Por Victor Hugo Koprivsek Velárdez
El Almacén, lo de Gómez López, El Amanecer, El Sifonazo, el café de la Gulf, El Molino; son solo algunos de los lugares con historia que Derqui tiene para encontrarse con amigos, tomarse un cafecito, compartir una cerveza o comer una rica hamburguesa cuando no un buen asadito.
Las casas preparadas para una cena hecha por alguno de los muchachos en una cita impostergable, como por ejemplo Catelli, que hizo una sopita de calabaza, crotons y aceite de albahaca; un pollito salteado con hongos, crema y jengibre acompañado de papines al romero para el deleite de la cofradía.
Juntadas donde la charla fluye en cada mesa y hasta los debates más locos se escuchan entre quienes gustan pasar el tiempo entre amigos. Cosa linda de la vida disfrutar de la risa y la buena compañía.
Fútbol, religión y política. Anécdotas de ayer, recuerdos memorables. En Derqui las veredas, los bares y las sobremesas son cosa seria para que la vecindad se encuentre a edificar comunidad.
Algunas fotos de lugares mágicos de Derqui que siguen de pie. Y de reuniones de amigos que, atrapados en una foto, nos mandaron al Apogeo para que no se pierda el momento atrapado entre risas, tenedores y alguna copa de buen vino.






La pucha que es lindo Derqui, con su gente encontrada y perdida, con sus fantasmas y sus ensoñaciones. Un espejismo de la felicidad que se aferra a los viejos códigos del barrio, esos que forjados desde la infancia empezaron a tallarse en los primeros potreros, cuando todos teníamos un baldío cerca para encontrarnos a jugar.
Después, el trabajo y los empeños hicieron lo suyo y acá estamos, siendo esquina, siendo bar, siendo club. Siendo Derqui.
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Mucho más que un diario.





