“La música me salva la vida desde hace mucho tiempo”

Viviana Scaliza, una de las integrantes de Blacanblus, y su eterno amor por la música y Castelar.

Sólo se alejó de los pagos 12 años, después, desde que nació y hasta ahora, estuvo siempre en Castelar. Para ella, su barrio es una aldea, un lugar que adora, su lugar en el mundo.

“El crecimiento tiene sus desventajas porque en un lugar donde antes había una casa, ahora hacen un edificio donde vive mucha gente y todo comienza a colapsar, tiran casas que son hermosas… vi caer las primeras, por ejemplo una casa icónica como la que había en Carlos Casares y Sarmiento. Todo ese lugar, un cuarto de manzana, era una casa muy grande, los vecinos más viejos, y no tanto, se acuerdan de la casa increíble que había ahí”, señala al recordar cómo era Castelar hace no tantos años.

“Acá, a dos cuadras, en Avellandea y Alem, había una casa japonesa, tenía alrededor un foso donde nadaban patos. Tenían hasta un pavo real… con los años me pregunto si no estaré delirando o no lo habré imaginado. La gente sentaba a sus hijos en el pilarcito de la puerta para sacarle fotos. Además, comienzan los mitos después, quién sería el dueño de la casa, por qué la hicieron. Hay mucho de eso en la zona. Hay lugares que no conocí como la laguna. Al arroyo sí lo conocí. Íbamos con el abuelo de una amiga que tenía que caminar, era un divino, don Adolfo, nos encantaba salir con él porque era copadísimo, así que íbamos por el arroyo hasta Tesei.”

Su otra gran pasión es la música, una relación que empezó de muy chica. “Es algo de toda la vida. Me regalaron una guitarra cuando tenía 5 años porque rompía guitarritas de juguete, ‘¿por qué no habré rotos pianos?’ me digo ahora, me hubiesen regalado uno.”

Todas las grandes pasiones tienen un momento de origen inolvidable, en este caso relacionado con una profesora. Viviana iba al Escuela Modelo de Castelar que estaba a donde ahora está el colegio Ghandi. En primer año tuvo una profesora de guitarra, se llamaba Elisa Chindamo, muy joven, tenía 23 años.

“Comencé el secundario en el ‘76, así que un tiempito después, con el golpe de estado, cambió el programa, cambiaron materias… una de las cosas que no se podía hacer era estar con la guitarra en el aula en las horas que no fueran de música. Por eso, la dejaba en dirección y la buscaba en la hora de música y de vuelta la llevaba a dirección cuando la clase terminaba. Elisa plantó en mí una semillita alucinante con el tema de la música porque me llevó a un coro. Lo dirigía Edgardo Lettieri. Para mí, fue una revelación; cantar en serio fue una revelación. Mi carrera la hice con las Blacanblus, que fue un grupo coral. Yo creo que ahí empezó como algo obvio, ahí se me fue todo el resto de la vida al demonio, no me importó nada más que cantar.”

Su vida comenzó a girar alrededor de eso. A su padre no le causaba mucha gracia; sin embargo, cuando falleció, en el 2000, mirando entre sus cosas, Viviana encontró recortes de todos los diarios en donde había alguna nota suya.

El recorrido por su carrera musical está nutrido de bandas y de amigos.

“A los 18 años tuve mi primera banda, Amerizio, con gente de la zona un poco más chica que yo, éramos un desastre pero era muy divertido, en la actualidad nos seguimos viendo. En ese momento conocí a Rodrigo Martínez de Aguirre, quien no sólo es un amigo del alma sino que está tocando la guitarra en mi banda ahora… 35 años después Rodrigo está tocando conmigo. Con él tuvimos otra banda que se llamaba May Day, con la que tocamos mucho por la zona. Otra banda con la que tocamos bastante fue la Blu,  allí estaba con Jorge Do Carmo, con quien tocamos hasta hace algunos años.”

Las Blacanblus se forman cuando Viviana sale de la clase de Cristina Aguayo, una cantante de blues y jazz muy grosa, a la que ella llama su madre blusera.

“Fue un éxito que duró 15 años, si bien no fue súper masivo como lo fue en esa época la Mississippi. Hubo varios factores que contribuyeron. En los ‘90 se dio la moda, siempre me resistí a esa palabra, diré mejor el auge del blues. Ya había venido B.B. King un par de veces, también Ray Charles. En realidad, nosotras no nos quisimos subir a la ola del blues, lo que hacíamos era emular grupos vocales negros afroamericanos femeninos, buscar esos arreglos aun en las cosas en castellano. Acá no había bandas así, nosotros empezamos en el ‘92. No había un grupo como el nuestro. Otra de las razones es que hacíamos negro espiritual, música negra, también hacíamos algún blues, era muy novedoso. Yo escucho ahora algunas cosas de la primera época, y me sorprendo. ¡Cómo no les iba a gustar si sonaba de la puta madre!”

En el 2006, luego de grabar su último disco, la banda se separó. Viviana ya se había vuelto a Castelar, al refugio de la casa paterna y de la música, lejos del desgaste que produjo el intentar grabar un disco en el 2001.

“Ya éramos tres, Mona se había ido en el ‘99 y hubo como un cansancio, era remar en dulce de leche, hubo épocas en las que teníamos tres shows por mes, dos se caían y en el otro nos querían bajar el cache, la situación del país era difícil. Sacamos el último disco en el 2005 y en el 2006 nos separamos. Yo ya me había ido, tocaba sola, con Fernando Bourgeat, después seguí tocando con Jorge Do Carmo y más tarde se formó una banda que con algunos cambios es con la que estoy ahora.”

Hace 20 años, además, da clases. Comenzó con clases de canto negro y ahora también de técnica vocal.

“Cuando pasa todo esto en el 2001, y me vuelvo aquí, cantar nada más no rendía… en se momento tenía 4 alumnos, cuando venía el quinto se me iban dos, hasta ahora que se puede decir que mi entrada es esa. Dar clases tiene muchas satisfacciones, se aprende mucho, el trato con la gente (las clases son personalizadas, individuales), hablás con mucha gente.”

Si determinadas cuestiones se dan bien, finalmente Viviana grabará su disco solista, que es lo que se viene debiendo a ella y a los músicos que tocan con ella.

“El aguante que me hacen es alucinante, somos una banda, todos tenemos voz y voto y cada cual aporta todo el talento que tiene, y sus arreglos. Es muy linda banda a nivel humano, nos divertimos mucho. En la música es importante eso, es lo que también le digo a mis alumnos, acá van a aprender, por momentos y en algunas cosas soy un poco dura pero siempre dentro del pasarla bien. Que cantar sea una tortura no existe. Algo que tiene que regocijarte el corazón, que llegue a torturarte, no tiene sentido. Siempre tiene que haber diversión en lo que hacemos.”

– ¿Qué consejo les darías a las bandas que están empezando?

– Lo peor que le puede pasar a un músico es que le hagan pagar para tocar. Esto cambió un poco con la ley de música pero si un tipo que tiene un bar puede tener 4 bandas de pibes que le rinden 60 entradas cada una en vez de que vaya yo por ejemplo o cualquier otro músico con trayectoria, va a elegir las 4  bandas de pibes que le rinde 50 ó 60 entradas y además les va a cobrar. Por eso, no sólo yo, sino otros músicos con experiencia, estamos tratando de concientizar a los más jóvenes para que no paguen para tocar.  Nadie pagó tu instrumento, nadie pagó tu estudio, nadie va a pagar tu instrumento si lo sacás a la calle y te lo roban y no lo tenés asegurado, nadie… el bolichero que se quede con su porcentaje si te da algo porque ya se va a quedar con la barra.

– ¿Qué es la música para vos?

– La música para mí es lo que me salva la vida todos los días desde hace ya mucho, mucho tiempo.

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