El barrio sirve
Y navegar en la estela del humo sin naufragar. Que sople mi vela una estrella del mar y cantando me aleje. Mi tabla, mi remo, mi sueño, mi empeño; porque he de llegar a esa isla azul.

En el Barrio La Escondida, al amparo del patio de la casa del “Chupe”, al fondo de esa calle donde el hombre se encuentra con su infancia, un grupo de vagos, amigos sin tiempo, volvieron a buscarse para celebrar.
“Espero que algún día cuando la melancolía haga nido en nuestros pobres corazones”, cantaba Horacio González, el “Indio”, acompañado de la guitarra y el coro de amigos. Un tema de su autoría en homenaje al “Tucu”.
Maggi, el Tuli, Chimango, Pela, Charly, Chapy, Larry, el Negro Rober, Marioco, el Gordo y cuántos más bajo el sol vertical del mediodía, jugando a vivir, sintiendo el regalo sagrado de la amistad.
“En nuestras manos viejas una copa de vino para volverlo piedra al corazón. Mirarte en esa foto donde vos estabas loco, hoy que ya nuestro camino se acabó”, la poesía del barrio recuerda a los que faltan, a los que no llegaron.
“El duende del olvido puso fin a tanto lío, tomemos otra copa y vámonos”.
Jano, el Flaco Dansero, Mameli, Don Felipe, Fabi, Petaca. Los nombres no alcanzan, en la risa del amigo se confunde lo sufrido y se vuelve abrazo la emoción.
“¿Te acordás?, esas noches infinitas, la almacén de Doña Anita y la cana que nos quería llevar”, susurra el músico para alivio de los años.
Comida abundante, bebida a gusto, la mesa está servida, muchachos. Despensa Corol, fulbito, truco, churro y falta envido.
El “Cepi”, el valor de lo comunitario, la dignidad de no vender la esquina, el barrio, lo que fuimos.
“¿Dónde se han quedado todos los que no han llegado a ocupar de nuevo su lugar?”, termina la canción y enseguida otro agarra la viola.
Tangos, milongas, folclore y León Gieco. La ronda acompaña y la tarde se estira entre goles y corridas. Tantas veces los dieron por muerto y allí están, sobreviviendo códigos, riendo a carcajadas, respetándose y recordando las anécdotas sabrosas de cuando la vida pendía de un hilo.
“Y en cada reunión de amigos, en cada asado, en cada locro, siempre estarás aquí, siempre estarás aquí. En cada partido de fútbol, cada pelota al arco, siempre estarás aquí, siempre estarás aquí”, la voz de Oscar Maggi González recordando a Bigote.
El negro Gustavo, Mingo, el Québardo… siguen faltando nombres pero nunca se irán, los árboles conocen sus pasos, sus desvelos.
“La raíz que prolonga la vida, tu vida mi vida, si quieres bébela, lo puedes hacer mucho mejor”, golpea el puño contra las cuerdas. Amigos de siempre festejando el gol sobre la hora.





