¿Qué es la muerte? Un estado que indica el final de todo. ¿O no?

Aporte de Joaquín Parada, estudiante de Psicología (UBA)

Entendemos la muerte como un estado que finaliza con el ciclo de la vida. Es, quizás, la única certeza absoluta de la condición humana y, paradójicamente, el fenómeno del cual tenemos menor experiencia directa.

Mientras la biología la define como el cese irreversible de las funciones vitales, la filosofía la ha interpretado no como un evento final, sino como una estructura constitutiva de la existencia.

Es recurrente tener miedo a lo inevitable. Pero ¿a qué tememos realmente? Como decía Epicuro: “La muerte no es nada para nosotros. Cuando nosotros somos, la muerte no está presente; y cuando la muerte está presente, nosotros no somos”.

Si en la muerte hay ausencia total de sensación, no hay dolor ni sufrimiento. No es un “estado” en el que estemos, sino el final de uno.

Siguiendo a Epicuro, surge un interrogante: si la muerte es la nada y no hay sujeto que sufra, ¿por qué es el motor de la cultura y el arte?

Propongo que el miedo no sea a la muerte-estado, sino a la muerte-proceso y sobre todo a la muerte-pérdida.

Tememos lo que ocurre antes y aquello que queda truncado: el deseo.

La filosofía sugiere que el miedo a morir es, en realidad, un miedo a la incompletitud. El ser humano es el único animal que hace planes a largo plazo; la muerte es la interrupción de esa narrativa personal que construimos día a día.

Para Heidegger, definir la muerte solo como un suceso biológico es quedarse corto. Para él, el ser humano es un “Ser para la muerte”. Esto quiere decir que la muerte no nos espera al final del camino, sino que camina con nosotros, dándole forma a cada instante.

Tal como sostiene el autor, la muerte funciona como un límite que le otorga sentido a la vida. Ese sentido es el que nos permite reflexionar sobre nuestros actos y hacernos cargo de las consecuencias.

Imaginemos un libro sin final: carecería de estructura e importancia. Lo mismo pasa con nuestra vida; si nunca se acabara, no habría responsabilidad sobre los actos, pues podríamos rectificar en cualquier momento.

En última instancia, la muerte es el sentido que nos da razón para vivir. No somos seres infinitos, sino arquitectos de una obra única.

 Aceptar nuestra finitud no es desesperanza, sino la mayor afirmación de la vida: saber que cada decisión cuenta porque nuestro tiempo es el recurso más precioso que poseemos.

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