
En un mundo saturado de mensajes complejos y voces que compiten por llamar nuestra atención, Ana Fernández nos recuerda que lo extraordinario puede nacer de lo simple.
Sus devocionales —claros, breves y llenos de fe— han traspasado fronteras y hoy llegan a cárceles, comunidades originarias, iglesias y hogares en distintos países.
Con 77 años, Ana sigue escribiendo, grabando audios y alentando a nuevas generaciones. En esta conversación, compartió su historia, su pasión y la huella que quiere dejar.
-Ana, ¿cómo nació la idea de escribir tus devocionales?
-Este libro nació de unos audios que comencé a enviar en la época de pandemia. Me vi imposibilitada de ir a los distintos grupos de estudio bíblico en los hogares semanalmente. Me dolía y me entristecía pensar qué sería de esas personas, muchas de ellas mayores, encerradas sin los encuentros que tanto nos llenaban de gozo. Primero llamaba uno por uno para alentarlos. Después vinieron los audios, que empezaron a circular cada semana. Y de allí surgió el libro. No fue un proyecto planeado, fue la respuesta de Dios en medio de la necesidad.
-¿Qué fue lo más difícil de ese tiempo y cómo la escritura se convirtió en un refugio?
-Lo más difícil fue sentirme encerrada, sin contacto con las personas, que es lo que más me gusta. Hablar a través de los audios y sentirme correspondida fue un refugio. Me llamaban para pedirme que continuara. Saber que algo tan sencillo estaba trayendo vida a otros me devolvió el gozo al corazón.
-Muchos definen tus devocionales como “perlitas edificantes”. ¿Qué buscaste transmitir en ellos?
-Siempre pensé que debía hablar de manera sencilla, como si me dirigiera a un niño. La enseñanza debe bajarse de tal forma que todos la entiendan, no para lucirme sino para que sea útil. Mis devocionales son cortos, apenas unos trece renglones. Pero la idea es dejar una semilla que trabaje en la mente durante el día. Prefiero que quede una frase clara y transformadora antes que un discurso largo.
-¿Hay alguno que te haya marcado de manera especial?
-Sí, “Prosigo a la meta”, basado en Filipenses 3:12-14. En un momento de crisis personal, me decía: “Ana, tenés que seguir… ¿cómo? No lo sé”. Fue muy importante el aliento de Alberto, mi esposo, y de Jemima, mi hija. Ellos me sostuvieron para seguir escribiendo y compartiendo aun en medio de la incertidumbre.
-¿Cómo influye tu vida devocional en lo que escribís?
-Es la base de todo. Yo creo que casi no podría escribir con gozo si no tuviera mi encuentro con el Señor. Muchas veces pienso en un tema y al otro día mi devocional personal trata exactamente de eso. Entonces confirmo que es Dios quien guía. Casi todo lo que escribo sale de mis encuentros con Dios. A veces algo de la naturaleza o una charla con alguien me inspira, pero básicamente todo brota de ese tiempo de
oración y Palabra. Sin esa base, no podría escribir.
-¿Qué papel tuvo tu familia en este ministerio?
-Un papel central. Alberto es sereno y me ayuda a equilibrarme cuando me acelero con ideas. Me guía y me baja a tierra. Mi hija Jemima siempre me animó: “Mamá, hacelo”. Incluso mis nietos forman parte. Benjamín está mencionado en el libro, y se siente orgulloso de ser parte. Me dice en tono de juego: “Abuela, no sos linda” y yo lo persigo con la escoba riendo. Antonelita, más pequeña, juega a leer mis libros, pasa el dedo por las páginas como si supiera leer. Eso me llena de ternura. La familia me empujó a dar el paso y sostenerlo. El primer libro siempre cuesta, pero una vez que uno empieza, Dios sigue abriendo puertas.
-¿Alguna vez dudaste del impacto de tus devocionales?
-No. Porque antes de ser libro, ya habían sido audios que bendecían a muchos. Yo amo el libro físico. Me sugirieron que hiciera solo un audiolibro, pero yo quería algo tangible. Al principio pensé en imprimir 500 ejemplares. Me dijeron que era demasiado, que ya nadie leía. Pero yo confié y se vendieron. Hoy los testimonios me confirman que este material es evangelístico. Termina llevando a Cristo, quieras o no.
-¿Qué lugar ocupa la oración en tu proceso de escritura?
-Todo. Es el lugar primordial. A través de la oración le pregunto al Señor qué necesita la gente y cómo decirlo de la manera más clara. Muchas veces la respuesta de quienes reciben los audios es inmediata: “Ana, era exactamente lo que necesitaba hoy”. Eso no lo puedo fabricar yo. Es fruto de la oración y de la guía del Espíritu Santo.
-¿Qué testimonios te conmovieron más?
-Uno muy especial fue cuando el libro entró en una cárcel. Pensé en esa persona privada de libertad y en su familia que me pedía oración. Saber que la Palabra de Dios llegó allí donde yo nunca hubiera podido entrar me conmovió profundamente. También llegó a comunidades indígenas en Argentina y a otros países. En Colombia, una mujer reconoció mi voz en una iglesia y llevó varios libros para su nación. Es increíble ver cómo algo tan sencillo puede viajar tan lejos.
-En tu opinión, ¿qué diferencia un devocional de una predicación?
-La esencia es la misma: llevar a la gente a Cristo. El devocional es breve y directo; una predicación es más extensa, con más textos y testimonios. Pero lo central no cambia. Yo quiero que tanto en un niño como en un adulto, el mensaje sea claro y que los lleve a Jesús.
-¿Qué desafíos encontrás al escribir de manera sencilla sin perder profundidad?
-No me preocupa adornar con palabras difíciles. Jesús hablaba simple, y con eso desarmaba argumentos. Creo que la sencillez es profundidad accesible. Si un niño entiende, un adulto también. Mi meta no es mostrar cuánto sé, sino que la persona viva lo que entendió.
-¿Cómo influyó tu experiencia misionera en España en tu forma de escribir?
-Muchísimo. No se puede dar lo que uno no tiene. En España vivimos experiencias muy fuertes. Llegamos a un pueblo donde nadie nos conocía. Caminábamos las calles con Jemima pequeña y no sabíamos cómo empezar. Pero Dios abrió puertas de una manera increíble. Recuerdo cuando don Prudencio Cabrera, un monje que dirigía una residencia de ancianos, nos presentó públicamente como sus amigos. Eso nos dio acceso y confianza en todo el pueblo. De ser “los extraños”, pasamos a ser recibidos como parte de la comunidad. Esas vivencias me marcaron. Me enseñaron que cuando Dios respalda, Él mismo se encarga de abrir las puertas. Y esa certeza impregna todo lo que escribo.
-¿Qué lugar ocupa la Palabra de Dios en medio de tantas malas noticias?
-Debe ocupar el primer lugar. La Palabra es viva, penetra el corazón, trae poder y esperanza. Se permite la Biblia en las cárceles, y está muy bien, pero también debería estar en las aulas para que los niños crezcan con valores y no terminen en la cárcel. Hoy más que nunca necesitamos pasar la antorcha encendida a la nueva generación.
-¿Qué le dirías a alguien que nunca ha leído devocionales y piensa que no son para él?
-Que lea solo uno. Estoy segura de que se va a sorprender. Hay temas de todo tipo, desde un río oculto en Israel hasta el pajarito más pequeño. Pero todos apuntan a Cristo.
-¿Qué proyectos nuevos tenés en tu corazón?
-Estoy escribiendo un nuevo libro y preparando audios sobre la obra misionera. Quiero hablar de por qué hacer misiones, por qué todavía hay millones que no conocen a Jesús. A mis 77 años, siento que Dios me abre nuevas puertas y me llena de gozo seguir.
-¿Qué descubrimientos te impactan al reflexionar sobre las misiones?
-Lo que más me impresiona es ver cómo el gozo es el sello del Espíritu Santo en todo lo que hacemos. Si servimos sin gozo, no trasciende. Ahora estoy grabando audios sobre cuatro palabras claves: orar, dar, ir y cuidar. Y aunque sean simples, sé que Dios los usará.
-Si pudieras dar un solo mensaje a la iglesia sobre misiones, ¿cuál sería?
-Que la iglesia no existe sin misiones. No es solo reunirse a cantar u ofrendar. Eso lo hace cualquier grupo. La razón de la iglesia es proclamar a Cristo. Hoy algunos confunden misiones con turismo. Está bien ayudar en cosas prácticas, como pintar una escuela, pero el pueblo no se salva por un baño pintado. Se salva cuando escucha la Palabra de Dios y se encuentra con Jesús.
-¿Por qué este mensaje es urgente hoy?
-Porque el mundo está convulsionado. Hay guerras, violencia, adicciones, pedofilia… El ser humano busca algo espiritual, y como la iglesia a veces calla, ellos crean sus propios dioses. Se aferran a filosofías orientales, a espiritualidades de moda. Eso muestra que el ser humano sabe que debe adorar algo. Pero si la iglesia no proclama el evangelio, será responsable. No podemos callar.
-¿Qué consejo darías a nuevos escritores cristianos?
-Que empiecen. Escriban. Se aprende a escribir escribiendo. No importa si al principio cuesta; en el camino llegan ideas, ayudas y oportunidades. Lo peor es no intentarlo.
-¿Cómo soñás que sea recordado tu legado?
-He plantado árboles, tengo una hija y nietos, y escribí un libro. Pero más allá de eso, quiero ser recordada como una mujer que amó al Señor con todo su corazón y que enseñó de manera sencilla el camino de la salvación. No quiero dejar solo una biblioteca, quiero dejar huellas que lleven a Cristo.
-¿Qué versículo define tu ministerio?
-Filipenses 4:13: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”. Y también Filipenses 3:14: “Prosigo a la meta”. No quiero que nadie me robe la corona. Quiero llegar al final fiel, recibiendo la aprobación del Señor.
-Después de tantos años, ¿qué dirías hoy al mirar tu vida?
-Recibí a Cristo a los 15 años y hoy, con 77, haría exactamente lo mismo. Nada ni nadie supera al Señor. Cada mañana, apenas me siento en la cama, levanto los brazos al cielo y digo: “Señor, acá estoy, otro día con vos. No sé qué querés, pero allá vamos”. Esa es mi vida: caminar de su mano cada día.
Conclusión
La voz de Ana Fernández es clara: en lo sencillo, Dios se manifiesta con poder. Sus devocionales no son solo páginas impresas o audios compartidos: son semillas de fe que germinan en cárceles, en comunidades olvidadas y en corazones sedientos de esperanza.
Con su vida y ministerio, Ana nos recuerda que la iglesia tiene una misión ineludible: proclamar a Cristo. Y que lo más grande no siempre está en lo complejo, sino en la fidelidad diaria de quien, como ella, sigue diciendo cada mañana: “Aquí estoy, Señor”.
Ana Fernández es pastora, misionera y escritora. Está casada con el pastor Alberto Fernández. Tienen una hija y dos nietos. Graduada en el Seminario Evangélico Interdenominacional de Teología (SEIT). Es counselor. Fundadores de ENMISION (Ministerio para alcanzar a pueblos no alcanzados) y misioneros en España trabajando para LAPEN en ese país y en Argentina. Directores de IETE en Buenos Aires por 18 años y pastores en la iglesia del Talar, Pacheco, Argentina.
Puedes contactar a Ana Fernández aquí www.ministeriocrecer.org/anafernandez






