Facundo Cisterna (16 años), hijo de la vecina Patricia Palpacelli, es el joven autor de este maravilloso cuento inspirado en un equipo del fútbol nacional: “River en la época de los hombres perro”.
Redacto esto en la misma semana en que se oficializó la copa campeonato de 1936 ganada en ese entonces por la institución riverplatense. Tal hecho generó controversia y no se hicieron esperar los comentarios de “river campeón de escritorio”, “La AFA quiso que River fuera campeón”, entre otras frases absurdas y carentes de argumentos.
Yo tengo una teoría extraña muy difícil de explicar así que voy a tratar de escribirla.
Estoy mirando sin parar videos de River de aquella época, la llamada “máquina” que obtuvo 5 campeonatos en 6 años. En ese entonces, River jugaba con 5 delanteros, que recibían faltas muy duras, no se tiraban, no se caían, no se quejaban con el árbitro, no buscaban con astucia el tiro libre directo o el penal. En cada jugada, los jugadores seguían con los ojos en la pelota mientras hacían equilibrio y esfuerzos inhumanos para que lo que le hayan hecho no sea falta.
Me quedo de repente atónito, algo me resulta familiar en esas imágenes, ese gesto de introspección desmedida, los ojos atentos, japoneses, como si les costara leer un subtítulo. Enfocan la pelota y no la pierden de vista aunque los apuñalen. ¿Dónde había visto yo esa mirada? ¿En quién?… Pongo el video en pausa y entonces lo recuerdo… Son los ojos de Cerberus.
Yo tengo un perro que se llama Cerberus (un Bull Terrier), nada lo conmueve, no es un perro inteligente. Vienen los ladrones y él los mira llevarse el televisor; suena el timbre y parece no escuchar. Le compro juguetes y se los come. En cambio, cuando mi hermano, mis hermanas o yo tomamos un bollo de medias, una simple bola de tela, Cerberus enloquece… quiere esa media más que nada en el mundo. Muere por llevarse ese nudo de telas viejas a la cucha. Yo se la muestro en mi mano, la enfoca y no la pierde de vista, la muevo de un lado a otro y el cuello de Cerberus se mueve exacto por el aire como los ojos de aquellos jugadores hambrientos de gloria.
Descubrí esta tarde que aquel equipo era un equipo de perros. Tiene mucho sentido: los perros no se hacen los rengos cuando ven venir un auto, no se quejan con el árbitro cuando se les escapa un gato por la medianera, no buscan que le saquen doble amarilla al recolector de basura.
Después el fútbol se volvió muy raro. Ahora mismo, en este tiempo, a las personas parece importarles más la burocracia del deporte, sus leyes. Después de un partido importante se habla una semana de legislación: ¿Fingió realmente Pedro la falta dentro del área? ¿Dejarán jugar a Martín, recordando la cláusula 208 que indica que Ernesto está jugando el sub-17? ¿El técnico local mandó a regar mucho el césped para que los visitantes patinen y se rompan el cráneo? ¿Desaparecieron los alcanza pelotas cuando el partido estaba 1 -0 y aparecieron cuando se puso 1-1? ¿Descontó correctamente el árbitro los minutos que perdió Pedro a causa de la protesta de Juan por la pérdida de tiempo de Luis en hacer el lateral?
No señor, los perros no escuchan la radio, no leen la prensa deportiva, no saben si un partido es amistoso o una final de copa, quieren llevarse la media a la cucha, aunque estén muertos de sueño y lo estén matando las garrapatas.
Sólo hasta los años ´50 jugaron al fútbol los hombres perro, después la FIFA nos invitó a todos a hablar de leyes y artículos y nos olvidamos que lo importante era la media. Pero aquellos jugadores lo tenían bien claro y lo demostraron en la cancha. Ahí salieron campeones…. no en un escritorio.





