CHAVELA EN NETFLIX

por Graciela Saldaña


El hacer de Chavela resulta un legado no solo por el canto sino por su posición vital. Chavela nació cantando. ¿Qué quiere decir esto?
Que de pequeña ya tuvo un hacer que la captaba. Un hacer que le hacía sentir otra cosa que las penitas de la vida, o más bien, un hacer que la acompañaba en ese tránsito.


Cuando murió su compañero de Ranchera José Alfredo Jiménez, después de saludar a los íntimos, se sentó cerquita de él y cantó, y cantó. Cantó la pena que la víspera le presentó. Y quien canta a ese misterio que es la vida, no es sin pasar por ese agujero negro que anuda nacer y morir.
Estaba mal, cantaba; estaba bien, cantaba. Ella cantaba.
No le interesó hacer su camino en un país con marcada tendencia al autoritarismo, al machismo. Amaba ese cielo, amaba la intimidad de esa cultura, la suya. Las dificultades de estar inmersa en una sociedad moralista y prejuiciosa no le impidieron avanzar en lo suyo, en ese amor al canto, al escenario.


Estimo que hacerse un nombre desde una marginalidad reconocida en las antípodas del poder y del caretismo social va diciendo de su ética para vivir. Hacer un polo de atracción, donde toda la intelectualidad no sólo de México sino de América y Europa deseaba estar. ¿De qué se trata? ¿No es saber hacer con el objeto de deseo?

Hacer sentir el efecto del objeto voz, eso situado más allá de la palabra no es para cualquiera. Ella supo hacer con ello. En el escenario, las letras se transformaban en vívidos sentires que penetraban un profundo silencio, retornando en forma de lluvia de sensibilidad sobre su público. Nadie salía indiferente de esos encuentros. Se la quería, se la deseaba. Ella era una flauta llamando al gozo. Y como sabemos al gozo no le pertenece ninguna identidad sexual, ni partido político, ni ninguna religión. “Gozo” es la expresión más inhumana que conlleva lo humano, y su práctica la dignidad de los mortales.

Así, aquellos que nos acercan a esta sensibilidad del sentir están siempre presentes porque ellos no tienen otro tiempo que el inmanente trascendental, o sea son eternos, como el cielo.

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