Por Maira Amarillo

La casa, construida en 1720, cuenta con paredes gruesas, techos altos y un altillo que conduce a un mirador en la habitación más alta. En el patio hay un aljibe seco, y desde allí la vista se extiende hacia el campo abierto, lejos del bullicio de la ciudad. Cada rincón refleja su historia y misterio, y quienes la habitan sienten que la casa los observa tanto como ellos la observan a ella.
Cerca de mis dos años, mis abuelos se mudaron de Caseros a una casa enorme, ellos, mi mamá embarazada, mi hermano mayor y yo antes vivíamos en una casa común, rodeados de tíos y primos, y fue mi tío Eduardo quien aceptó la propuesta de mudarnos al campo.
La casa del campo pertenecía a la señorita Lea Figallo, una mujer italiana de gran fe y solidaridad. Parte de sus tierras fueron donadas a la Iglesia, donde se construyó el Hogar Santa Marta, y años atrás había colaborado con la Escuela Técnica Nº 2 de Presidente Derqui. Todo esto es historia que sucedió antes de que yo existiera, pero la huella de su generosidad aún es palpable en cada rincón de la casa.
Tras el fallecimiento de la señorita Lea, los cuidadores originales del campo se fueron, y la residencia quedó bajo la atención de mi familia, a través de mi tío y del Dr. Flavio Sturla, sobrino de la propietaria. Aunque no recuerdo los encuentros ni las presentaciones, sí rememoro largas horas explorando sola la casa, descubriendo rincones que parecían guardar secretos.
Mi familia dice que nací el 19 de septiembre de 1995, pero yo siento que nací un poco después, cuando empecé a reconocer la vida: las palabras, los objetos, los olores. Uno nace, pienso, cuando empieza a comprender que existe.
















