Reflexión de una lectora ante una de las más tristes noticias

4 de septiembre 2020. Sería un día normal; despertaría a las 7 a. m. para comenzar la jornada laboral, prepararía el desayuno para mi hija que toma sus clases en forma remota; mientras, miraría las noticias en las redes sociales. Sería un día más comenzando la rutina que nos fuimos armando en medio de la pandemia… pero no fue así… tristemente mi día cambió cuando revisaba las redes. Mi corazón realmente se rompió con la trágica noticia de un incendio en el cual una pequeña de tan solo 12 años había perdido su vida.

En este contexto donde estamos todos afectados de una u otra manera, parece que las emociones están a flor de piel y, en especial hoy, en lo personal, fue demasiado doloroso comenzar el día con esa noticia.

La leí varias veces, mis ojos se llenaban de lágrimas porque, a pesar de no conocerla, vi reflejadas en ella a todas las nenas de 12 años que pudiera haber conocido, que pudieran ser parte de mi vida, del barrio, del colegio de mi hija, de mi familia o de alguna familia conocida, y hasta me vi a mí misma a los 12 años, llena de sueños, de inquietudes, con todo el futuro por delante. Realmente me partió el corazón siquiera imaginar su sufrimiento, imaginar la desesperación de su familia y de toda la gente que se avocó a ayudar sorteando dificultades varias, sin haber tenido éxito. No estuve allí, pero puedo imaginarme lo terrible de esa situación. También leí que su papá está internado, con quemaduras por intentar rescatarla, y que hicieron todo lo posible pero no pudieron sacarla de la casa en llamas. Otra vez el corazón se estruja, no entiende cómo puede pasar algo así. Sinceramente estuve todo el día pensando en eso y sé que no soy la única, sé que a todo el pueblo le duele semejante tragedia, sé que duele la situación de desamparo en la que sentimos estar sumergidos cuando las cosas no funcionan como deberían; podría haber sido mi sobrina, mi primita, la hija de algún amigo, tu hija, mi propia hija… el único consuelo que queda es aferrarnos a la idea de que ella era un ángel que Dios necesitaba en su paraíso y rezar por su inocente alma, darle fuerzas y ayuda genuina a la familia, a esos chicos que perdieron a su hermanita, a esos papás que perdieron a su hijita… y hacer lo que esté a nuestro alcance para evitar que cosas así sigan sucediendo.

Quiero compartirles también que eso no fue lo único que perturbó mis sentimientos; al relato que informaba acerca del terrible hecho se le sumó la profunda tristeza que generan los comentarios inoportunos e hirientes que reflejaba la publicación, es inentendible como puede actuar el ser humano cuando no se llama a la empatía, cuando se comporta de manera insensible; acusando, culpando, señalando sin compasión; y entonces pienso: ¿no seríamos una sociedad mejor si ofreciéramos siempre lo mejor de nosotros sin mirar a quien, sin juzgar, sin creernos los dueños absolutos de la verdad?, más que nunca en este contexto de tanta incertidumbre y tanto desgaste social. Nada va a cambiar lo que sucedió ni traerá de vuelta a ese ángel. Pienso que deberíamos llamarnos al silencio si nuestras palabras no aportarán nada constructivo y llamarnos a la hermandad y a la solidaridad cuando la necesidad está más latente que nunca. No soy nadie especial, soy simplemente un ser humano más, que coincide con ustedes en espacio y en tiempo. Quería dejar esta humilde reflexión, la de una persona cualquiera que lee una noticia una mañana cualquiera y estoy segura de que estas palabras serán también la voz de los corazones de muchas personas que se identificarán.

Qué descanses en paz, pequeña Abigaíl, que la luz de Dios te ilumine siempre. Desde aquí honraremos tu recuerdo con el amor que sabemos profesar desde la tierra. Fuerza familia. Todo el pueblo los acompaña en este desgarrador momento.

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