
Nicolás nació en 1988 y se crio en Pilarica, un barrio de Pilar, entre calles de tierra, amigos, asados y una casa donde siempre había alguien entrando o saliendo. Fue a seis colegios -y repitió primero del Polimodal-, pero aprendió mucho más mirando a su abuela, escuchando historias y viviendo rodeado de gente.
La ternura anidó en su mirada y su mano se extendió para los amigos y apoyar espacios culturales del distrito.
Le gusta escribir, la música, viajar, el olor a tierra mojada y las sobremesas largas. Prefiere las charlas en la cocina mientras todos bailan en el living. De chico solía quedarse un poco al costado, mirando lo que pasaba. Tal vez ahí aprendió a observar y a encontrar algo extraordinario en esas cosas que para los demás parecían ordinarias.
Hoy tiene 37 años, es nostálgico por naturaleza y bastante amigo de recordar. En su primer libro publicado, con el acompañamiento de la editorial local El Bodegón Ediciones, hay relatos y poemas. En todos ellos, la esperanza brilla.
“Hay recuerdos que parecen insignificantes hasta que pasa el tiempo. Una merienda después del colegio. El olor a tierra mojada. Una canción sonando desde algún parlante. Una mesa a la que siempre había que agregarle otra silla. Un amigo dando la mano en un recreo. Una fuente que ya no existe. Recuerdos de un milenial nace de volver a esos lugares”, reza la contratapa de este libro único.

“A una infancia de barrio, de amigos, de familia y de pequeñas cosas que, sin saberlo, estaban construyendo algo mucho más grande. Pero también habla de crecer, de perder, de querer, de despedirse y de descubrir que algunas personas y algunos lugares pueden irse sin desaparecer del todo. Este libro no intenta explicar el pasado ni quedarse a vivir en él. Es, quizás, una manera de mirarlo una vez más”.
Nicolás fue parte del Centro Cultural Mermelada, entre otros proyectos, apostado en Colectora Panamericana Ramal Pilar que, durante años, cobijó el abrazo entre amigos y amigas gustadores de poesía, encuentros con la música y la comunión con las artes en todas sus múltiples expresiones.

“Porque el tiempo cambia las casas, las calles, los cuerpos y hasta los lugares donde alguna vez fuimos felices. Pero hay recuerdos que encuentran la forma de quedarse”.
Un milenial es alguien nacido a principio de los 80 y mediados de los 90 en Argentina, con un pie en el mundo analógico y otro arrastrado por el tsunami de la era digital.
En la música, el milenial, pasó del casette, el dvd, al spotify. Leyó revistas, miró dibujitos en la tele y se conectó a las primeras bandas anchas de internet (las del sonido del modem 56k).
Un milenial, con suerte, tuvo en su casa un teléfono de línea con la ruedita de números para discar, conoció los primeros Motorola tipo ladrillo, los StarTAC con tapita y, ahora, los nuevos Samsung o iPhone.
Un milenial alquiló películas VHS en el video club del barrio y ahora se deslumbra con las innumerables ofertas en las decenas de plataformas que ofrece el mercado.
Por eso, tal vez, es tan importante esta obra. Porque abraza el ayer y el hoy. Conjuga el baldío donde jugábamos de niños con este tiempo de pantallas digitales.






