“He tenido una vida feliz”

Amanda Clementoni y la historia de vida de una mujer ligada a Castelar desde hace 86 años.

Un año nuevo comienza a desenrollarse. Leí por ahí que habrá 365 oportunidades cada día para apostar por nuestros sueños. Sueños hechos de utopías y libertades – aunque los conspiradores intenten desvanecerlos – y de cosas simples, cotidianas – no por eso más sencillas de conseguir – como las carcajadas de nuestros hijos, esas que nosotros a su misma edad a veces escondimos entre las sábanas cuando en la mesa había lo que podíamos y no lo que queríamos; sueños construidos por los sueños de nuestros abuelos, bisabuelos, o tías abuelas, que con sólo una golosina o una cuento antes de dormir nos hacían felices.

Esta es la historia de una tía abuela (la de Antonella Rocchi pero que me recuerda a las mías – Dora y Lía – y los mejores momentos de mi infancia), una de esas personas que vieron pasar frente a sus ojos tanto y más, de voluntad inquebrantable, de mano incondicional. Esta es la historia de Amanda Clementoni.

“¿Cuántos años tengo? Tengo 86 años, te puedo contar porque nadie me los da”, dice cervecita de por medio. “Estuvimos un tiempo en Villa Sarmiento y después ya nos mudamos acá, a Castelar. Tenía 8 años. Vivíamos en Montes de Oca y Carlos Casares. Castelar era divino. Cuando yo vivía en esa esquina, las calles eran de tierra.”

Corría el año ‘37, iba a segundo grado a la escuela N°7 Tomás Espora, cuando su familia se afianzó en Castelar y no se fue más.

“Secundario no tengo, tengo varios títulos. Soy técnica en floricultura y jardinería, dactilógrafa, profesora de piano. Yo misma me maravillo de las cosas que hacía. Enseñé bastantes años. Por ejemplo, tuve de alumna a la hermana del Dr. Ovando.”

Amanda es soltera, confiesa que el único problema de no haberse casado fue no haber tenido hijos porque en ese tiempo “si llegaba a quedar embarazada siendo soltera, mi papá me mataba como buen italiano que era. Las mujeres eran para la casa, coser, bordar, cocinar. No nos podíamos pintar las uñas. Ahora las mujeres, si te descuidás, ganan más que los maridos.”

“Mi papá era italiano, del norte, se vino de polizonte en un barco a los 11 años. Durante esos días de barco, comía todos los días polenta. Entonces en mi casa no se hacía nunca, ¡porque no la podía ni oler! Tampoco le gustaba el vino. Nos contó que una vez, jugando, otros chicos lo metieron de cabeza en un tonel de vino y casi se ahoga. Se llamaba Atilio Albino Aristodemo. Fueron 18 hermanos de dos madres distintas. Mi abuelo le puso 3 nombres que comenzaban con la letra ‘a’ a todos sus hijos. Nunca supimos por qué. Mi mamá se llamaba Emilia Victoria pero todos le decían Victoria Emilia. Tal es así que cuando ella firmaba, lo hacía como Victoria Emilia. Una vez tuvo un problema porque ella firmaba de una manera y se llamaba de otra. El abogado tuvo que aclarar que eran la misma persona cuando vendieron una propiedad.”

Anteúltima de 5 hermanos, tres mujeres y dos varones, sólo quedan ella y su hermana vivas. Una infancia humilde pero plena llena de colores la tarde. “Cuando nos traían una muñeca para Navidad, saltábamos hasta el cielo. Eran otros tiempos. Por más que éramos pobres, no me puedo quejar. Las mujeres teníamos amigos varones por mis hermanos, jugábamos a las cartas, tomábamos mates hasta la medianoche en un banco que teníamos en la puerta de casa. Cerrábamos la calle para jugar al carnaval.”

– ¿Cómo era Castelar en ese entonces?

– Mi papá prácticamente fue el fundador de Castelar. Se llamaba Kilómetro 22. La estación era un tablón de campo. Eran todas quintas, la gente venía a veranear o los fines de semana. Por Alem y Deán Funes, estaba la laguna Martínez, pertenecía a una familia que se llamaba así. Donde estamos ahora (Carlos Casares y Pompeya) había una quinta de unos hermanos, la entrada la tenían por Carlos Casares, en la esquina tenían plantas de ciruela y como no nos daban, con una latita y una caña les robábamos. Entre Arias y Pompeya estaba la quinta de los Costa. No eran tantas familias. Otro recuerdo que tengo de esa época es cuando Perón y Farrel pasaron por la esquina de casa porque iban a Luján. Iban en auto. No sé por qué agarraron por esta calle. Me acuerdo también que donde está la farmacia Rossi, bajó el zeppelin. Año ‘35 ó ‘37. Fueron los varones a verlo, las mujeres no, una vez más por el machismo.

Amanda vivió en la esquina de Carlos Casares y Montes de Oca hasta hace 60 años, cuando se mudaron a Avellanda y Goyena, a donde también pusieron una carnicería.

“Mi papá siempre tuvo carnicería así que cuando nos mudamos, también abrió una. Teníamos teléfono que para esa época era una novedad. Te cuento una anécdota de la carnicería. Mi papá era antiperonista y los inspectores lo sabían por eso venían siempre; sin embargo, nunca encontraban nada para clausurar el negocio. Antes no se usaban las bolsitas para la carne, se usaba papel para envolver. En una oportunidad vinieron un sábado, el día que más se trabajaba preparando los pedidos; había milanesas de nalga puestas en un papel, cuando las pesaron, faltaban 30 gramos, por la sangre que se había escurrido, por eso le clausuraron la carnicería 30 días y lo llevaron preso por 30 días también.”

Nada mejor que una mirada llena de recuerdos y paisajes. Nada mejor que escuchar las anécdotas de alguien que vive con la tranquilidad del tiempo que pasa sin apuro.

“Mi vida la transcurro caminando. Hago los trámites de mi casa, a donde vivo con mi hermana, mi sobrino y su familia. Siempre llevé los papeles, alguien lo tiene que hacer. Vendo cosas de Avon, cosas de blanco. Voy a la calle Avellaneda a comprar, hay cosas lindas y baratas.”

“En Castelar hay cosas buenas y malas. Dentro de las malas, en mi opinión, están los edificios; para su construcción, se han cortado muchos árboles, tan necesarios para la purificación del aire, para evitar ruidos. La verdad me da mucha pena, yo ando  mucho en la calle y se nota su ausencia. Hace algunos años, hice una campaña para que plantaran árboles en la calle. El muchacho que se encargaba de eso vivía en la otra cuadra de mi casa. Plantaron los árboles pero después de un tiempo desaparecieron: los mismos vecinos los desplantaron. Mucha gente no quiere tenerlos en la puerta de sus casas porque no se lucen, les gusta aparentar. Otra cosa mala es que se perdió andar en la calle, no conozco a mis vecinos. La gente no se da como se daba antes. Tomar mate en la calle es una antigüedad.”

Amanda y un último recuerdo volviéndose presente.

“Mi mamá era un pedazo de pan, bien tiernito, era buenísima, por no discutir decía todo que sí, no le gustaban las discusiones. Los domingos eran terribles, las peleas eran pasionales, de política, religión… todo se calmaba cuando íbamos a almorzar. Para los fines de año llegábamos a ser 30 de familia. Quedamos muy poquitos. ¿Te cuento otra cosa? Cuando mi mamá se murió, yo estaba al lado de ella, cuando dejó de respirar, vi una cosita blanca que se iba para arriba… En ese momento, yo practicaba yoga y cuando meditábamos, yo sentía que me elevaba, yo misma quería bajar, me daba miedo. Como tenía de clienta a una señora que practicaba mucho yoga, le pregunté entonces qué podía ser eso y me dijo que era el alma de mi mamá… me acuerdo y me emociono, lloro. Yo digo que hay que creer en esas cosas, lo vi. Yo la adoraba a mi mamá,” y los ojos se empañan mientras el silencio acompaña la emoción.

“He tenido una vida feliz. Le agradezco a Dios llegar a los 86 años como llegué.”

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