Con toda su biodiversidad natural es un implacable enemigo del hambre, un feroz defensor de la salud y un cultivo impregnado de historia.
Una canción suena en la tarde con olor a merienda. Es la historia de una reina. Esperaba su hora sobre un plato de lata. Sin resignarse a su trágico destino de ser comida, se escondía del sádico cocinero debajo del mantel o de la mesa.
La batata, una simple raíz con enorme potencial nutritivo y medicinal debido a la gran presencia de vitaminas, proteínas y minerales, era – en la canción – ama y señora de la cocina.
Este tubérculo es enormemente apreciado en el mundo pues es la especie que posee mayor cantidad de vitamina A. Esto explica el hecho de que su consumo se haya generalizado en la mayoría de los países en desarrollo ya que, por ejemplo, su ingesta ha permitido atacar a la ceguera infantil que aún afecta a millones de niños en el mundo.
Otra de sus característica importante es la presencia de vitamina C, sustancia orgánica imprescindible para el crecimiento y reparación de los tejidos, al igual que para la cicatrización de heridas y el mantenimiento de los cartílagos, huesos y dientes.
Contiene potasio, hierro, almidón y sodio. La presencia de ácido fólico en esta hortaliza hace que sea recomendada para las mujeres en estado de gestación, en caso que no puedan consumir pastillas de ácido fólico o complementos nutricionales.
Es rica en antocianinos, sustancia orgánica de gran capacidad antioxidante que según estudios de la Universidad Estatal de Kansas previene el cáncer de colon y el envejecimiento. Facilita además la evacuación intestinal ya que es rica en fibra hasta 2 gramos por cada 100 gramos de pulpa.
Estaba la reina batata sentada en un plato de lata. Una nena que llegaba de la plaza la salvaba de las garras del verdugo. La reina en su trono, temblando de miedo, poblaba de magia tardes eternas y violetas.
La batata, ejemplo del intercambio entre América y Oceanía
Un último estudio realizado sobre esta hortaliza demuestra que en 1492, La Pinta, La Niña y La Santa María, comandadas por Colón, no fueron las primeras embarcaciones extranjeras que llegaron a las costas de América; resulta que, oriundo de América y cuya existencia data de más de 10.000 años, también se encuentra en algunas islas de la Polinesia, en Oceanía.
Esta raíz es parte de la dieta, a veces cotidiana, en muchos países del continente americano. Pero hoy, es también ampliamente cultivada en varias islas de Oceanía. La pregunta es cómo se trasladó hacia allí.
Según un grupo de científicos franceses del Centro para la Cooperación y la Investigación Agrícola para el Desarrollo, el primer viaje se habría producido entre el año 1000 y 1100 D.C, es decir, al menos más de tres siglos antes que el viaje de Cristóbal Colón desde Europa.
Algunos habitantes de Oceanía habrían tomado sus embarcaciones y siguiendo la ruta del Pacífico, habrían llegado hasta las costas de Ecuador y Perú. Allí habrían intercambiado diversos elementos con los nativos de la región y en su viaje de regreso a Oceanía llevaron en sus barcos las raíces de batata.
Para llegar a esta novedosa conclusión los científicos no sólo analizaron genéticamente más de 1.200 muestras de este alimento de Oceanía, sino que desempolvaron la historia y estudiaron las plantas que el Capitán James Cook, el primer europeo que estuvo en las islas Polinesias en 1769, se llevó consigo y que actualmente se conservan en el Museo de Ciencias Naturales de Londres.
Esta es la primera confirmación científica de los intercambios entre polinesios y sudamericanos. Se trata de viajes en los que iban y venían alimentos, palabras y utensilios de trabajo que aún se están investigando. Al parecer un encuentro pacífico, como el nombre del Océano que une a la Polinesia con la América del Sur.















