentir. Hoy, a pocos días de tu partida, el vacío que dejaste se extiende más allá de las miradas que te extrañan y los corazones que lloran tu ausencia; de los tantos que soñaban verte un día más, abrazarte una vez más.

Solo los valientes como tú entienden que, cuando nos vamos, dejamos una huella profunda que ni el tiempo podrá borrar.

Con tan solo once años, lleno de miedo y dudas, encontré en ti el refugio que mi alma necesitaba. Tus palabras fueron la brújula que me permitió navegar en medio de la tormenta. Me enseñaste a no rendirme, a luchar con todo lo que tenía, porque creías en mí incluso cuando yo no lo hacía.

“Más que ayer, el hoy es mejor que el mañana”, decías y con esa fuerza me impulsaste a enfrentar el mundo sin miedo.

Hoy el cielo te ha llamado, pero sé que Dios solo elige a los mejores para su reino. En tu corazón, siempre hubo espacio para los demás, sin pedir nada a cambio. Tus enseñanzas, tus risas, tu amor y tu sabiduría perdurarán en los corazones de aquellos a quienes tocaste. Y es que ¿quién entendió tu alma tan pura, guerrera y salvaje? Solo el amor, ese amor que diste sin esperar nada, ese amor que nunca te detuvo a ser quien fuiste, y ahora quien eres: una leyenda viva en cada uno de nosotros.

Tu memoria, tu fuerza y tu esencia seguirán en tu hija Deniss, en tu hijo Emir y en tu amada Mónica.

Y aunque físicamente ya no estés, tus enseñanzas vivirán como una llama que nunca se apaga. Y yo, te prometo, seguiré viviendo tu espíritu como el aire que respiro, porque fuiste el ángel que me cuidó entre tantas sombras y por eso estaré eternamente agradecido por cada batalla que peleamos juntos.

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