Por Victor Koprivsek Velárdez

El Teatro Municipal Ángel Alonso cumplió 50 años y los muchachos de Rozza Orzuzza me invitaron a decir unas palabras en el hall central el viernes 24 de octubre para el estreno de Arde Urda. Después de que pasara todo, me puse a pensar en las puertas que son umbrales que te empujan de nuevo a caminar por lugares que parecían perdidos o ajenos.
El arte es eso, pensé.
Juan Godoy, Horacio Dan, Hernán Deluca, Julieta Fares, Pablo Romero, Agustín Ricca, Sol Dongarra, Daniela Bocardo, Celina Lapeyre y Sofía Rojas, con dirección de Hernán Deluca. El staff del estreno.
La gente llenó el teatro. La presencia tangible del gran Titi Villar sobrevoló entre nosotros. Las palabras contaron la historia del porqué de la refundación con el nombre de Ángel Alonso, palabras espontáneas de uno de sus mentores, don Deluca. En medio del tumulto, los muchachos te recibían y te daban el papelito de la entrada, la puesta en escena de la obra, impecable. Los abrazos en multitud arriba del escenario entre los protagonistas y el público desbordado que subió al tablao sin permiso. Los aplausos de pie. Todo ese combo fue como beber de un trago el cáliz sagrado, una especie de última cena que de vez en cuando la vida te convida para refrescarte el propósito olvidado, o guardado vaya a saber en qué cajón del conformismo que, como ceniza en el alma, le cae a cualquier mortal. Vaya si me animó a compartir esta nota que sale del esquema periodístico clásico para intentar describir un poco la poesía viva que latió esa noche entre nosotros.
Risas, luces, silencios, maquillajes, ojos rojos mirando fijo desde el escenario, impregnados de la noche oscura en la que, me atrevo a decir, la pluma desbocada de Alejandro Urdapilleta parió esos textos hace ya varias décadas.
Artista rancio y colosal. Y acá, a ras de tierra, la actriz y los actores elevándose desde el barro todos mugrientos y marginados, subiendo a medida que pasaba la obra hasta alcanzar el abrazo apretado y colectivo, de una luna también alucinada y sedienta de multitud.

No sé si volverán a presentar Arde Urda, ojalá; pero este fue el momento, el lugar y la gente. Desde la primera fila en que gentilmente me ubicaron, pude sentir el temblor de cada línea expresada con implacable minuciosidad, con sus pausas y sus acentos, con los brazos alados que giraban como manotazos de alguien que no quiere morir en un pantano, cada uno de los actos encarnados por el elenco fue una batalla de vida o muerte, un dejarlo todo porque después no hay más.
Conozco a Rozza Orzuzza desde sus inicios, desde el mismísimo comienzo de sus pasos, y déjenme decirles que el martillo y el cincel que han golpeado con fuerza esa dura roca hasta hacerla añicos, hasta desmembrarla como caballos con cuerdas atadas a sus extremidades y dejar el charcadero de sangre y dolor, fueron tan necesarios como el pegamento que luego fue volviendo a darle vida a ese menjunje de tendones y rostros y manos parapléjicas que contemplé ayer. Asombrado y absorto por los milagros del tiempo.
Se deben haber hecho homenajes a Urdapilleta en muchos lugares, imagino, porque lo merece; sin embargo, no miento si digo que su espíritu estuvo este viernes con nosotros.
Su mirada desde algún rincón del Ángel Alonso, riendo, puteando, escupiendo obscenidades y ternuras, aplaudiendo a rabiar o dando de puñetazos a las paredes hasta sangrar sus nudillos.
Porque la incomodidad, amigas y amigos, es un magma candente donde se funden todos los elementos que después les dan forma a los continentes, a las estrellas fugaces que desaparecen y dejan su halo de luz.
La incomodidad es la cacería cargada de adrenalina que termina entre los dientes de las bestias masticando la carne aún con vida, sufriente, llena de la misma adrenalina de muerte calmando el hambre de la desesperación.
Un hambre que volverá. Una muerte que seguirá repitiéndose por los siglos de los siglos y que nunca se saciará. Porque acá nadie hace lo que quiere. Nadie respira en la dulce pradera del edén perdido para siempre.
En esta vida, abajo o arriba del escenario, la incomodidad rige el andar de los mortales. Los enferma, los subleva, los esclaviza, los reviste de corazas, los abre al medio con su enorme cuchillo de carnicero para que salgan las tripas gritando o en silencio, mientras acontece el descuartizamiento.
La incomodidad. El dolor en la panza, los nervios crepitantes, las ganas de pegar o de explotar o de cambiarlo todo.
Hay destructores que surcan mares y desde las costas amenazan con sus cañones de fuego. Apuntan y amenazan con la incertidumbre y el miedo. Y también hay cubos negros, compactos, que van cerrándose contra la masa encefálica, apretando, cercenando, estrujando hasta llenar de venitas rojas los ojos desde donde miramos todo lo que nos rodea.
Esa belleza única que te ofrece la vida mientras respiran tus pulmones y tu corazón bombea, oxígeno y nutrientes, entre sesenta y cien veces por minuto para que tu cuerpo no se infecte ni se pudra.
Porque, no está demás decirlo, es más, creo que es muy pertinente decir que es inmediata la putrefacción de un cuerpo después de que su corazón se detiene y deja de latir.
A eso se le llama cadáver.
¡La pucha! Después dicen que la cultura no sirve para nada y la tratan de borrar como a esos pueblos bombardeados, torturados, desmembrados, hambreados, sufrientes. Cosas que pasan ahora y pasaron en todos los tiempos de la historia humana y seguramente seguirá pasando.
Hasta que caiga otro meteorito y empiece la Tierra de nuevo con su magma de fuego. Ardiendo otra vez hasta fundirlo todo hasta los huesos.






