Océano resiliente

Relato en primera persona de Marcelo Giménez, tripulante del Crucero General Belgrano y vecino de Castelar de toda la vida.

“Hay dos formas de ver la vida, una es creer que no existen los milagros, y la otra es creer que todo es un milagro.” (Albert Einstein)

 

El sonido del timbre a media mañana recorre los pasillos del colegio, una puerta se abre y nuestra preceptora anuncia que hay asueto escolar, el motivo: la recuperación de nuestras Islas Malvinas. Mientras nosotros comenzamos el camino de regreso a nuestros hogares para informarnos más de los acontecimientos, algunos se aprestan para festejar tal accionar y otros comienzan a recorrer un difícil camino, no buscado, no pensado, no deseado; un camino con una pesada historia mezclada con orgullo y sabor ingrato.

La vida a partir de ese 2 de abril de 1982 tomó un giro inesperado para Marcelo.

“Me encontraba gozando de una licencia en la casa de mis padres. Por las noticias me enteré que se habían recuperado nuestras Islas Malvinas.”

Esta historia comienza a escribirse en las páginas de la vida de Marcelo, de otra manera, con otro despertar, y este es su relato.

“Cuando ingresé al Servicio Militar Obligatorio, me embarqué en el Crucero Belgrano después de haber recibido una instrucción de dos meses en lo que se llamó Campo Sarmiento, lugar donde se instruía a los marinos y se recibía el adiestramiento y los conocimientos relacionados a los buques de guerra. Medía aproximadamente casi dos cuadras de largo y tenía una altura aproximada de cinco pisos. Inspiraba respeto y orgullo pertenecer o ser parte de su dotación. Una verdadera ciudad flotante que albergó al momento de zarpar el 16 de abril de 1982 desde su dársena en Puerto Belgrano a 1093 hombres, de los cuales regresamos 770 con vida y 323 fueron los que se quedaron custodiando nuestra soberanía en el mar Argentino como héroes de nuestra Nación.”

Su libro hoja a hoja se va completando y la pluma del destino continúa escribiendo… Así llegamos al 2 de mayo y lo inesperado: el hundimiento del Crucero General Belgrano.

“Minutos antes del ataque, me dirigí a mi puesto de combate desde popa (parte trasera del buque) donde se encontraban los dormitorios de la tropa y donde se produjeron la mayor cantidad de bajas, hace que hoy pueda relatar este testimonio.”

“Los momentos en la balsa fueron muy, pero muy duros. Sobre todo porque comenzamos a notar la ausencia de varios compañeros, personas con las que convivimos más de un año. Jamás volveríamos a verlas. Rostros que jamás olvidaremos y llevaremos en nuestras mentes hasta el final de nuestros días. Somos los sobrevivientes los encargados y responsables de mantener viva la imagen de los 323 héroes del Belgrano. Fueron casi dos días soportando olas de 8 ó 9 metros de altura, con fríos que oscilaban temperaturas de 4 ó 5 grados bajo cero, con vientos de 120 km/ h. Manteníamos una posición fetal alrededor del interior de las balsas. A modo de homenaje y despedida se cantó con todas las fuerzas el Himno Nacional, se gritaron varios ‘¡Viva la Patria! ¡Viva  el Belgrano!’ mientras veíamos cómo iba desapareciendo de la superficie del mar.”

“Fui rescatado por un buque de la Armada Argentina y trasladado a Ushuaia. A aquellos que nos encontrábamos en condiciones de viajar, nos trasladaron en avión hasta el aeropuerto Comandante Espora, Bahía Blanca, y desde allí a Puerto Belgrano, Punta Alta. Después de estar en la Base Naval de Puerto Belgrano por unos días, ya evaluados físicamente, nos dieron una licencia para visitar a nuestras familias.”

“Cuando llegué a casa, encontré a mi madre totalmente destruida al igual que a mi padre, que en ese momento no se encontraba en casa por razones de trabajo y al enterarse de que había llegado a mi hogar vino lo más rápido posible a darme un fuerte abrazo que jamás olvidaré… Me susurró al oído: ‘Es el mejor regalo que me han hecho´. Era su cumpleaños.”

“En cuestión de minutos se había corrido la voz de que un soldado que era tripulante del Belgrano había vuelto de la guerra. La casa de mis padres se llenó de gente que quería verme y conocerme. Con el correr de los tiempos me enteré que también en mi ausencia apoyaban a mis viejos alentándolos a no perder las esperanzas de que yo volvería a casa.”

Lo vivido atravesó el alma de aquellos soldados. En esta historia el destino sigue transformando, trasmutando, convirtiendo a ese frío océano en un océano resiliente, con la suficiente alquimia de la vida que lo llevaría a levantar su vuelo ilimitado, expansivo, sagrado, donde su techo es el inmenso cielo. Aquel héroe escaló el supuesto muro vivencial que muchos no pudieron.

 “Después de la guerra, me encontraba en un estado de angustia y con cierto malestar e ira, ya sea por el abandono que sufrimos los veteranos, lo difícil que fue integrarnos nuevamente a la sociedad… muchos de nosotros fuimos abandonados sin ser atendidos por nadie. De allí la gran cantidad de suicidios de veteranos. En el Aikido encontré un lugar que no conocía, de paz y tranquilidad.”

Chelo hoy no sólo tiene el inmenso regalo del amor de su familia, también comparte su pasión por las motos.

“Jamás en mi vida había montado una moto, de hecho lo consideraba una actividad peligrosa. Mi ex socio, amigo y hermano, Miguel, abogado también, me contaba las experiencias en ruta, los amigos y códigos que manejan. Al final me compré la tan elogiada moto. Confieso que al principio tuve cierto temor, pero en cada salida tanto Miguel como otro gran amigo, Eduardo, me cuidaban en ruta y los tenía siempre atentos, cerca de mí.”

Los caminos por él recorridos ya no son lo mismo, su paso ha dejado marcadas a fuego sus huellas y en ese andar, dueño de un enorme bagaje vivencial, finalmente nos dice:

“Siempre que estoy con personas que aprecio y los veo mal por el motivo que sea, les digo: ‘La vida con sus vaivenes y sus altos y bajos es infinitamente hermosa’. Muchos de  nosotros, a quienes nos tocó  pasar por momentos muy difíciles, como lo es una guerra, podemos decir que detrás de ella hay mucho dolor y tristeza; nunca hay un motivo suficiente para elegir ese camino. Tenemos que aprender a disfrutar de las pequeñas cosas de la vida; es una meta que debería tenerse presente y nunca se debe olvidar.”

por Manuel Lemos


Un joven Marcelo embarcado en el Crucero General Belgrano. “Soy una persona que agradece todos los días el levantarse y poder compartir momentos, alegrías, a veces tristezas (porque para eso también estamos) y todo lo que conlleva la vida junto a mi familia y amigos que son los valores más altos y puros que un hombre puede atesorar.”
Un joven Marcelo embarcado en el Crucero General Belgrano. “Soy una persona que agradece todos los días el levantarse y poder compartir momentos, alegrías, a veces tristezas (porque para eso también estamos) y todo lo que conlleva la vida junto a mi familia y amigos que son los valores más altos y puros que un hombre puede atesorar.”
Compartir
Enable Notifications OK No thanks